
En los últimos días del año 1910, los periódicos ofrecen diversas noticias que hacen referencia al temporal que asoló Canarias por las fechas de Navidades, sus consecuencias y daños ocasionados.
En Hermigua, la catástrofe, así la denominó la prensa, además de las numerosas víctimas mortales y heridas, también produjo muchos daños; casas afectadas o caídas, cultivos arrasados y huertas, caminos y puentes destruidos; pérdidas materiales que un informe técnico realizado por un ingeniero agrónomo valoró en 700.000 pesetas.
En esta situación desastrosa de aquél ámbito local, desde que se tuvo conocimiento de la tragedia, y aquí el silbo cumplió su función tradicional de transmisor de noticias, destacar la intervención del Alcalde junto a otros vecinos en los primeros auxilios a las personas afectadas por el derrumbe del inmueble dónde se habían refugiado.
El Alcalde también informó y solicitó socorro al Gobernador de la Provincia, el General Eulate, y aunque la actuación de este cargo público y otros ámbitos del Gobierno fue cuestionable, sin embargo, al conocerse la tragedia, si actuaron con más diligencia y solidaridad otras instituciones, entidades y asociaciones de Tenerife, organizando y enviando ayuda.
De esta forma, en estos primeros momentos, contribuyeron con sus donaciones:
Diputación Provincial: 500 pesetas.
Cruz Roja: 100 pesetas.
El Círculo de Amistad XII de Enero: 100 pesetas.
D. Adolfo Cabrera Pinto, Director del Instituto General y Técnico de La Laguna, en nombre del colegio: 100 pesetas.
A su vez, en la sesión de Pleno del Ayuntamiento de Santa Cruz, día 28 de diciembre, se acuerda que, en su viaje para ayudar en Hermigua, el Concejal Sr. Mandillo entregue 2000 pesetas en nombre del Ayuntamiento, y que dé cuenta de los socorros que prepara el pueblo de la ciudad (“El Progreso”, 29- 12- 1910).
En cumplimiento de esta decisión, en la noche del 28, al concejal teniente alcalde Esteban Mandillo le acompaña una comisión del citado Ayuntamiento, y en el vapor “Tenerife” también viajó el médico D. José Naveiras y el practicante D. Juan Benítez, llevando recursos para los damnificados.
Mientras tanto, el Gobernador Civil ha dispuesto que marche a la Gomera su delegado, el Sr. Ripoll, y también el ingeniero jefe agronómico de la región, el Sr. Francisco Menéndez. Asimismo, “ha autorizado al Alcalde de esta capital para que organice y celebre todos los actos públicos que estime conveniente, en beneficio de aquellos damnificados” (“La Opinión”, 28-12-1910).
El periódico “La Prensa” (31-12-1910) destaca el recibimiento y acogida que se hace en Hermigua a la comisión del Ayuntamiento capitalino:
“Acudieron á recibirles las autoridades y numeroso público.
Esta visita ha producido gratísima impresión en todo el pueblo, reanimando el decaído espíritu de estos habitantes consternados por la terrible y pavorosa desgracia. (…). La comisión trasladóse inmediatamente á los lugares dónde ocurrió la catástrofe, visitando á todos los heridos.
Estos lloraban, besando las manos del médico Sr. Naveiras y del practicante Sr. Benítez.
Desarrolláronse escenas desgarradoras, que conmovieron á todos los presentes. El vecindario daba vivas á Santa Cruz de Tenerife.
Las aclamaciones del pueblo eran incesantes. Todos lloraban de emoción.
Estos habitantes no saben cómo agradecer la filantropía de la capital de la provincia y encárganme transmita su gratitud á ese benéfico pueblo, al Ayuntamiento, Diputación, Círculo de Amistad XII de Enero y Sras. De la Cruz Rojas por sus valiosos y espontáneos donativos.
Estos han sido entregados á las autoridades locales, las cuales han constituido una junta de defensa”.
