Situada en un lugar de especial visibilidad y visualidad, desde allí se puede observar un amplio espacio de la isla; entre otras zonas, buena parte del gran valle que está a sus piés, las montañas de La Mérica, La Fortaleza, Alto de Garajonay, la mar y el horizonte.
Esta montaña es simbólica y significativa en la historia y la arqueología de la Gomera. Localizada en una cresta de la cumbre que flanquea Valle Gran Rey por el sur, en el límite de este municipio y el de Vallehermoso, ocupa una posición central entre Ajojar y Teguerguenche, constituyendo una unidad territorial muy importante en el patrimonio arqueológico insular; por sus necrópolis, aras y sitios de manifestaciones mágico-religiosas aborígenes.
Las referencias mencionan que en unas cuevas de este lugar habitaba el indígena Aguamuje, “el adivino” que predijo la llegada por mar de gente extraña, en “pájaros negros con alas blancas” (barcos) portando enemigos a los que era mejor evitar, huyendo de la costa para en las montañas esconderse en cuevas.
Vista desde el barranco de Valle Gran Rey.
Sin embargo, otras versiones dicen que Aguamuje predijo la llegada por mar de gente pacífica y buena, aconsejando a los gomeros hacerles un buen recibimiento.
De una u otra forma, las referencias sobre Aguamuje aluden a un personaje especial muy respetado, por sus facultades para intermediar con la voluntad divina e interpretar el porvenir, cualidades y reconocimiento que, a su vez, le facultaba para ejercer de consejero o mediador en conflictos sociales.
Paredones de piedra seca y antigua zona de cultivos en las cercanías del pago de Jerián, Chipude.
Actualmente, existe una perspectiva que observa “La Gomera vaciada”, para analizar y describir situaciones rurales actuales de esta isla.
Sin embargo, tiempo atrás, el contexto, las actividades y ocupaciones en “La Gomera rural tradicional” conllevaban situaciones y especificidades muy cuestionables desde una perspectiva sociológica, que es la que utilizo para observar este y otros temas.
Por ejemplo, en el devenir histórico y socioeconómico de la isla, después de la entrada de europeos y la colonización en el S. XV, la tiranía de los Señores y Condes fue dejando paso al caciquismo de otros propietarios que, en diversas etapas y procesos, se fueron adueñando de espacios, poderes y “fuerza de trabajo” de la población campesina y asalariada que laboraba de sol a sol para sobrevivir.
Las características del territorio gomero han condicionado y determinado las situaciones de vida de la población.
Espacios en laderas y barrancos fueron “sorribados” para abrir “bardos” y levantar paredones de “bancales” dónde practicar agricultura de cultivos para obtener productos de autoconsumo así como de exportación.
También, los recursos de los montes y el agua han sido factores de esencial influencia.
En estos procesos, las élites de la clase social más pudiente se adueñaron de los mejores terrenos de cultivo; mientras la gran mayoría de la población campesina vivía de lo que obtenían de sus cultivos situados en zonas marginales, o del producto obtenido por las medianerías y los salarios recibidos por su duro y esforzado trabajo en propiedades de los terratenientes o “amos”.
Sin embargo, la población era mucha y los recursos pocos, y los que existían muy mal distribuidos, con el resultado de extremas y crónicas desigualdades sociales entre “ricos” y “pobres”.
En este contexto, e intervención de otros muchos factores, la emigración fue una válvula de escape para muchas personas que buscaron mejores formas de vida; para con ello disponer de más oportunidades, recursos y mejores condiciones de igualdad y libertad.
En el S. XX, en 1940 la Gomera tenía una población de 29.788 habitantes; 29.899 en 1950; para 1960 había 30.747 y en 1970 bajó a 22.938 (Istac). Si en la década de los cuarenta emigraron unas 5.000 personas, esta cifra fue muy superada en la década de los sesenta, con unas 12.000 personas que salieron de la isla en busca de nuevos horizontes y objetivos.
Posteriormente, demográficamente la isla tocó fondo el año 1991 con una población de 15.963 habitantes; para ascender a 18.273 en el año 2001 y a 21.680 en el año 2011, en la nueva etapa y contexto de las “Sociedades del capitalismo avanzado” y la progresiva concentración de personas en determinados núcleos urbanizados.
