Este histórico lagar tradicional de viga de madera, situado en una preciosa y espectacular zona dónde los «Roques de Anaga» ofrecen su belleza y referencia natural y simbólica, está actualmente inutilizado, abandonado y en proceso de deterioro, aunque mantiene la edificación complementaria con muros de piedra, así como el revestimiento de cal en las paredes de “la gareta” y “la tina”, espacios excavados en la tosca dónde se pisaba, prensaba la uva y se recogía el mosto.
Junto a la entrada se encuentra «la piedra” de cientos de kilos y aún se mantiene «la viga”, otras maderas que la sostenían y herrajes para sujetarlas.
La uva “forastera gomera” y de otras variedades que se pisaban en este lagar producían excelentes mostos.
En esta localidad del norte de Tenerife existe una escultura que recuerda la estancia de esta famosa escritora inglesa; autora que más libros ha vendido a lo largo de la historia, según registro del libro Guinness de los Récords.
El texto de la placa reseña que, en el año 1927, esta famosa maestra de la intriga se inspiró en este lugar para escribir su novela “El enigmático míster Quinn” (1930).
Desde el “Mirador de Aguaide”, sobre el vertiginoso acantilado de la costa noreste del Municipio de San Cristóbal de La Laguna.
Disfrutar de la naturaleza salvaje de este precioso lugar, en unos veinte minutos bien vale darse un paseo desde el caserío de Chinamada por el sendero que lleva hasta el citado mirador.
Abajo, la “Caldera de Ocadila”, de construcción volcánica en un macizo montañoso modelado por las erupciones de hace millones de años y afectado por la erosión.
En la costa, la mar bravía choca y rebosa de forma violenta sobre los riscos de La “Playa de Ocadila” y contra la baja y “Punta de Adar”.
Sugiero, en éste lugar, no se salga fuera del lugar acotado por el muro de piedras y la valla de protección del mirador; no corra riesgos innecesarios para retratarse o hacer una foto, porque puede resultar muy peligroso.
El “Molino de La Menora”, del que sólo se conserva el “cubo”, se encuentra ubicado en el barrio de “La Hoya”, también conocido como de “La Raya”, situado a la derecha del “Barranco del Luchón”.
En este sitio también se observan algunas cuevas en las paredes rocosas del margen derecho del cauce; cavidades ahora con desplomes que, posiblemente, fueron utilizadas por los guanches, y en esa perspectiva apunta la denominación del lugar (auchon).
Por otra parte, a la izquierda del citado “Barranco del Luchón” se encuentra la “Cuesta de Chacaica”, barrio edificado a ambos lados del antiguo camino de “Las Vistas”, vía que después de subir la montaña y transcurrir a través de la “Caldera de Pedro Gil”, llega a la cumbre por “Las Crucitas” para después bajar hacia el “Valle de La Orotava”.
En el entorno de este enclave poblacional de “Chacaica” se encuentran el “Molino de Arriba” o de “Trasmuros”, el “Molino del Medio” y el “Molino de Abajo”.
Este último molino ha sido restaurado recientemente y se observa el uso y abuso del cemento en su estructura; quizás, distando mucho de los materiales e imagen original, si tomamos como referencia los otros dos molinos cercanos.
Además de las referencias “oficiales” sobre los molinos, obtenidas en la página web del Ayuntamiento de Güimar, agradezco la información trasladada por personas vecinas de esta zona.
Especialmente, las conversaciones mantenidas con D. Emiliano y D. Miguel, vecinos de edades avanzadas con quienes hemos hablado de estas infraestructuras tan importantes en tiempos antiguos y, a su vez, de este entorno y el mundo rural de ahora y de antes.
En dialogo abierto y afable tratamos sobre la agricultura, los tipos de cultivo en esta zona y los de otro lugar en Agache, de dónde procede uno de los vecinos; acerca de las prácticas de antes sobre cultivos de papas y tomates para la exportación, así como de las viñas, vinos y un antiguo lagar de viga de un familiar.
En específico, destacamos los problemas para disponer de agua y su alto precio, situaciones que han sido una constante histórica que influye mucho en la agricultura. También, hemos comentado acerca de la realidad actual de la zona alta, con terrenos en los que antes se cultivaba y ahora están abandonados, mientras son visitados por personas foráneas para disfrutar los días festivos en casas, cuevas y cuartos que se utilizan para esos fines de ocio.