Por su parte, el Alcalde de Hermigua también envió diversos telegramas para agradecer las ayudas y donativos recibidos.
En las noticias ofrecidas por los periódicos, en el caso de esta catástrofe, para hacer referencia a las ayudas se utiliza la expresión “caridad”; y es que, en esa época, todavía se estaba muy lejos de disponibilidad de presupuestos y normas y leyes democráticas que se implantarían muchas décadas después para “intervenciones” del Estado, por el interés general y, especialmente, las que se realizan para proteger y mejorar la vida de las personas más necesitadas.
En este sentido, las muy deficientes intervenciones de las Instituciones y Administraciones Públicas del Estado para este tipo de situaciones, quedan reflejadas en el contenido de un telegrama del Gobernador al Ministro, según noticia publicada en “La Opinión” (30-12-1910):
“El General Eulate, además de trasladar al Gobierno de S. M. los anteriores telegramas, ha dicho respectuosamente (sic.) al Ministro de la Gobernación, que aunque cuenta espléndidamente con la caridad pública, ésta, ante la magnitud de la catástrofe, es insuficiente para aliviar tan grandes desastres, y suplica, muy encarecidamente, el auxilio material de los altos poderes públicos”.
Por otra parte, el siguiente texto de un artículo en “El Progreso” (28- 12-1910) es relevante en esta perspectiva de cuestionar la falta de intervención del Gobernador y el Gobierno del Estado:
“Según nuestros informes, que consideramos absolutamente fidedignos, las nobles gestiones del General Eulate cerca del Gobierno para que acudiera, como era su deber, en socorro de los damnificados de la Gomera han caído en el indiferentismo plutócrata como era natural que cayeran: fríamente. El Gobierno – nos referimos siempre á nuestras noticias- no dará nada para los desgraciados que han perdido sus cosechas y su derecho á la vida, para las familias que hoy lloran muertes trágicas… Dicese que está agotado el presupuesto de calamidades. (…). Todas estas cosas que pasan son naturales, lógicas consecuencias del régimen y del clericalismo, que pregonan una caridad de altar muy poco en armonia con aquella otra que predicara Jesús de Nazaret…
Si el Gobierno no acude en socorro de los damnificados, si oficialmente no puede hacerse mas que encogerse de hombros y telegrafiar dando el pésame, es necesario que nosotros, caritativos, altruistas, hagamos algo en favor de los hermanos heridos por la fatalidad”.
Sin embargo, mientras estos hechos luctuosos acontecían en Hermigua, el periódico “La Gaceta de Tenerife” (29-12-1910), en la misma página que ofrece datos sobre esta tragedia gomera, se hace eco de una actividad real de divertimento palaciego, en la por entonces muy alejada capital del reino:
“Baile de Palacio. (…). Hermoso y brillante resultó el baile celebrado anoche en Palacio.
Acudieron á él cinco mil invitados.
Los salones de baile del regio Alcázar presentaban un deslumbrante aspecto.
Las damas lucían lujosísimos atavíos. A la una de la madrugada terminó la fiesta bailándose el rigodón de honor.
D. Alfonso bailó con la esposa del embajador de Inglaterra haciendo bis con la reina Doña Victoria el embajador de Austria.
El Infante D. Fernando hacia pareja con la esposa del presidente del Consejo de ministros, la infanta doña Isabel con el embajador de Inglaterra y la infanta María Teresa con el señor Canalejas.
Un inmenso gentío acudió á la plaza de Oriente á presenciar la entrada y la salida de los invitados”.
Para concluir, observando esta última referencia y, especialmente, esta última frase sobre determinados comportamientos irrazonables de la gente del pueblo, dado que, nada de responsabilidad, empatía y compromiso social se podría esperar de aquellas elites de gobierno y realezas de la Restauración borbónica, resalto aquí la coherencia humanista y solidaridad de personas, instituciones y entes sociales que intervinieron para ayudar a las personas víctimas de aquella catástrofe sucedida en Hermigua.