Esta cruz de la foto está situada en un promontorio junto al Camino de Chinamada, en un sitio denominado “El Bailadero”.
En tiempos aborígenes, posiblemente este sitio fue un “baladero”, lugar en el que los pueblos aborígenes llevaban sus ganados para compartir sociabilidad, fortalecer ideología y hacer reconocimientos de gratitud y ofrendas a las fuerzas de la naturaleza y sus divinidades.
Sin embargo, posteriormente, con la llegada de conquistadores europeos, quizás la nueva cultura dominante construyó leyendas de “bailaderos de brujas”; porque, la penetración cultural conllevaba sustituir ideología y símbolos, demonizando aquellos lugares de referencia aborigen al objeto de degradar su cultura, para facilitar con ello su conversión en lugares de culto a la nueva ideología religiosa; proceso que, como en el caso del citado lugar en Chinamada, conllevaba colocar el símbolo de una cruz.
Porque, la cruz, el Santo Madero, “es la más importante de las reliquias que veneran los cristianos”, y recibe culto tan especial que se han instituido dos fiestas principales, la de su “Exaltación” que se celebra el 14 de septiembre, y la de la “Invención” que se celebra el 3 de mayo, en recuerdo al día que la Cruz original dónde murió Jesucristo fue encontrada por Santa Elena en Jerusalen (1).
Considero que, conocer para comprender de estas y otras situaciones, conlleva no observar La Historia como un devenir mecánico con un hilo conductor unívoco, sino, reconocer su complejidad social y estructural, diversificaciones, ramas y diversas líneas y factores que con sus interrelaciones pueden determinar, condicionar e influir en la ideología, actitudes y comportamientos humanos.
En esta perspectiva, apunto otras referencias sobre los significados culturales de este día.
Antes de la llegada de las fuerzas armadas castellanas, pueblos aborígenes de Tenerife ya habían tenido contactos comerciales con visitantes europeos, por ejemplo en Anaga, y es de suponer que también conllevaría nueva información y percepciones religiosas para los aborígenes guanches, que posiblemente facilitó las relaciones entre castellanos y “bandos de paces” de pueblos del sur de la isla; en este sentido, observar la influencia del encuentro de la imagen de la Virgen de Candelaria.
A su vez, los invasores castellanos, dirigidos por Alonso Fernández de Lugo, montaron el Campamento Real en “Añazo”, Anaga, en un sitio del actual barrio del Cabo, dónde el día 3 de mayo del año 1494 celebraron su primera misa colocando una cruz que, posteriormente, sería trasladada desde la Ermita de San Telmo a la Iglesia de la Concepción de Santa Cruz, lugar este que toma el nombre por ese acto fundacional.
Asimismo, en La Laguna, la Cruz de Piedra es referencia del lugar dónde se celebró la segunda gran batalla entre conquistadores y guanches, ganada por las tropas castellanas. Según noticias, esta Cruz se colocó originalmente dónde está la Plaza de la Milagrosa, y posteriormente se trasladó al sitio dónde está actualmente.
En otros muchos lugares de esta y otras islas se celebra el Día de La Cruz; especialmente, por cuestiones laborales y el uso de materiales vegetales del monte para el enrame, tengo la experiencia de haber vivido en Las Breñas, La Palma, la especial dedicación cultural y emotividad religiosa que la vecindad disfruta con esta conmemoración religiosa-festiva.
(1). “Estudio e iconografía de la cruz en la conquista de Tenerife”, de Ana María Pérez Martel, publicado en Almogaren: revista del Centro Teológico de Las Palmas, nº 9, 1992.
A finales del siglo XIX, Manuel de Ossuna, vecino de La Laguna, pasaba temporadas estivales en su hacienda familiar de Roque Bermejo, Anaga (Tenerife).
Allí realizaba diversas actividades para conocer la zona, su naturaleza, historia, cultura y en búsqueda de referencias etnográficas y arqueológicas sobre la población aborigen; tareas estas, de ilustre investigador, posiblemente facilitadas por su condición y prestigio de gran propietario, como se vislumbra en el relato siguiente, cuando tiene que pasar un brazo de mar y, para no mojarse, lo hace pisando sobre los hombros de sus acompañantes vecinos de la zona.