Estos cuatro molinos están declarados Bien de Interés Cultural (BIC), con categoría de “Sitio Etnológico”.
Este caserío está situado a 600 metros de altitud, entre los barrancos de la Angostura y el del Tomadero, y los caseríos de Las Carboneras, El Batán y Punta del Hidalgo.
Su nombre se asocia a los usos del pastoreo, y significa mi tierra pequeña o las tierras del pastor.
Asentamiento rural dónde destaca el tradicional hábitat de “casas- cuevas”, pertenece a la comarca de “Las Montañas”, Anaga, en el Municipio de San Cristóbal de La Laguna.
Su denominación original aparece en las “datas” de Tenerife en una inscripción por la cual Alonso Fernández de Lugo, conquistador y Gobernador de Tenerife, hace reparto de tierra de sequero en “Chinamada” a favor de Francisco Haro vecino de la Gomera.
Las citadas “datas” también han dejado constancia de repartos a favor de indígenas gomeros; solares, cuevas, fuentes y tierras (las de peor calidad) en Teno, La Laguna, Tegueste y, especialmente, en Punta del Hidalgo y otros lugares de Anaga, dónde fueron a convivir con los guanches que aún se mantenían en esta zona.
A este respecto, desde finales del S. XV se conoce la existencia de personas indígenas gomeras en Tenerife. Posiblemente, habían llegado a esta isla regresando de la Península Ibérica, dónde habían sido vendidas en diversos mercados de esclavos y posteriormente liberadas por mandato real, previa denuncia de obispo de Canarias.
A su vez, la toponimia y otras denominaciones en Anaga recuerda su presencia en este territorio, por ejemplo: “Pico de los gomeros”, “Charco de la gomera”, “…la fuente de los gomeros” y “…la tierra de los gomeros”.
LA ERMITA.
Comenzó a construirse en el año 1988 y la emplazaron dentro de una “era” para trillar propiedad de la familia herederos de D. Ramón Ramos.
Este vecino, D. Ramón Ramos, vivía en una “casa-cueva” situada junto al comienzo del camino que baja desde Chinamada a La Punta del Hidalgo. Según cuentan quienes lo conocieron bien, este señor era una persona generosa, y todo vecino o caminante que pasaba junto a su casa era invitado a reponer fuerzas antes de continuar el camino.
Un día, en casa de D. Ramón Ramos, se juega una partida de envite; entre los jugadores se encontraba el Sr. Interventor del Ayuntamiento de La Laguna, al que le gustaba visitar Las Montañas; este funcionario, le sugirió a D. Ramón Ramos hacer una ermita para poner en ella una imagen de San Ramón, y se ofreció a gestionar ayudas para los materiales. Desde ese momento, D. Ramón Ramos se compromete a promover la construcción de la ermita.
Pasado algún tiempo, la asociación de vecinos del lugar asume la iniciativa de la construcción de la ermita; la obra se comienza en julio de 1988, para lo cual se cargaron los materiales a hombros por el camino desde Las Carboneras.
La nueva edificación religiosa se inauguró en julio de 1990, y el santo allí asignado fue “San Ramón Nonato”, dada la coincidencia de la fecha de nacimiento del citado santo y el de D. Ramón Ramos.
La imagen y la campana de la ermita fueron donadas por el matrimonio formado entre la Sra. Clemencia Ramos Rodríguez, hija de D. Ramón Ramos, y D. Julián Fernández Ramos, que por esa época regentaban el Restaurante de La Cruz del Carmen.
LA PISTA DE ACCESO.
Desde su enlace con la carretera en el pueblo de Las Carboneras, la pista que lleva a este caserío se comenzó a construir en abril de 1990, llegó a Chinamada en diciembre de 1991 y se inauguró en abril de 1992.
La construcción de esta pista produjo mucha polémica y manifestaciones expresadas entre, de una parte, personas y asociaciones conservacionistas; por otra, vecinos y promotores institucionales de gobierno. Los medios de comunicación dejaron constancia en sus noticias sobre los contenidos de este conflicto.
Además, entre las personas partidarios de hacer la pista surgieron discrepancias por la elección del recorrido, dado que, ante los diversos intereses respecto al acceso a los terrenos de cultivo y propiedades rurales, también se barajó la alternativa de ejecutar el proyecto siguiendo la “Pista de la Cordillera” en el valle de Los Batanes, aunque al final se decidió la trayectoria actual.
