Leonardo Torriani y la Gomera.

De la conquista de la isla de La Gomera.

Leonardo Torriani (Cremona) fue un ingeniero contratado por la Corte de España para realizar y mejorar fortificaciones militares en Canarias, en las décadas de los ochenta y noventa del S. XVI. Sus informes y observaciones son una importante fuente para el conocimiento de la Historia de Canarias.

Respecto a Gomera, al leer el texto abajo expuesto, es razonable interpretar que Torriani consideraba «viciosa y de malas inclinaciones» las actitudes y comportamientos de los aborígenes gomeros; aunque, en este sentido, también se podría considerar como “normal” sus opiniones, observadas en el contexto ideológico del etnocentrismo cultural europeo de aquellos tiempos.

Ahora bien, desde una perspectiva humanista, observada en cualquier época y contexto social, mucho de bueno tendría aquella sociedad aborigen gomera, dado que, por una parte, perdonaron la vida a los invasores que asesinaron a vecinos y familiares; por otra, como menciona el propio Torriani, el presbítero socializador “se casó con una de sus mujeres, y después vino a hacerse él mismo idólatra”; o sea, el cura que se quedó en la isla para socializar, a su vez fue socializado por la población aborigen de Gomera, aunque,
otras evidencias históricas muestran que también su influencia religiosa tuvo repercusión en el futuro de la isla.

A continuación, texto parcial de la obra de Leonardo Torriani, traducida en su momento por Alejandro Cioranescu:

«Año de 1384, don Fernando Ormel de Castro, hidalgo gallego, habiendo salido de La Coruña con una pequeña armada, para descubrir la isla de Madera, que por aquellos tiempos solía aparecer a los navegantes, llegó aquí a esta isla de La Gomera. Al desembarcar en la tierra, con algunos soldados, le ofreció resistencia un hermano de un señor de la isla, llamado Amaluige, junto con algunos isleños, los cuales fueron repentinamente repelidos y heridos por los españoles. Al ruido de la pelea se reunieron todos los isleños, los cuales hallaron a los cristianos alejados del mar, y en medio de la batalla; y los obligaron a retirarse a un sitio alto, que en la lengua antigua se dice Argodei, que significa ´fortaleza`, por estar formada por un risco muy alto, la cual, igual que la Rocca di San León en la Marca Anconitana, tiene entrada por un solo lado.

Estando allí los cristianos, gravemente asediados y sin esperanza de poder salir de allí con la vida, con ruegos y piadosas señales pedían paz a los isleños; los cuales, por la voluntad de Dios, no sólo les otorgaron la paz que ellos pedían, sino que también se hicieron cristianos. Y de allí en adelante empezaron a abandonar los nombres antiguos, tomando nombres de santos; y estos-nombres; se conservaron entre muchos de ellos, hasta el año de 1420, cuando Juan de Letancurt los redujo a todos a la fe cristiana, sin oposición. Porque dicen aquéllos que recogieron los restos de estas noticias, que don Hernando, Orrnel, a la salida que hizo de esta isla, les dejó un presbítero en lugar de obispo. Este destruyó en gran parte la idolatría; pero, por ser él mismo vicioso y de malas inclinaciones, o, según más bien creo, por miedo de ser muerto por alguno de aquellos gomeros, se casó con una de sus mujeres, y después vino a hacerse él mismo idólatra”

En “Descripción de las Islas Canarias”; L. Torriani. Goya Ediciones, 1959: 205-206.

El silbo articulado en la Gomera.

Este es el título de un texto que inserto a continuación sobre el silbo en La Gomera, publicado en un artículo de Juan Béthencourt Alfonso (1848- 1913), doctor en medicina e investigador con trabajos relevantes sobre el mundo aborigen y la sociedad canaria.

Texto en “Revista de Canarias” nº 71, publicado el 8 de noviembre de 1881:

El silbo articulado en la Gomera.

La isla de la Gomera es una de las más hermosas del archipiélago canario.

Calumniada por los que no la han visitado, ó sólo dada á conocer bajo el criterio estrecho de las pocas comodidades que ofrecen sus caminos, es lo cierto que la generalidad de las personas tienen un concepto muy equivocado de su suelo, de su riqueza y hasta de la cultura de sus habitantes, tan generosos y desprendidos con todo viajero que llega á sus playas.

Surcada por numerosos y profundos barrancos, y cubierta de montañas y elevadas cordilleras de traquita, basalto, piedra pómez, fonolita, trefina y otras pocas ígneas, unas veces dispuestas por capas conservando cierto paralelismo, y otras dislocadas, revueltas y en confuso desórden, como para atestiguar la intensidad de los fenómenos de volcanismo que ha experimentado la isla en el trascurso de los tiempos, ofrece, si bien un suelo fragoso y accidentado, tan magníficos paisajes y agradables perspectivas, valles tan pintorescos, que no es fácil encontrar otra región de sus cortas dimensiones donde se sucedan, de un modo tan inesperado y frecuente, los cambios bellísimos de escena que en la Gomera.