Cuando don Manuel escuchó el curioso cuento de la misteriosa anguila peluda, su interés fue tan grande que decidió visitar el “Barranco de los infiernos” (1), garganta muy áspera y pedregosa en una zona aislada, a la que ningún viajero se le ocurría nunca ir.
Matizar que, en la toponimia de los mapas actuales (Visor Grafcan), en esa zona aparece la denominación “Charco de la anguila”.
Organizada la expedición, don Manuel y sus acompañantes inician la aventura y, posteriormente, la describe en su obra “Anaga y sus antigüedades” (1897), contenido (2) que, modificando estructura de párrafos y puntos para facilitar lectura, reproduzco a continuación:
«Se arregló una expedición á este punto desconocido é interesante en el verano de 1889. El 25 de Agosto salimos de Casa Blanca (Roque Bermejo) á las once de la mañana, acompañados del inteligente empleado del gobierno D. Jacinto López, torrero del faro de Anaga y de los estimados labradores Juan Melián, Manuel Izquierdo y Juan de Sosa, provisto éste de un pico para remover la tierra que pudiera obstruir nuestro camino y para hacer escalones donde quiera que la pendiente de la subida hiciera necesarias tales precauciones.
Media hora después de nuestra salida alcanzamos la playa inmediata al Paso delJurado, sitio dificil de atravesar; pero no siendo de ningún modo conveniente la hora de nuestra llegada porque nos habíamos equivocado en nuestros cálculos y la marea estaba demasiado alta para permitirnos pasar sin mojarnos, reflexionamos sobre lo que sería mejor hacer, porque si esperábamos á que la marea estuviese bastante baja tendríamos que atravesar las vueltas y recodos tortuosos del barranco á media noche.
De repente a uno de los hombres le ocurrió un proyecto por el que yo podría ahorrarme lo desapacible de un baño involuntario: propuso que se colocaran ellos en fila y que yo atravesara poniendo mis pies sobre sus hombros y agarrando las rocas salientes del peñasco.
Dicho y hecho, y pronto me encontré felizmente desembarcado al otro lado del Jurado sin la molestia de una mojada. Una áspera pendiente se nos presentó ahora fatigándonos bastante, no solamente por la dificultad de la subida sino también porque era preciso hacer escalones en la ladera para encontrar bastante apoyo firme en que poder fijar los pies y emprender la ascensión.
Aquella pendiente rápida terminaba en una altura volada, en cuyo fondo se extendía el viñedo conocido por el Rincón; que aunque ahora se hallaba como en un abismo, tres cuartos de hora antes, cuando atravesábamos la playa aparecía muy alto sobre nuestras cabezas.
La subida se halla cada vez más difícil, y cuando volvimos los ojos al precipicio que estaba á nuestros pies no pude menos que recordar al viajero J. Leclereg, quien, en vista de que sus colegas del Club Alpino Francés gustaban de emociones fuertes les aconsejó que hicieran la prueba de ir por el camino de Taganana al Draguillo, empresa mucho menos loca y arriesgada que la en que nos hallábamos en aquel momento metidos.
Desde aquella vertiginosa altura fuimos en una dirección Sudeste á otra montaña, donde empieza la garganta conocida con el nombre de Barranco de los Infiernos.
Comenzó nuestro descenso por una vereda pendiente y abrupta, y confieso que mi interés se aumentaba por momentos con todo lo que yo veía en esta extraordinaria y hasta ahora desconocida parte de la Isla; las ennegrecidas rocas que se presentaban frente a nosotros absolutamente desprovistas de verdor y a veces cortadas ó pico formando los muros del barranco; la intensa soledad, que, combinada con el rumor del eco alto y claro producido por las concavidades de la garganta, era pasmosa; el choque de las olas de la Caletadel Marrajo contra las rocas (esta Caleta es una especie de laguna Estigia de la que se cuentan muchas leyendas, cuya mera repetición inspira terror al oyente); el reducido horizonte que se estrecha cada vez más según vamos bajando a las profundidades del barranco; los tonos sombríos de luz, que se van gradualmente obscureciendo conforme las rocas se levantan más encima de nuestras cabezas; el pensamiento de que esta garganta oculta, cuyo nombre no estaba marcado en ningún mapa de la Isla, ni había sido visitada jamás por turista ó sabio alguno podría quizás contener tesoros históricos desconocidos en alguna de sus cavernas nunca pisadas; la zozobra que se dibujaba en los semblantes de mis colegas y la observación de alguno de ellos que parecía entrecortada al hablar de la proximidad de la horrenda laguna, pensando, indudablemente, si todavía la monstruosa anguila habitaría en sus aguas, ó si algún obstáculo impediría la entrada en aquellos lugares diabólico —todo, en fin, se combinaba para aumentar el vivo interés que yo ya sentía en la expedición, y me recordaba las descripciones que había leído en los cuentos antiguos germánicos de hadas y en la Metamorfosis de Ovidio, cuando éste nos refiere la vuelta de Perseo de la Atlántida después de haber vencido a los hijos de Forco y á un terrible monstruo marino.