El presupuesto de la pista fue de 12.500.000 pesetas; el 25% lo aportó el Ayuntamiento de S. Cristóbal de La Laguna; el 35% lo aportó el Cabildo de Tenerife; y los vecinos, a través de su asociación, aportaron el 40%.
En la imagen adjunta, realizada con el montaje de dos fotos que tomé personalmente en sus respectivos momentos, se puede observar los cambios acontecidos en este emblemático y bonito caserío de “Las Montañas”, que forma parte de la «Reserva de la Biosfera de Anaga».
Esta cruz de la foto está situada en un promontorio junto al Camino de Chinamada, en un sitio denominado “El Bailadero”.
En tiempos aborígenes, posiblemente este sitio fue un “baladero”, lugar en el que los pueblos aborígenes llevaban sus ganados para compartir sociabilidad, fortalecer ideología y hacer reconocimientos de gratitud y ofrendas a las fuerzas de la naturaleza y sus divinidades.
Sin embargo, posteriormente, con la llegada de conquistadores europeos, quizás la nueva cultura dominante construyó leyendas de “bailaderos de brujas”; porque, la penetración cultural conllevaba sustituir ideología y símbolos, demonizando aquellos lugares de referencia aborigen al objeto de degradar su cultura, para facilitar con ello su conversión en lugares de culto a la nueva ideología religiosa; proceso que, como en el caso del citado lugar en Chinamada, conllevaba colocar el símbolo de una cruz.
Porque, la cruz, el Santo Madero, “es la más importante de las reliquias que veneran los cristianos”, y recibe culto tan especial que se han instituido dos fiestas principales, la de su “Exaltación” que se celebra el 14 de septiembre, y la de la “Invención” que se celebra el 3 de mayo, en recuerdo al día que la Cruz original dónde murió Jesucristo fue encontrada por Santa Elena en Jerusalen (1).
Considero que, conocer para comprender de estas y otras situaciones, conlleva no observar La Historia como un devenir mecánico con un hilo conductor unívoco, sino, reconocer su complejidad social y estructural, diversificaciones, ramas y diversas líneas y factores que con sus interrelaciones pueden determinar, condicionar e influir en la ideología, actitudes y comportamientos humanos.
En esta perspectiva, apunto otras referencias sobre los significados culturales de este día.
Antes de la llegada de las fuerzas armadas castellanas, pueblos aborígenes de Tenerife ya habían tenido contactos comerciales con visitantes europeos, por ejemplo en Anaga, y es de suponer que también conllevaría nueva información y percepciones religiosas para los aborígenes guanches, que posiblemente facilitó las relaciones entre castellanos y “bandos de paces” de pueblos del sur de la isla; en este sentido, observar la influencia del encuentro de la imagen de la Virgen de Candelaria.
A su vez, los invasores castellanos, dirigidos por Alonso Fernández de Lugo, montaron el Campamento Real en “Añazo”, Anaga, en un sitio del actual barrio del Cabo, dónde el día 3 de mayo del año 1494 celebraron su primera misa colocando una cruz que, posteriormente, sería trasladada desde la Ermita de San Telmo a la Iglesia de la Concepción de Santa Cruz, lugar este que toma el nombre por ese acto fundacional.
Asimismo, en La Laguna, la Cruz de Piedra es referencia del lugar dónde se celebró la segunda gran batalla entre conquistadores y guanches, ganada por las tropas castellanas. Según noticias, esta Cruz se colocó originalmente dónde está la Plaza de la Milagrosa, y posteriormente se trasladó al sitio dónde está actualmente.
En otros muchos lugares de esta y otras islas se celebra el Día de La Cruz; especialmente, por cuestiones laborales y el uso de materiales vegetales del monte para el enrame, tengo la experiencia de haber vivido en Las Breñas, La Palma, la especial dedicación cultural y emotividad religiosa que la vecindad disfruta con esta conmemoración religiosa-festiva.
(1). “Estudio e iconografía de la cruz en la conquista de Tenerife”, de Ana María Pérez Martel, publicado en Almogaren: revista del Centro Teológico de Las Palmas, nº 9, 1992.
A finales del siglo XIX, Manuel de Ossuna, vecino de La Laguna, pasaba temporadas estivales en su hacienda familiar de Roque Bermejo, Anaga (Tenerife).