No es posible describir los frondosos bosques de viñáticos, con sus robustos troncos de muchos metros de circunferencia, de acebiños, hayas, brezos y laureles que coronan sus cumbres, y de orijamas, sabinas, barbusanos y mocaneras que cubren sus costas, todos de exuberante vegetación y vitalidad tropical; ni el valle de San Sebastian, con sus elegantes palmeras, su histórico torreón y su deliciosa cañada de algunos kilómetros, cuajada de verdes árboles; ni el de Hermigua, con su extenso cultivo de tuneras, su hermosa campiña y las vertientes de sus montañas cubiertas de follaje; ni el de valle Gran-Rey, con su riachuelo y feraces huertas, sus cañaverales, algodoneros y lomas vestidas de ñameras; ni los de Valle-Hermoso, Benchijigua, Herques, y otros muchos de encantador aspecto y rico suelo, ocultos entre las profundas arrugas de la isla; ni el elevado risco de Agulo, cortado á tajo y tapizado de vegetales, con su magnífica cascada en el centro derramando la vida sobre aquel bonito pueblo; ni los imponentes abismos y altísimos picachos de extraordinaria sublimidad; ni sus costas bravas; ni su Roque de los Órganos, caprichosa y bellísima creación de las fuerzas mecánicas; ni sus acantilados de asombrosa altura, que parecen verdaderos cortes idéales de geólogos; no, no es posible describir aquella magnificencia, aquellos contrastes y bruscos cambios de hermosos panoramas, aquel conjunto de atractivos sin cuento para los hombres amantes del estudio de la naturaleza.

Pero la Gomera no interesa solamente por la belleza de sus campos, por la vegetación de sus montañas y sus valles pintorescos: la Gomera ofrece también á los antropólogos y etnógrafos sobrados motivos para inclinarles el ánimo á emprender trabajos serios relativos á los estudios prehistóricos de las islas.

En las entrañas de las cuevas de los barrancos, en las cimas de las montañas, en los prismas de basalto de las costas, en los concheros de las playas, se encuentran vestigios de las costumbres funerarias de los antiguos gomeros, de sus creencias religiosas, de su industria y de su género de vida; así como en los hábitos, lenguaje y caracteres orgánicos, intelectuales y morales de los actuales habitantes, se descubre algo de la vida íntima de aquella sociedad pasada, no poco del idioma y bastante de las condiciones físico-morales de los primitivos gomeros.

Indicar algunas de estas particularidades que se relacionan con la cuestión del origen del pueblo gomero, y que hasta hoy, que sepamos, no han sido mencionadas por los historiadores de la isla, es el objeto de éste y otros artículos; y decimos indicar, porque no haremos otra cosa qué exponer nuestras observaciones, á fin de que personas competentes y de sólida ilustración en la materia las estudien, si las creen de verdadera utilidad para la investigación y solución del problema que á todos nos interesa aclarar.

Una de las cosas más curiosas que los gomeros del dia conservan de sus antepasados los primitivos gomeros,es un acto de significación, el silbido, elevadoá la categoría de un verdadero lenguaje de expresiónarticulado. El viajero que por primera ocasión visitela isla é ignore el fenómeno de que nos ocupamos,no deja de llamarle la atención oir por todas partessilbidos, ora suaves y cadenciosos que imitan áveces el melodioso canto de las aves, ora intensos yrobustos, como el de la locomotora, que ensordece yaturde; ya ligeros, rápidos, imperativos, como queordenan, ó bien sostenidos, suplicantes y temerosos,como quien ruega y da largas explicaciones.

¡Qué lejos estará el viajero de presumir que quizás su propia persona sea la causa de tantos silbidos!

El mismo guía que le acompaña, y que repentinamente se pone á silbar obedeciendo a las excitación y preguntas que les dirigen desde las alturas dé una montaña, desde las profundidades de un valle ó de la espesura de un bosque, está diciendo á millares-de seres humanos, sin darse uno cuenta de lo que sucede, cómo se llama la persona que conduce, de dónde es, á dónde va, qué profesión tiene, por qué recorre los pueblos de la isla; en una palabra, les dice minuciosa y detalladamente la vida pública y privada del viajero, sí la conoce y quiere contarla.

Éste singular medio de expresion, que no son silbidos convencionales y limitados como sucede entre ciertas gentes, para avisarse dé algún peligro, por ejemplo, y que con anticipación seponen de acuerdo para tomarlo como señal ó consigna, es un verdadero lenguaje articulado, muy generalizado en aquel pueblo, que les da la facilidad de trasmitir las noticias con una rapidez asombrosa, casi telegráfica.

Creemos no exista otro pueblo en la tierra donde se verifique semejante fenómeno; y hasta el mismo fisiólogo Dodart, con seguridad, al admitir su glotis/ labial, ignoraba el importante papel que ésta desempeñaba entre millares de gomeros.

No es éste el momento más oportuno para ensayar una explicación fisiológica sobre la formación del silbo articulado; pero sí debemos manifestar que los gomeros lo producen empleando tres principales procedimientos, ó mejor, modalidades de un mismo fenómeno fundamental.