Por último llegamos al fondo del abismo, y apenas habíamos dado unos cuantos pasos más cuando descubrimos una cueva que era lóbrega y húmeda; dentro, en las grietas del techo, estaban construidos nidos de palomas salvajes tan cerca que era posible tocarlos, demostrando con claridad cuan sumamente tranquilo y retirado era el sitio que habían escogido.
Allí descansamos un poco; pero sabiendo que las veredas por las que tendríamos que ir daban vueltas y mas vueltas en senderos tortuosos y aún peligrosos por más de una legua, antes de llegar al Paso del Gamonal, la única salida accesible de la fragosa garganta, y que se necesitarían varias horas para andar esa distancia, pronto dejamos la caverna (á la que, dicho sea de paso, van unidas muchas leyendas) y partimos para el famoso charco.
No tardamos mucho en llegar á él. Está situado en el mismo medio del barranco, y consiste en un estanque grande y profundo de agua muy trasparente; su superficie está limitada por un borde casi circular, y las paredes que lo rodean están formadas de una toba dura y amarilla, que, sin duda, es lo que le da al agua su color rojizo de ámbar.
Encontramos la profundidad del charco bastante grande—unas cuantas yardas, en efecto—; su forma es la de un cono invertido con ranuras paralelas, que gracias a la diafanidad del agua se distinguían claramente, marcando capas en la toba de un rojo más ó menos subido.
Después de haber examinado otras peculiaridades de este charco extraño, emprendimos la ascención (sic.) por la otra vertiente ó sea la de la derecha del barranco.
Fué una empresa algo difícil subir desdeel hondo cauce, porque hacía un calor excesivo y el borde pedregoso era muy pendiente. La faja de cielo que había aparecido no tener más anchura que 40° vista de abajo se ensanchaba según ascendíamos; las sombras desaparecían de los riscos, la penumbra se disipaba de las bocas de las cavernas y de las hendiduras de las rocas, hasta que por fin llegamos a un punto donde la luz estaba difundida rodeándonos.
El placer que sentíamos en este momento era únicamente comparable al que se esperimenta (sic.) cuando se presencian los albores crecientes del amanecer.
Habiendo llegado á la cima nos paramos un poco de tiempo para contemplar el vasto horizonte que se extendía ante nuestra vista, y para disfrutar de algún descanso después de nuestros esfuerzos.
Luego seguimos nuestro viaje tomando la izquierda hasta que nos encontramos en una caverna espaciosa, que fué antiguamente la morada de cierto achimencey de Anaga, desde la que dominábamos grandioso espectáculo: era uno de esos espléndidos días caniculares en que el cielo de las islas Canarias está absolutamente sin nubes; el sol que apenas se separaba del zenit dejaba caer sus rayos de oro en las aguas azules y límpidas del Océano, dando á la inmensa planicie un deslumbrador reflejo de plata y á algunos sitios junto á tierra un matiz de esmeralda ó de zafiro, por el verde de los muzgos marinos en los peñascos ó los reflejos del cielo en las aguas.
Extendiase la vista en aquella llanura sin límites y allá en lontananza distinguíamos el humo de los vapores que se ocultaban tras un promontorio de Gran Canaria, según iban entrando en el puerto de la Luz; mientras más cerca veíamos los que saliendo y entrando se cruzaban en la bahía de Santa Cruz, frente á Antequera.