Allí realizaba diversas actividades para conocer la zona, su naturaleza, historia, cultura y en búsqueda de referencias etnográficas y arqueológicas sobre la población aborigen; tareas estas, de ilustre investigador, posiblemente facilitadas por su condición y prestigio de gran propietario, como se vislumbra en el relato siguiente, cuando tiene que pasar un brazo de mar y, para no mojarse, lo hace pisando sobre los hombros de sus acompañantes vecinos de la zona.
Cuando don Manuel escuchó el curioso cuento de la misteriosa anguila peluda, su interés fue tan grande que decidió visitar el “Barranco de los infiernos” (1), garganta muy áspera y pedregosa en una zona aislada, a la que ningún viajero se le ocurría nunca ir.
Matizar que, en la toponimia de los mapas actuales (Visor Grafcan), en esa zona aparece la denominación “Charco de la anguila”.
Organizada la expedición, don Manuel y sus acompañantes inician la aventura y, posteriormente, la describe en su obra “Anaga y sus antigüedades” (1897), contenido (2) que, modificando estructura de párrafos y puntos para facilitar lectura, reproduzco a continuación:
«Se arregló una expedición á este punto desconocido é interesante en el verano de 1889. El 25 de Agosto salimos de Casa Blanca (Roque Bermejo) á las once de la mañana, acompañados del inteligente empleado del gobierno D. Jacinto López, torrero del faro de Anaga y de los estimados labradores Juan Melián, Manuel Izquierdo y Juan de Sosa, provisto éste de un pico para remover la tierra que pudiera obstruir nuestro camino y para hacer escalones donde quiera que la pendiente de la subida hiciera necesarias tales precauciones.
Media hora después de nuestra salida alcanzamos la playa inmediata al Paso delJurado, sitio dificil de atravesar; pero no siendo de ningún modo conveniente la hora de nuestra llegada porque nos habíamos equivocado en nuestros cálculos y la marea estaba demasiado alta para permitirnos pasar sin mojarnos, reflexionamos sobre lo que sería mejor hacer, porque si esperábamos á que la marea estuviese bastante baja tendríamos que atravesar las vueltas y recodos tortuosos del barranco á media noche.
De repente a uno de los hombres le ocurrió un proyecto por el que yo podría ahorrarme lo desapacible de un baño involuntario: propuso que se colocaran ellos en fila y que yo atravesara poniendo mis pies sobre sus hombros y agarrando las rocas salientes del peñasco.
Dicho y hecho, y pronto me encontré felizmente desembarcado al otro lado del Jurado sin la molestia de una mojada. Una áspera pendiente se nos presentó ahora fatigándonos bastante, no solamente por la dificultad de la subida sino también porque era preciso hacer escalones en la ladera para encontrar bastante apoyo firme en que poder fijar los pies y emprender la ascensión.
Aquella pendiente rápida terminaba en una altura volada, en cuyo fondo se extendía el viñedo conocido por el Rincón; que aunque ahora se hallaba como en un abismo, tres cuartos de hora antes, cuando atravesábamos la playa aparecía muy alto sobre nuestras cabezas.
La subida se halla cada vez más difícil, y cuando volvimos los ojos al precipicio que estaba á nuestros pies no pude menos que recordar al viajero J. Leclereg, quien, en vista de que sus colegas del Club Alpino Francés gustaban de emociones fuertes les aconsejó que hicieran la prueba de ir por el camino de Taganana al Draguillo, empresa mucho menos loca y arriesgada que la en que nos hallábamos en aquel momento metidos.
Desde aquella vertiginosa altura fuimos en una dirección Sudeste á otra montaña, donde empieza la garganta conocida con el nombre de Barranco de los Infiernos.