1. ° Contrayendo y dirigiendo los labios hacia adelanté, de manera que deje entre ellos una pequeña abertura más ó menos redondeada.

2. º Dilatando lateralmente los labios y aproximándolos de modo que formen una hendidura transversal y estrecha, á cuyo centro se aplica la lengua dispuesta en forma de pequeño canal ó embudo; y

3. ° Apoyando la extremidad de un dedo sobre la lengua, ó la de dos dedos semejantes dispuestos en V, con el vértice hacia el fondo de la boca; ya colocando entre los arcos dentarios (que es el más usado), por su cara dorsal y en flexión, cualquiera de los cuatro últimos dedos, ó bien el arco formado por la unión de la extremidad libre del pulgar con la de cualquiera de los restantes dedos de la misma mano.

En todos estos procedimientos, que pone á los gomeros en posesión de un registro de silbidos que puede recorrer cerca de dos octavas, si bien en sus conversaciones ordinarias no pasan de media, los labios (y los dedos cuando se emplean) son los agentes del sonido, así como la lengua es el factor principal en la articulación del silbo, en el que hay que distinguir, lo mismo que en la voz, su timbre, tono, intensidad y duración.

Los que no están muy habituados á oir hablar silbando, no solamente no entenderán ni una palabra, por más que los gomeros dialoguen perfectamente, y hasta se conocen y distinguen por el timbre aunque no se vean y silben varios á la vez, sino que es difícil soportar la intensidad del silbido cuando se está al lado de uno que habla dirigiéndose á otro que se encuentra á gran distancia.

No terminaremos estos ligeros apuntes sobre el hecho extraordinario de haber un pueblo que heredó de los primitivos gomeros la facultad de comunicar sus ideas y pensamientos por medio del silbido articulado, sin manifestar, aunque con reserva y timidez, la síntesis de nuestras observaciones relativas á tan singular lenguaje.

No es posible poner en duda, por el estudio de los caracteres físicos en el vivo, que los habitantes de la Gomera proceden, por lo menos, de dos distintas razas (descartados los elementos europeo y africano posteriores á la conquista), caracterizada la una por sus cabellos rubios, ojos azules, color blanco y facciones semejantes á los descendientes del guanche rubio de Tenerife v Hierro, y la otra por sus cabellos y ojos negros, pómulos pronunciados, color muy moreno con ligero tinte aceitunado, boca grande con labios tensos, y de continente osado y atrevido.

Ahora bien: dada la existencia de estos dos elementos, como cualquiera puede apreciarlos, y siendo innegable el hecho raro y singularísimo de que en aquella parte se emplea el silbido articulado desde los tiempos de los primitivos gomeros, ¿es ilógico deducir que una de las dos razas, probablemente la morena, tuviera como único medio de trasmitir sus pensamientos el lenguaje que llamaremos sibilado?

Si inventó el hombre la palabra, la voz articulada, no pudo existir en un punto de la tierra circunstancias particulares, quizas el ejemplo que le ofreciera la naturaleza en las aves, que le moviera á inventar el silbido articulado en lugar de la voz articulada? Acaso el fenómeno no es idéntico? Bajo el punto de vista fisiológico, no es lo mismo?

La raza autóctona de la Gomera, invadida y mezclada más tarde con otra, pudo aprender la voz articulada; pero á su vez también pudo enseñar el silbido articulado, razón por la que ambos pueblos han podido conservar ambos lenguajes (de los que tenemos vestigios), para emplearlos según las necesidades de la vida.

Los fundamentos en que apoyamos esta hipótesis son:

1. º En el hecho extraordinario de existir exclusivamente en la Gomera el silbido articulado desde los tiempos anteriores á la conquista.

2. ° En la tradición. Los historiadores que se ocuparon del origen y lenguaje de los gomeros, convienen en que estos “apenas usaban de la lengua para las precisas articulaciones”. Bontier y Le-Verrier dicen: “Su lenguaje es muy estraño, porque hablan con los labios como si no tuviesen lengua.” Sin duda, de aquí nació la vulgar tradición de que la Gomera fue poblada por hombres á quienes un príncipe les había hecho cortar la lengua por cierto delito. ¿Nacería esta tradición de que los gomeros hablaron con frecuencia silbando, circunstancia en que no se fijaban los extranjeros por ignorar que se pudiera hablar de este modo?

3. ° Porque los gomeros del dia aún emplean, cuando hablan silbando, voces extrañas que no corresponden á las voces de su primitiva lengua ó á otra conocida. Así, por ejemplo, la palabra cabra, en su lengua primitiva es miñaja, y al llamarla silbando emplean un sonido particular; la -áe oveja, es tufa, ojis, y al llamarla silbando emplean un sonido quepuede traducirse por aó, etc.

Para terminar diremos, que si bien no tenemos aún bases concluyentes para demostrar que el autóctono de la Gomera pudo inventar el lenguaje sibilado antes que la voz articulada, cosa qué no creemos racionalmente imposible, y que hasta hay motivos para sospechar, está fuera de toda duda que los primitivos gomeros podían trasmitir sus pensamientos por medio de silbidos, hecho, para nosotros, verdaderamente digno de ocupar la atención de las personas ilustradas.