Una cadena irregular de montañas parecía yacer á nuestros pies, y se prolongaba dentro del mar, formando el cabo que el Sr. Vidal ha marcado en el mapa de Tenerife con el nombre de Punta del Drago, y luego más allá veíamos el ligero movimiento de las olas sin ser rizadas por ninguna brisa. La marea estaba muy baja, de modo que pudimos ver una mayor extensión de playa, y también distinguíamos una serie de muros ó diques debajo de la superficie del agua, que enlazándose unos con otros en ángulos diversos dejaban ver claramente la armazón de antiguas tierras sumergidas en misterioso tiempo.
Después de una hora de descanso volvimos á partir en una dilección Noroeste, siguiendo la vereda que habíamos cruzado antes.
Desde este momento nuestro camino nos conducía por un sendero que flanqueaba los costados del estrecho valle del Palmital, y nuestra marcha se hacia con mucha mayor rapidez, porque de aquí en adelante solamente nos paramos para reconocer algunas cuevas ó tomar nota de los nombres de los riscos, etc., conocidos por mis compañeros, teniendo cuidado de marcar los cerros más altos y las cuevas más interesantes en el croquis que yo estaba haciendo de todos aquellos contornos.
Á las cuatro de la tarde nos encontramos en el Morro de los Cerrilleros, eminencia la más culminante de la sierra, de donde, en cuanto nos lo permitían los riscos, seguimos una dirección diagonal hacia el Paso del Gamonal.
Tardamos una hora y cuarto en realizar esta parte de nuestra jornada, y cuando llegamos, finalmente, al susodicho paso que nos colocaba fuera del Palmital nos encontramos en un sitio que tiene toda la apariencia de una enorme pared, compuesta de inmensos bloques de piedra amontonados y, por decirlo así, lanzados sobre un precipicio.
Por ella emprendimos ahora la subida, apoyándonos más bien en nuestras manos que en nuestros pies y habiendo por fin, vencido las dificultades y peligros de la ascensión seguimos nuestra marcha á la llanura del Barro, desde donde lomamos la cuenca del Barranco de Chamorga, deteniéndonos en las laderas del Granadillar, paraje donde habíamos dispuesto comer, y á donde llegamos á las seis y media de la larde, completamente cansados despues de nuestros esfuerzos, pero muy agradablemente impresionados de todo lo que habíamos visto en esta memorable excursión».
(1). Actualmente se denomina “Barranco del Palmital”, y dada la norma de protección, para transitar por la “Reserva Natural Integral de Ijuana” se necesita autorización específica del Cabildo de Tenerife.
(2). Original traducido y publicado por el periódico “Diario de Tenerife” (1898).
Según me han expresado vecinos, hasta no hace muchos años se observaba la existencia de anguilas en charcos de algunos barrancos de Anaga (Tenerife).
Algunas informaciones sobre las anguilas reseñan que es una especie de animal acuático muy especial, de cuerpo alargado (tipo serpiente), que viven en el mar y en agua dulce, y que en Canarias han existido desde época del pueblo aborigen, que posiblemente las utilizaba como recurso alimenticio (Manuel J. Lorenzo Perera y otros, 2000).
En este sentido, estos autores no observan en la población nativa percepciones negativas hacia este animal, lo que hace inducir que habría otras para cultivar el imaginario social respecto a leyendas de memoria negativa sobre este animal.
Ahora bien, para leyenda relevante sobre anguilas, la que narra el ilustrado lagunero Manuel de Ossuna y Van Den Heede en “Anaga y sus antigüedades” (1897), contenido que, siguiendo la perspectiva que tomo cuando se trata de leyendas, “la cuento como a mí me la contaron”, comparto a continuación:
“Entre los vecinos de la Punta de Anaga es corriente la tradición de que hace muchos años una anguila de enorme tamaño vivía en el Barranco de los Infiernos, garganta situada en un parage recóndito de la misma jurisdicción.
Según cuentan, esta anguila era un monstruo; su cabeza horrible estaba cubierta de pelo y sus ojos estaban siempre dirigidos con una intensidad terrible hacia las personas que eran suficientemente atrevidas para acercarse al charco profundo en que ella yacía.
La criatura inspiraba tal terror en el ánimo de los campesinos de las montañas circunvecinas que llamaron en su auxilio al rector de la parroquia, alegando que debía ser un demonio disfrazado, resultando— según nos asegura la tradición- que la vara (strong hand) de la Inquisición fué levantada sobre las aguas del charco para exorcisar al espirita maligno, con tan buen efecto que desde entonces tienen las aguas un color extremadamente blanco y la apariencia de suero”.