Comenzó nuestro descenso por una vereda pendiente y abrupta, y confieso que mi interés se aumentaba por momentos con todo lo que yo veía en esta extraordinaria y hasta ahora desconocida parte de la Isla; las ennegrecidas rocas que se presentaban frente a nosotros absolutamente desprovistas de verdor y a veces cortadas ó pico formando los muros del barranco; la intensa soledad, que, combinada con el rumor del eco alto y claro producido por las concavidades de la garganta, era pasmosa; el choque de las olas de la Caletadel Marrajo contra las rocas (esta Caleta es una especie de laguna Estigia de la que se cuentan muchas leyendas, cuya mera repetición inspira terror al oyente); el reducido horizonte que se estrecha cada vez más según vamos bajando a las profundidades del barranco; los tonos sombríos de luz, que se van gradualmente obscureciendo conforme las rocas se levantan más encima de nuestras cabezas; el pensamiento de que esta garganta oculta, cuyo nombre no estaba marcado en ningún mapa de la Isla, ni había sido visitada jamás por turista ó sabio alguno podría quizás contener tesoros históricos desconocidos en alguna de sus cavernas nunca pisadas; la zozobra que se dibujaba en los semblantes de mis colegas y la observación de alguno de ellos que parecía entrecortada al hablar de la proximidad de la horrenda laguna, pensando, indudablemente, si todavía la monstruosa anguila habitaría en sus aguas, ó si algún obstáculo impediría la entrada en aquellos lugares diabólico —todo, en fin, se combinaba para aumentar el vivo interés que yo ya sentía en la expedición, y me recordaba las descripciones que había leído en los cuentos antiguos germánicos de hadas y en la Metamorfosis de Ovidio, cuando éste nos refiere la vuelta de Perseo de la Atlántida después de haber vencido a los hijos de Forco y á un terrible monstruo marino.
Por último llegamos al fondo del abismo, y apenas habíamos dado unos cuantos pasos más cuando descubrimos una cueva que era lóbrega y húmeda; dentro, en las grietas del techo, estaban construidos nidos de palomas salvajes tan cerca que era posible tocarlos, demostrando con claridad cuan sumamente tranquilo y retirado era el sitio que habían escogido.
Allí descansamos un poco; pero sabiendo que las veredas por las que tendríamos que ir daban vueltas y mas vueltas en senderos tortuosos y aún peligrosos por más de una legua, antes de llegar al Paso del Gamonal, la única salida accesible de la fragosa garganta, y que se necesitarían varias horas para andar esa distancia, pronto dejamos la caverna (á la que, dicho sea de paso, van unidas muchas leyendas) y partimos para el famoso charco.
No tardamos mucho en llegar á él. Está situado en el mismo medio del barranco, y consiste en un estanque grande y profundo de agua muy trasparente; su superficie está limitada por un borde casi circular, y las paredes que lo rodean están formadas de una toba dura y amarilla, que, sin duda, es lo que le da al agua su color rojizo de ámbar.
Encontramos la profundidad del charco bastante grande—unas cuantas yardas, en efecto—; su forma es la de un cono invertido con ranuras paralelas, que gracias a la diafanidad del agua se distinguían claramente, marcando capas en la toba de un rojo más ó menos subido.
Después de haber examinado otras peculiaridades de este charco extraño, emprendimos la ascención (sic.) por la otra vertiente ó sea la de la derecha del barranco.
Fué una empresa algo difícil subir desdeel hondo cauce, porque hacía un calor excesivo y el borde pedregoso era muy pendiente. La faja de cielo que había aparecido no tener más anchura que 40° vista de abajo se ensanchaba según ascendíamos; las sombras desaparecían de los riscos, la penumbra se disipaba de las bocas de las cavernas y de las hendiduras de las rocas, hasta que por fin llegamos a un punto donde la luz estaba difundida rodeándonos.
El placer que sentíamos en este momento era únicamente comparable al que se esperimenta (sic.) cuando se presencian los albores crecientes del amanecer.
Habiendo llegado á la cima nos paramos un poco de tiempo para contemplar el vasto horizonte que se extendía ante nuestra vista, y para disfrutar de algún descanso después de nuestros esfuerzos.
Luego seguimos nuestro viaje tomando la izquierda hasta que nos encontramos en una caverna espaciosa, que fué antiguamente la morada de cierto achimencey de Anaga, desde la que dominábamos grandioso espectáculo: era uno de esos espléndidos días caniculares en que el cielo de las islas Canarias está absolutamente sin nubes; el sol que apenas se separaba del zenit dejaba caer sus rayos de oro en las aguas azules y límpidas del Océano, dando á la inmensa planicie un deslumbrador reflejo de plata y á algunos sitios junto á tierra un matiz de esmeralda ó de zafiro, por el verde de los muzgos marinos en los peñascos ó los reflejos del cielo en las aguas.