JUAN BÉTHENCOURT ALFONSO.

Puerto de San Sebastián. Condes y Piratas.

Durante el S. XVI el puerto de San Sebastián es considerado por algunos autores como el mejor de las Islas Canarias, siendo hasta mediados del S. XVII muy transitado por barcos en la ruta de América.
En el declive de este puerto natural, Mederos y Escribano, en su trabajo “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro” (Anuario de Estudios Atlánticos num. 44, 1998), apuntan que intervienen diversos factores. De una parte, el derrumbe de la industria azucarera (segunda mitad del S. XVI); de otra, el auge de los puertos en las islas de realengo (Gran Canaria, Tenerife y La Palma); a su vez, la ausencia de inversiones por parte de los señores de La Gomera para realizar fortificaciones y con ello mejorar la defensa de la isla ante los piratas (12 ataques entre 1553 y 1618).
Respecto al desinterés por la seguridad de la isla, por ejemplo, es clamoroso el comportamiento del conde Diego de Ayala y Rojas para evitar gastos y para lucrarse del contrabando con los piratas; connivencia esta puesta especialmente de manifiesto en el ataque de Jean de Capdeville en 1571.
En su obra “Piraterías y Ataques Navales contra las Islas Canarias” (Tomo I- 3), Rumeu de Armas relata algunos “relajos” del citado conde Diego de Ayala; como queda constancia en el contenido del parte que la Inquisición puso en conocimiento de la Suprema de Madrid:
«En la Gomera—decían—todos los vezinos de ella admiten armadas de franceses, yngleses, piratas y luteranos que a aquella ysla vienen y tratan y contratan con ellos publicamente y los provehen de todo lo que an menester y les hazen presentes y los reciben de ellos, y assi recibieron la armada que robo a la ysla de la Madera y a Xaques de Soria, y a Juan Buentiempo y a Juan Acles y a otros franceses [e] ingleses que son luteranos…» (pp. 551-52).
De todas maneras, añade Rumeu de Armas, “la suerte del conde de La Gomera siempre debió ser mejor que la de sus súbditos, pues en 1574 fray Alonso de las Roelas protestaba de la benevolencia del Santo Oficio declarando: ¡Plegué a Dios que al conde de la Gomera algún dia le prendan…como a sus vasallos!”.
Pero esto no fue todo, porque, el citado conde Diego de Ayala, con objetivos más utilitarios que patrióticos, el 24 de agosto del año 1571 “introdujo al enemigo en casa”, cuando le franqueó confiado la entrada al corsario calvinista Jean Caduilh o Capdeville, dándole este sangre y fuego por mercancía, quemando La Villa por los cuatro costados, haciendo cautivos y asesinando sin piedad.
Por lo tanto, la historia de Gomera, este y otros hechos, demuestran que, a través de los tiempos, el poder de los “Señores” y Condes ha sido el origen y factor determinante de la precaria e injusta situación socioeconómica de La Gomera; porque, siempre se han caracterizado por su comportamiento cruel, indigno y egoísta, de sólo velar por sus intereses individuales y los de su entorno inmediato, rapiñando lo que se producía en la isla y, como ocurrió en el caso de los negocios con la piratería, promoviendo y dejando al pueblo gomero vulnerable a los intereses foráneos.

El Conde de La Gomera

Por su interesante referencia, desde mi perspectiva sociológica para mis «notas sobre…», a continuación comparto unos párrafos escritos por George Glas en “Descripción de las Islas Canarias” (1764), sobre lo que este marinero observó en su viaje por las Islas Canarias (Colección Fontes Rerum Canariarum. 2ª edición. 1982. Instituto de Estudios Canarios).
“Cerca de Adeje, el Conde de La Gomera tiene una casa y algunas tierras, en las que mantiene un millar de negros esclavos para plantar caña de azúcar y fabricar este producto. Es difícil saber sus razones para mantener esos negros en un país que abunda en trabajadores pobres blancos, los cuales, con toda su laboriosidad, apenas ganan bastante para comprar alimentos suficientes para vivir. Si llegara a vender todos esos esclavos en las Indias Occidentales Españolas, estoy seguro que el interés anual del producto neto de la venta le daría más que el ingreso líquido actual de todos sus ingenios de azúcar y fincas en Tenerife, Gomera y Hierro; pues si estoy bien informado, se eleva a no más de mil quinientas libras al año. La única razón que puedo suponer a tan extraña mala administración, es un cierto malentendido orgullo que siente al ser dueño de tantos esclavos” (op. cit., pp. 73-74).
(…)
“La Gomera y El Hierro son tan pobres que ningún barco llega a ellas de Europa o América; ni se permite a los habitantes de estas islas ninguna participación en el comercio con la India Occidental Española, pues no se encuentran tan por completo bajo la jurisdicción de la Corona de España como Canaria, Tenerife y La Palma, pues tienen un señor o propietario, a saber, el Conde de la Gomera” (op. cit., pp. 133).
Fuente de imagen: https://www.eldiario.es/canariasahora/sociedad/Espectaculares-imagenes-Islas-Canarias_12_906529339.html

Las cargadoras.