Con esta denominación se conoce la zona de monte de La Laguna que bordea el valle de Las Mercedes.
Así lo expresa Elías Serra Rafols en el tomo III de “Acuerdos del Cabildo de Tenerife” (página 16):
“En todo este período de años, y ya venía de atrás la empresa, el Cabildo no halla medio útil de traer las aguas nacientes en abundancia en la Sierra del Obispo, que hoy llamamos de Las Mercedes, partiendo de un nivel superior al llano de la villa”.
A este respecto, se encuentran varias referencias en los citados Acuerdos, por ejemplo:
“Se platicó sobre la gran falta de agua que hay porque el tiempo es estéril y seco, de donde los bueyes y yeguas y otros ganados se abrevan; los hortelanos // y lavanderas tienen ocupadas las aguas y las que más a mano están que son las que vienen de la sierra del Obispo…” (16-09-1513).
“Que los dos ejes de la dicha madera cortase en la montaña y sierra del Obispo…” (13-09-1518).
Por otra parte, el proceso de “Reformación del repartimiento de Tenerife 1506” (Instituto de Estudios Canarios, 1953) incluye manifestaciones de testigos que hacen referencia a la “data” que el Adelantado Alonso de Lugo ofreció al Obispo de Canarias, adjudicándole terrenos en el Valle de Las Mercedes. A este respecto, veamos algunos testimonios:
Galán: “…e asimismo se le dio al Obispo junto con la desea un grand sitio de tierras e casa en que podrá aver de tierras limpias doscientas fanegas poco más o menos…”.
Trujillo: “…que lo que sabe es que al Obispo se le dio un pedazo de tierra para un asiento de casa e huerta y viñas pero que era en lugar biencostoso…”.
Las Hijas: “Asimismo sabe cómo dio el dicho Adelantado por repartimiento al Obispo de Canaria en esta isla un sitio de tierras con ciertas aguas, donde tiene fecha una casa y viñas y una huerta…”.
Lope Fernández: “E que sabe que al Obispo le dio el dicho Adelantado fasta setenta fanegas de tierra en linde de la deesa fasta Taganana donde tiene fecho una casa e una guerta de árboles e viña y tierra yerma e tiénela toda cercada de la parte de la deesa con un albarrada…”.
Valdés: “…e asimismo sabe que dieron en repartimiento al Obispo tierra adonde fizo una casa e una guerta cerca de la dehesa questá media legua de la villa…”.
Dos espacios simbólicos, referencias culturales de la sociedad tradicional que durante cientos de años pervivió en este fértil y precioso valle de Los Batanes, en “Las Montañas” de La Laguna.
La importancia del cultivo de cereales en esta zona es reflejada por el número de eras que existían, llegándose a contabilizar hasta diecinueve.
El cultivo del lino tuvo mucha importancia a partir de finales del siglo XVIII y hasta finales del siglo XIX; aunque, referencias orales recuerdan a personas que todavía lo cultivaban y procesaban en el S. XX.
En la “Cueva del Lino”, se guardaba éste después de su arrancado y hasta tanto se iniciara el proceso de su tratamiento.
En el panel informativo (Oficina de Gestión del Parque Rural de Anaga) consta el siguiente texto: “Verano,…Llega el momento del procesado del lino. Es la época en que se arranca la planta del suelo. Un suelo húmedo, fértil y escaso que le ofreció sustento y alimento durante cuatro meses aproximadamente. El trabajo es delicado. Se debe controlar todo: el momento del arranque de la planta, el ´enriado` o curtido en los charcos, el secado, la obtención de la fibra, el blanqueado, el hilado,…Todos los pasos tienen sus especialistas, porque no es posible fallar. La Producción de buen lino garantizará la ropa del próximo año, la posibilidad de intercambiar los tejidos por otras productos o venderlos para obtener los ingresos necesarios”
Este depósito de bombonas de gas está situado en un sitio de La Punta de Anaga.
Un día cuatro de octubre, un año en la pasada década de los sesenta, profesionales forestales (ingenieros y guardas) estaban celebrando un almuerzo en un restaurante de Anaga, con motivo de la festividad de su patrón S. Francisco de Asís.