Extendiase la vista en aquella llanura sin límites y allá en lontananza distinguíamos el humo de los vapores que se ocultaban tras un promontorio de Gran Canaria, según iban entrando en el puerto de la Luz; mientras más cerca veíamos los que saliendo y entrando se cruzaban en la bahía de Santa Cruz, frente á Antequera.
Una cadena irregular de montañas parecía yacer á nuestros pies, y se prolongaba dentro del mar, formando el cabo que el Sr. Vidal ha marcado en el mapa de Tenerife con el nombre de Punta del Drago, y luego más allá veíamos el ligero movimiento de las olas sin ser rizadas por ninguna brisa. La marea estaba muy baja, de modo que pudimos ver una mayor extensión de playa, y también distinguíamos una serie de muros ó diques debajo de la superficie del agua, que enlazándose unos con otros en ángulos diversos dejaban ver claramente la armazón de antiguas tierras sumergidas en misterioso tiempo.
Después de una hora de descanso volvimos á partir en una dilección Noroeste, siguiendo la vereda que habíamos cruzado antes.
Desde este momento nuestro camino nos conducía por un sendero que flanqueaba los costados del estrecho valle del Palmital, y nuestra marcha se hacia con mucha mayor rapidez, porque de aquí en adelante solamente nos paramos para reconocer algunas cuevas ó tomar nota de los nombres de los riscos, etc., conocidos por mis compañeros, teniendo cuidado de marcar los cerros más altos y las cuevas más interesantes en el croquis que yo estaba haciendo de todos aquellos contornos.
Á las cuatro de la tarde nos encontramos en el Morro de los Cerrilleros, eminencia la más culminante de la sierra, de donde, en cuanto nos lo permitían los riscos, seguimos una dirección diagonal hacia el Paso del Gamonal.
Tardamos una hora y cuarto en realizar esta parte de nuestra jornada, y cuando llegamos, finalmente, al susodicho paso que nos colocaba fuera del Palmital nos encontramos en un sitio que tiene toda la apariencia de una enorme pared, compuesta de inmensos bloques de piedra amontonados y, por decirlo así, lanzados sobre un precipicio.
Por ella emprendimos ahora la subida, apoyándonos más bien en nuestras manos que en nuestros pies y habiendo por fin, vencido las dificultades y peligros de la ascensión seguimos nuestra marcha á la llanura del Barro, desde donde lomamos la cuenca del Barranco de Chamorga, deteniéndonos en las laderas del Granadillar, paraje donde habíamos dispuesto comer, y á donde llegamos á las seis y media de la larde, completamente cansados despues de nuestros esfuerzos, pero muy agradablemente impresionados de todo lo que habíamos visto en esta memorable excursión».
(1). Actualmente se denomina “Barranco del Palmital”, y dada la norma de protección, para transitar por la “Reserva Natural Integral de Ijuana” se necesita autorización específica del Cabildo de Tenerife.
(2). Original traducido y publicado por el periódico “Diario de Tenerife” (1898).
Según me han expresado vecinos, hasta no hace muchos años se observaba la existencia de anguilas en charcos de algunos barrancos de Anaga (Tenerife).
Algunas informaciones sobre las anguilas reseñan que es una especie de animal acuático muy especial, de cuerpo alargado (tipo serpiente), que viven en el mar y en agua dulce, y que en Canarias han existido desde época del pueblo aborigen, que posiblemente las utilizaba como recurso alimenticio (Manuel J. Lorenzo Perera y otros, 2000).
En este sentido, estos autores no observan en la población nativa percepciones negativas hacia este animal, lo que hace inducir que habría otras para cultivar el imaginario social respecto a leyendas de memoria negativa sobre este animal.
Ahora bien, para leyenda relevante sobre anguilas, la que narra el ilustrado lagunero Manuel de Ossuna y Van Den Heede en “Anaga y sus antigüedades” (1897), contenido que, siguiendo la perspectiva que tomo cuando se trata de leyendas, “la cuento como a mí me la contaron”, comparto a continuación:
“Entre los vecinos de la Punta de Anaga es corriente la tradición de que hace muchos años una anguila de enorme tamaño vivía en el Barranco de los Infiernos, garganta situada en un parage recóndito de la misma jurisdicción.
Según cuentan, esta anguila era un monstruo; su cabeza horrible estaba cubierta de pelo y sus ojos estaban siempre dirigidos con una intensidad terrible hacia las personas que eran suficientemente atrevidas para acercarse al charco profundo en que ella yacía.