“… y emprendemos de nuevo el camino viendo pasar junto á las patas de nuestras cabalgaduras unas mujeres de tez quemada por el sol, jadeantes de cansancio, como bestias mal heridas que huyesen de la persecución del hambre llevando á la cabeza los restos de su hogar, de cuerpos cimbreantes y ondulados, de pies desfigurados por la rudeza del trabajo, las manos á lo alto sujetando la preciosa carga, la mirada al frente acortando con ella las distancias, el andar precipitado, como si tuviesen prisa en ganar prontamente el dinero ofrecido.
Son las cargadoras; las que trasportan velozmente el fruto desde lejanas distancias al punto de embarque, las que llevan sobre sus anémicos cuerpos la riqueza de la isla sin aprovecharse de ella en lo más mínimo, las que ambicionan ganar una peseta para reunir el coste de la contribución á fin de que el Estado no les lleve el pedacito de tierra que les da el millo para el año.
Trabajadoras para contribuir con sus fuerzas al sostenimiento del fausto nacional; multíparas para dar muchos hijos que defiendan noblemente la patria; buenas cristianas para que Dios no las abandone á la hora de la muerte…
Recuerdo que mi amigo Salvochea decíame un día que cuando nuestros sucesores se enteren de que hubo una época en que los hombres se desvivían por sostener ciertas cosas, nos motejarán de idiotas… ¡Arre, yegua!…
Y la yegua ha vuelto á caminar, dócil y obediente, como dicen los Santos Padres de la Iglesia que debiéramos ser todos los hombres…”
Fuentes:
– Texto extraído del artículo “La vida en los pueblos” publicado el 8 de octubre de 1908 en el diario “El Progreso”, escrito sobre La Gomera por “Jacinto Terry”, seudónimo utilizado por el periodista tinerfeño D. Joaquín Fernández Pajares.
– Foto facilitada por el “Archivo General Insular de La Gomera”. La imagen es del “Pescante Viejo”, o “Pescante de Los García”, que se construyó a finales del S. XIX en La Playa de Vallehermoso y funcionó durante la primera década del S. XX, hasta que fue abatido por la mar.

La Playa de Vallehermoso y la extracción de los cañones.


Segunda parte de este trabajo de investigación sobre uno de los sucesos más interesantes del imaginario colectivo de Vallehermoso.
En el otoño del año 1969, tuvo lugar la recuperación de dos cañones de bronce del fondo marino de “La Playa” de Vallehermoso; el periodista Juan Pedro Ascanio relata los hechos en un artículo publicado en un periódico de Tenerife, y hace constar que cada cañón media unos 2´30 metros de largo y unos mil kilos de peso cada uno.
Los submarinistas D. Antonio Ballesteros y D. Jesús Martínez fueron los encargados de realizar las tareas de sumergirse para atar cada cañón a una especie de globo que, inflado con aire comprimido, permitiría elevar el cañón desde el fondo marino hacia la superficie. A su vez, los submarinistas constataron la presencia en la zona de otros cañones, aunque, dada las fechas y próxima llegada del invierno, planearon intentar extraerlos en algún periodo de calma marina del siguiente año.
Algunos vecinos recuerdan aún hoy, como se procedió para realizar las operaciones de la extracción de las citadas piezas de artillería y como se depositaron en la plaza del pueblo; y sobre todo, aún se recuerda con enojo que los militares se los llevaran una noche, como se suele decir, con nocturnidad y alevosía, sin dar explicaciones ni decir dónde los depositarían.
La extracción de los cañones fue de tal calado social en el pueblo que también hizo aflorar la ocurrencia; hizo trabajar la maquinaria de la imaginación inventiva de algún vecino que planteó y popularizó una adivinanza: ¿en qué se parece la plaza de Vallehermoso a un nido de palomas?, ¡en que los dos tienen “cañones”!; cañones en la plaza del pueblo y “cañones” en los pichones de palomas. Como me dice un amigo, al que considero ilustrado y de mucho conocimiento, en La Gomera hay mucha imaginación, porque, al ser valles, la gente siempre está pensando que habrá más allá; aunque, el problema está a la hora de hacer realidad la imaginación.
Por otra parte, los investigadores Alfredo Mederos y Gabriel Escribano conocían la recuperación de los dos cañones de bronce citados anteriormente. Estos autores, en su trabajo “Arqueología subacuática en Canarias (1994-1998)”, cuya obra se puede consultar en Internet (insertando en el buscador el nombre y apellidos de los autores), describen lo que observaron y evaluaron en la prospección arqueológica de La Playa de Vallehermoso, en la primavera de 1995. Después de apuntar los requerimientos formales y fundamentar los motivos de su trabajo, dicen que, en la prospección, documentaron fragmentos de maderas correspondientes al barco hundido, cinco cañones de hierro, todos orientados hacia el norte, una treintena de balas de cañón, una decena de lingotes de hierro/plomo utilizados para lastre y diversos fragmentos metálicos; además, hallaron otro cañón de bronce, propiedad de una colección particular y que había sido igualmente extraído de la playa de Vallehermoso (no aportan datos sobre el lugar ni el individuo que tiene este cañón). Respecto a los dos cañones de bronce extraídos en 1969, estos autores los localizaron en el Museo Naval de Madrid.
Mederos y Escribano relatan un supuesto de reconstrucción del hundimiento; paso a parafrasearla. La embarcación, empujada probablemente por una tormenta y la corriente dominante chocaría con la punta del risco Frailillo (lugar dónde está situado “El Pescante Nuevo”); desde allí, se vería arrastrado hasta la Punta de los García (zona del “Pescante Viejo”, actualmente “Castillo del Mar”), y posteriormente, a la punta inmediata (supongo se refieren a la baja y al “Risco de Genaro”), para, finalmente, acabar estrellándose contra la playa. Los autores señalan algo muy significativo (que contradice determinado supuesto de la leyenda), es la constatación de “la disposición homogénea, y más o menos lineal, de los cañones en dirección Norte, que van trazando la trayectoria de la embarcación hasta que finalmente se rompió completamente en pedazos”.