Llegado el momento de los postres, tomó la palabra un ingeniero jefe para alabar el trabajo de la guardería y decir que gracias a ellos los montes se habían recuperado y estaban mejor conservado.
Entonces, un guarda jefe se atrevió a matizar: “D. José Antonio, gracias a los guardas no, gracias a la bombona de butano”; manifestando con ello, de una parte, la realidad del cambio de la situación socioeconómica con la llegada de gas y la menor necesidad del uso de leñas en los hogares y, de otra, el menosprecio al trabajo realizado por sus propios colegas y subordinados guardas forestales.
Por lo tanto, esta sencilla anécdota recuerda realidades y hechos históricos en los montes de esta isla, constatando que, su buen estado de conservación siempre ha estado relacionado con las prácticas, necesidades y usos de la población.
Las casas forestales tuvieron su razón de ser hasta la década de los años setenta del pasado siglo, cuando todavía se realizaban aprovechamientos forestales en los montes y la población necesitaba los despojos de ramas y las leñas para su uso en cocinas y otras actividades del mundo rural.
En las fotos se observan los restos de la «Casa Forestal de La Asomada», dónde vivieron Guardas forestales para facilitar con ello las tareas de guardar el «Monte de Aguirre».
Dado era requisito para ocupar la casa que el guarda estuviera casado, ahí, aislados en el espacio y socialmente, vivieron con sus respectivos familiares, lejos de las zonas habitadas y de los servicios públicos más necesarios en la vida cotidiana, entre otros, médicos, escuelas, tiendas y mercado.
Esta casa forestal de “La Asomada”, a dónde se llega a través de un sendero que parte desde la zona alta del núcleo urbano de “Jardina” (La Laguna), estaba situada en un lugar estratégico, porque, desde allí, además de tener buenas vistas, se escuchaba cualquier sonido de hacha cortando que se realizara dentro del “Monte de Aguirre”, espacio este que comprende toda la cabecera de la cuenca del “Valle de Tahodio”, zona forestal incluida en el Monte de Utilidad Pública del municipio de Santa Cruz de Tenerife.
El 22 de marzo del año 1933, es una fecha de referencia para la historia de la Gomera, dado que, ese día, se produjeron los denominados “Sucesos de Hermigua”.
Grosso modo, comparto aquí algunas notas y percepciones personales para recordar aquellos hechos de tanta relevancia y significado social, para con ello ayudar a mantener la memoria de unos lamentables y dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar en este precioso valle del norte de la isla.
En la citada fecha, se había convocado huelga general por la Federación Obrera; acción colectiva que se realizaba en todo el valle motivada por la indiferencia, incomprensión y dejadez del Gobernador Civil y dirigentes políticos, así como por los incumplimientos del acuerdo previo negociado entre representación de trabajadores, Gobierno Civil y empresa contratista para que se ampliara hasta 100 el número de trabajadores en las obras de la carretera del norte.
Hacia el medio día de esa fecha, el cabo de la Guardia Civil de Hermigua se desplaza en una camioneta a buscar refuerzos a Agulo y, al regreso, son interceptados en el Palmarejo por un numeroso grupo de personas que impiden el paso al vehículo con los guardias, para evitar que estos ejerzan acciones de represión contra las personas en huelga.
Hay un tenso diálogo, acciones, se desata la violencia. Cuando los guardias civiles y el agregado multitudinario de la “muchedumbre en tumulto” perpetran los hechos, resultan muertos dos guardias civiles y un trabajador, mientras otras personas también son heridas.
Observados estos datos, más allá de extenderme en el relato de los hechos y profundizar en sus detalles, aquí pretendo hacer un esbozo del caso con unas breves observaciones sobre el contexto y algunos factores que posiblemente influyeron en las actitudes, comportamientos y acciones de las personas que participaron y se vieron envueltas en aquellos sucesos.
En Hermigua, de forma similar a otros pueblos (por ejemplo Vallehermoso), desde principios de siglo había prosperado una economía basada en cultivos de plataneras para la exportación; sin embargo, la gran parte de los rendimientos se la quedaba la élite dominante formada en compadreo por propietarios agrarios, titulares y gestores de empresas y determinados dirigentes políticos; y para hacer cumplir sus deseos y objetivos específicos utilizaban la Guardia Civil para controlar y reprimir a otras personas cuando lo consideraban necesario para proteger sus intereses.