La criatura inspiraba tal terror en el ánimo de los campesinos de las montañas circunvecinas que llamaron en su auxilio al rector de la parroquia, alegando que debía ser un demonio disfrazado, resultando— según nos asegura la tradición- que la vara (strong hand) de la Inquisición fué levantada sobre las aguas del charco para exorcisar al espirita maligno, con tan buen efecto que desde entonces tienen las aguas un color extremadamente blanco y la apariencia de suero”.
Con esta denominación se conoce la zona de monte de La Laguna que bordea el valle de Las Mercedes.
Así lo expresa Elías Serra Rafols en el tomo III de “Acuerdos del Cabildo de Tenerife” (página 16):
“En todo este período de años, y ya venía de atrás la empresa, el Cabildo no halla medio útil de traer las aguas nacientes en abundancia en la Sierra del Obispo, que hoy llamamos de Las Mercedes, partiendo de un nivel superior al llano de la villa”.
A este respecto, se encuentran varias referencias en los citados Acuerdos, por ejemplo:
“Se platicó sobre la gran falta de agua que hay porque el tiempo es estéril y seco, de donde los bueyes y yeguas y otros ganados se abrevan; los hortelanos // y lavanderas tienen ocupadas las aguas y las que más a mano están que son las que vienen de la sierra del Obispo…” (16-09-1513).
“Que los dos ejes de la dicha madera cortase en la montaña y sierra del Obispo…” (13-09-1518).
Por otra parte, el proceso de “Reformación del repartimiento de Tenerife 1506” (Instituto de Estudios Canarios, 1953) incluye manifestaciones de testigos que hacen referencia a la “data” que el Adelantado Alonso de Lugo ofreció al Obispo de Canarias, adjudicándole terrenos en el Valle de Las Mercedes. A este respecto, veamos algunos testimonios:
Galán: “…e asimismo se le dio al Obispo junto con la desea un grand sitio de tierras e casa en que podrá aver de tierras limpias doscientas fanegas poco más o menos…”.
Trujillo: “…que lo que sabe es que al Obispo se le dio un pedazo de tierra para un asiento de casa e huerta y viñas pero que era en lugar biencostoso…”.
Las Hijas: “Asimismo sabe cómo dio el dicho Adelantado por repartimiento al Obispo de Canaria en esta isla un sitio de tierras con ciertas aguas, donde tiene fecha una casa y viñas y una huerta…”.
Lope Fernández: “E que sabe que al Obispo le dio el dicho Adelantado fasta setenta fanegas de tierra en linde de la deesa fasta Taganana donde tiene fecho una casa e una guerta de árboles e viña y tierra yerma e tiénela toda cercada de la parte de la deesa con un albarrada…”.
Valdés: “…e asimismo sabe que dieron en repartimiento al Obispo tierra adonde fizo una casa e una guerta cerca de la dehesa questá media legua de la villa…”.
Dos espacios simbólicos, referencias culturales de la sociedad tradicional que durante cientos de años pervivió en este fértil y precioso valle de Los Batanes, en “Las Montañas” de La Laguna.
La importancia del cultivo de cereales en esta zona es reflejada por el número de eras que existían, llegándose a contabilizar hasta diecinueve.
El cultivo del lino tuvo mucha importancia a partir de finales del siglo XVIII y hasta finales del siglo XIX; aunque, referencias orales recuerdan a personas que todavía lo cultivaban y procesaban en el S. XX.
En la “Cueva del Lino”, se guardaba éste después de su arrancado y hasta tanto se iniciara el proceso de su tratamiento.
En el panel informativo (Oficina de Gestión del Parque Rural de Anaga) consta el siguiente texto: “Verano,…Llega el momento del procesado del lino. Es la época en que se arranca la planta del suelo. Un suelo húmedo, fértil y escaso que le ofreció sustento y alimento durante cuatro meses aproximadamente. El trabajo es delicado. Se debe controlar todo: el momento del arranque de la planta, el ´enriado` o curtido en los charcos, el secado, la obtención de la fibra, el blanqueado, el hilado,…Todos los pasos tienen sus especialistas, porque no es posible fallar. La Producción de buen lino garantizará la ropa del próximo año, la posibilidad de intercambiar los tejidos por otras productos o venderlos para obtener los ingresos necesarios”