Estos autores aportan datos sobre la supuesta identidad del navío hundido, probablemente, del siglo XVIII o inicios del XIX, y que ciertos botones (¿?) recuperados en la playa hacen creer que se trate de “La Mosca”. La cuestión es que, con esta denominación, se puede tratar de cuatro embarcaciones. Por ejemplo, podría tratarse del navío corso francés denominado “Nueva Mosca” que asaltó embarcaciones inglesas en La Palma en 1804; mas dudosamente, el Bergantín de guerra holandés “La Mosca” que hizo escala en Tenerife en 1807; o también, la goleta “La Mosca 2” que en 1808 hizo escala en Las Palmas en su viaje hacia América, y entre las versiones, una apunta que, al regreso de América, pudo haber naufragado en La Gomera. Ahora bien, estos autores consideran que, de acuerdo con la documentación disponible, bien podría tratarse de “La Mouche” (La Mosca) armada en Burdeos y que actuó como corso en Canarias.
Sobre “La Mouche”, el navío corso armado en Burdeos (cuando dos países estaban en guerra, uno podía autorizar a un barco para asaltar barcos del país enemigo), Alejandro Cioranescu, en “Piratas y corsarios en aguas de Canarias (siglo XVIII)”, publicado en Historia General de Las Islas Canarias por la editorial Edirca, hace referencia a que era muy conocido en Canarias con su nombre español La Mosca; navegó en aguas de las islas entre 1799 y 1808, con una carrera muy destacada, apresando seis navíos en dos años.
Considero que, probablemente, estos hechos bien podrían haber cultivado la imaginación sobre el prestigio de tan afamado navío “La Mosca” y facilitaron la construcción del imaginario social sobre la leyenda del barco hundido en La Playa de Vallehermoso.
Texto también publicado en:
https://www.eldiario.es/canariasahora/lagomeraahora/cultura/Playa-Vallehermoso-extraccion-canones_0_341566153.html

La Playa de Vallehermoso y sus cañones de leyenda.


La referencia sobre los cañones de “La Playa” de Vallehermoso, se ha compartido y escuchado de generación en generación y de boca en boca entre los vecinos. En este proceso de socialización, influencias personales y construcción de realidades sociales, lo escuchado y la imaginación son vehículos que transportan a cómo era La Playa “en los tiempos de antes”, actividades y sucesos que allí han acontecido.
La leyenda transmitida por la tradición verbal cuenta del naufragio de un barco llamado “La Mosca” que se hundió en “La Playa”, para unos por causas de un temporal, para otros, por causas de un combate naval; esto ocurrió mucho tiempo atrás a la época en que funcionaban los pescantes y los barcos llegaban para embarcar o desembarcar personas y mercancías.
Sea como fuere, el hundimiento del supuesto barco -una realidad tangible de tal acontecimiento- se pudo observar durante años en el cañón de hierro incrustado en el muro de hormigón del rompeolas existente en La Playa. Posiblemente, la presencia de ese artefacto y la observación de otros cañones en el fondo marino, avivaron la leyenda y las especulaciones e imaginario social, procesos en los que se construyen, transmiten y comparten ideas entre los vecinos de una comunidad.
Desgraciadamente, la fuerza del oleaje destruyó el citado rompeolas, al igual que todas las edificaciones del lugar que desaparecieron arrastradas por el mar. A finales de la década de los ochenta, La Playa estaba muy transformada e irreconocible respecto a tiempos pasados. Muy probablemente, para producirse esta realidad, influyó la subida y el estado del mar y su fuerte impacto en la costa, causada por la brutal e irracional extracción de materiales áridos del “vaso de la playa”, para su utilización, en la década de los setenta, en la construcción del muro de la Presa de La Encantadora.