Con la llegada de la II República, en sectores de población extenuada por los abusos de poder, explotación y muy deficientes condiciones de vida se crearon esperanzas de cambio, que no se produjeron con la celeridad esperada; especialmente, dificultados y entorpecidos por las fuerzas reaccionarias conservadoras que pretendían continuar con su poder tradicional y privilegios elitistas.
Mientras los señores y señoritos se enriquecían, vivían con comodidad y disfrutaban sus privilegios a costa del sudor y fuerza de trabajo de otras personas, la gran mayoría de la población malvivía y la clase trabajadora ganaba sueldos de miseria, si es que lograban tener un puesto de trabajo.
Por ejemplo, en las fechas de los sucesos, en las obras de la carretera del norte de la Gomera un trabajador ganaba 3’50 pesetas; mientras en una carretera en Guía de Isora (Tenerife), el 22 de abril del mismo año los trabajadores ganaban 4’50, y promovieron huelga para ganar 5 pesetas.
Por lo tanto, en Hermigua, un municipio con unos 5.700 habitantes (5.664 en el censo del año 1930), en aquella época había muchas personas en desempleo, y las obras de la carretera del norte eran una esperanza para obtenerlo.
Sin embargo, estas expectativas no se cumplieron y se produjo el conflicto colectivo, los sucesos y sus consecuencias.
En el Tribunal militar formado para el juicio de los sucesos, iniciado el 30 de junio de 1934 con gran expectación y trascendencia jurídica y política, entre las 32 personas encausadas se encontraban varias mujeres, a las que especialmente se acusó de promover e incitar a la violencia.
A este respecto, en el contenido del proceso constan como ejemplo determinadas expresiones que mujeres dijeron para motivar a los hombres en huelga mientras impedían el paso a la guardia civil en el Palmarejo; por ejemplo, “si ustedes no saben llevar los pantalones, los llevaremos nosotras”; y, asimismo, hicieron alusiones a que sólo querían tener pan para sus hijos.
En este sentido, percibo que las necesidades y desesperación tendría que ser tan intensa, especialmente en madres que observan y sienten el lloro de un niño de forma incesante por falta de alimentos, o se le muere un hijo por desnutrición, que resulta razonable y humano que las personas se movilicen y actúen con las fuerzas y vías de acción disponibles, para intentar buscar alternativas y cambiar las situaciones y estado de las cosas.
Ahora bien, aunque lo deseable sería que no se produjeran acciones violentas, sin embargo, hay motivaciones y situaciones en que las tensiones y pasiones se desbordan, como en el caso de los sucesos de referencia; especialmente, porque surgieron detonantes que las incendiaron (uso de las armas por los guardias civiles) y, previamente, otros medios pacíficos de acción y negociación colectiva habían sido despreciados y no tomados en cuenta por individuos con poder (Gobernador, políticos y empresario constructor) a los que, según los hechos, poco importaban las situaciones de vida de otras personas necesitadas.
Después del juicio, 5 personas fueron sentenciadas a muerte (sentencias que no se ejecutaron), otras a diversas penas de prisión y varias fueron absueltas.
Cuando en el año 1936, después de celebradas elecciones democráticas, se forma un gobierno de izquierdas, hay una amnistía y estas personas fueron excarceladas. Sin embargo, cuando en julio de ese año se produce el golpe de estado contra la democracia del Estado Republicano, las fuerzas golpistas y falangistas hacen “desaparecer” a personas de Hermigua, entre ellas varias que habían sido encausadas y condenadas por los citados sucesos.
Hasta aquí, el contenido previsto para compartir en este post, dado que, el modesto objetivo que me propuse no ha sido otro que recordar aquellos muy lamentables “Sucesos de Hermigua” que, como otros en la isla, y en otros lugares, han removido conciencias y ocasionado sufrimiento, tristeza y lágrimas derramadas, y considero conviene tenerlo presente, porque, su memoria puede servirnos para intentar prevenir y evitar sucesos de similar naturaleza.
IMAGEN: Pescante de Hermigua. FUENTE: Archivo General Insular de la Gomera