Respecto a la leyenda del barco La Mosca, la transmisión oral hace referencia a que en la bahía de La Playa de Vallehermoso entraron dos barcos combatiendo y tirándose cañonazos; uno de los barcos tenía cañones de hierro y el otro estaba dotado de cañones de bronce, y ambos barcos se hundieron mutuamente; de ahí, la presencia de ambos tipos de cañones en la zona. Una variante transmite que “La Mosca”, buscando refugio de las influencias de un temporal, al entrar en la bahía, chocó con los riscos y naufragó en La Playa, y que el nombre del barco apareció escrito en una tabla.
Otra versión, publicada en la revista Eseken nº 4 (1998), entre otros aspectos, menciona que el barco La Mosca huye de piratas, que naufraga, que entre los restos del naufragio había una tabla que ponía el nombre del barco, que algunos vecinos de Tamargada son descendientes de los marineros del citado barco; asimismo, reseña que algunos dicen que el barco encalló en La Playa de La Sepultura y que luego los cañones fueron arrastrados por la marea hacia La Playa de Vallehermoso.
Una de las cuestiones que puede plantearse respecto a estos supuestos hechos, es precisamente, que grado de fiabilidad puede ofrecer una leyenda respecto a los acontecimientos históricos. A este respecto, el propio significado del término “leyenda”, en el diccionario de la RAE de la lengua (versión en Internet) entre otros significados, contempla: “4. Relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”. De esta forma, el propio diccionario de la lengua española recoge la posibilidad de que la leyenda conlleve el hecho histórico, por lo tanto, leyenda e historia van de la mano.
Hasta aquí hemos reseñado algunos aspectos subjetivos de la leyenda construida y transmitida por la tradición oral, e implantada en la memoria histórica de los vecinos a través de la socialización. Intencionadamente, he nominado en plural, porque, aunque me haya tocado a mí escribir este texto, considero que el contenido de la historia procede de la construcción social realizada por muchas personas; aunque, dicho lo anterior, bien es cierto que, cada persona, puede a nivel individual realizar las interpretaciones que sea capaz de hacer y que quiera transmitir, siempre en el marco de la responsabilidad del sujeto, el autor.
Para la redacción de otro texto, dejo la descripción de otros datos que pueden aportar conocimiento a los supuestos hechos históricos, lo acontecido en La Playa y la extracción de los cañones.
Texto también publicado en:
https://www.eldiario.es/canariasahora/lagomeraahora/cultura/Playa-Vallehermoso-canones-leyenda_0_336666530.html

¿Las Rosas o Las Rozas?


En algunos municipios de Canarias, por ejemplo Mazo y El Paso en La Palma, Agulo y Vallehermoso en La Gomera, La Esperanza en Tenerife, existen lugares denominados “Las Rosas”.

Admitiendo que los topónimos se forman a partir de una necesidad, y denominar algo de una manera es una necesidad de comunicación, en este sentido, como bien plantea Eladio Santana Martel en su tesis doctoral, “quizá la primera pregunta que surja sea por qué a un determinado lugar lo hemos llamado así, y no de otra manera; qué nos ha movido a darle tal denominación” (Santana Martel: “La toponimia de Gran Canaria. Estudio Morfosintáctico y Estadístico”, 1998: 32).

A su vez, el citado autor comparte en su tesis la hipótesis de trabajo de Morala (1992), quién señala: “…todo topónimo fue en sus orígenes un nombre común y, por consiguiente, aunque sincrónicamente hoy sólo sea una secuencia de sonidos cuya única función es la identificar una parte del espacio geográfico, desde una perspectiva diacrónica tiene también un significado que, en sus orígenes, estaría perfectamente claro para los hablantes que comenzaron a usarlo”.

En esta perspectiva, en cuanto a buscar respuestas a la cuestión del título de este post, ¿Las Rosas o Las Rozas?, dada la localización de estos lugares, situados en zonas de medianías, en el monte o en su cercanía, dónde también existen diversos parajes y fincas que en su denominación contienen la palabra “rosa” (por ejemplo: “la rosa”, “la rosa de…”, “…de la rosa”, “banda de las rosas”, “rosa de las piedras”, etc.), bien se podría pensar que la denominación del topónimo deriva de la palabra “roza”; esto es, acción y efecto de rozar, o bien zona de monte que después de la conquista fue rozada, limpiada de vegetación y roturada por colonos para poner en cultivo la tierra.

El azúcar y las talas de montes en el S. XVI.

La planta de la caña de azúcar procede de Nueva Guinea; los portugueses la introdujeron en Madeira hacia el año 1430 y, desde esta isla macaronésica, posteriormente llega a Canarias en torno a 1483, traída por orden del conquistador Pedro de Vera para cultivarla en Gran Canaria, isla que gobernaba en aquella época este individuo que se caracterizó por ser cruel con las personas más débiles.

Además del tráfico de esclavos, prácticas aberrantes e inhumanas que aún hoy desgraciadamente persisten, los conquistadores castellanos observaron el cultivo de cañaverales como un negocio de mucha rentabilidad para la exportación del azúcar, ante las demandas de la sociedad europea en su proceso cultural de refinamiento de los gustos y consumo alimenticio.

Recién ocupadas por la fuerza y dominadas las islas, la plantación de cañaverales y la exportación de azúcar, junto a la explotación de los montes, fueron de las primeras actividades económicas que introdujeron y aplicaron en las Islas Canarias los dirigentes e inversores del proceso colonizador.

Gran Canaria, La Gomera, La Palma y Tenerife han sido consideradas como las islas azucareras, lugares que facilitaban el desarrollo de las plantaciones dado que reunían condiciones naturales adecuadas para el cultivo. Esto es, lugares dónde existía buena climatología, fértil tierra, agua en abundancia y maderas y leñas de los montes cercanos. A su vez, también es relevante que esta actividad agrícola y comercial y la explotación de los recursos naturales influyeron en el repartimiento de tierras.

Por lo que concierne a los lugares dónde se realizaron plantaciones de caña y se construyeron “ingenios” (fuerza motriz hidráulica) y “trapiches” (movidos por tracción animal) en el complejo agroindustrial azucarero, existen referencias a que, hacia mediados del S. XVI, en Gran Canaria llegaron a funcionar 24 ingenios, los más antiguos emplazados en el Barranco de Guiniguada, y otros ubicados en Agaete, Agüimes, Ingenio, Moya, Telde, Arucas, Tirajana, Galdar, Firgas y Guía.

A su vez, en La Gomera existieron seis ingenios, localizados en Hermigua, Vallehermoso, Valle Gran Rey y Alojera; en La Palma existían cuatro ingenios, emplazados en San Andrés y Sauces, Argual y Tazacorte; y Tenerife contaba con ingenios en La Orotava, Los Realejos, Icod, Garachico, Taganana, Guimar y Adeje.

Estas actividades y complejos agroindustriales requerían de mucha cantidad de madera y leñas para su funcionamiento. En la construcción de los ingenios y trapiches se utilizaba madera de tea y “especies nobles” como el palo blanco y el barbuzano, y a su vez se necesitaba de mucha cantidad de leñas para alimentar el fuego de las calderas en el proceso de cocción y transformación de la caña en melaza y refinado del azúcar.

Tal era la cantidad de leñas que se requería, y los suculentos intereses económicos que estaban en juego para la clase dominante de aquellos tiempos, que en los aprovechamientos forestales se priorizaba la “conservación” del monte para el uso de la madera y leñas en los ingenios. En este sentido, un buen ejemplo se constata en “acuerdo” tomado en Concejo del Cabildo de Tenerife de fecha 4 de julio del año 1500, por el que el gobernador Alonso de Lugo ordena:
“Manda el señor Governador, con acuerdo de los señores del Cabildo, que mandan que todos los que fazen pez en Taoro, que se entiende de las syerra aguas vertientes hazia Taoro por el camino de las syerras que va a dar a Teyd(a) e por la misma lomada que va a Ycode fasta la mar, que ninguno sea osado de hacer pez, vecino ni morador estante ni abitantes desta isla, porque en perjuyzio de la tierra, porque aquello es para engaños de azúcar…” (Serra Rafols, 1996: 33).

Bien, llegados a este punto, se puede afirmar que el cultivo de la caña de azúcar y el uso de maderas y leñas en el proceso de obtención del azúcar, fueron actividades y factores muy influyentes para arrasar y acabar con las zonas de monte verde en Gran Canaria; y asimismo, para deteriorar y mermar la superficie de masa forestal en las islas de Gomera, Palma y Tenerife.

Por otra parte, con la llegada de los europeos a América la caña de azúcar fue allí introducida, dónde se expandió su cultivo y, posiblemente, su auge influyó en la decadencia del negocio y cultivo en Canarias; mientras, en épocas de crisis económicas y hambrunas en el archipiélago, las zafras de la caña fueron un ámbito atractivo para muchas personas de Canarias, que emigraron hacia aquellas tierras en busca de mejorar su vida y la de sus familiares.

A este respecto, se produjo una paradoja, o al menos dos situaciones hipotéticamente relacionadas, como otras tantas que pueden acontecer en la vida cotidiana; de una parte, con el decaimiento de los cultivos de la caña de azúcar y de los ingenios y trapiches en Canarias, se supone que debería haber mejorado la recuperación y expansión de los montes en las islas; pero, por otra, con el retorno de los “indianos” y sus ahorros ganados en las zafras de los cañaverales americanos, se roturaron nuevos terrenos afectando a zonas montuosas y a las masas forestales.

Fuentes:
– “Acuerdos del Cabildo de Tenerife, 1497-1507”; Serra Rafols; Instituto de Estudios Canarios, 1949, 1996.
– “Islas y Voces del Azúcar”; Viña Brito et al.; Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife, 2014.
– “Los montes de Tenerife a través de su historia”; Quirantes González et al.; Servicio de Publicaciones Universidad de La laguna, 2011.

Anaga y Los Bailaderos.

Bailadero de Punta Anaga


En Anaga, existen al menos cuatro lugares llamados “El Bailadero”, y corresponden a cada una de las imágenes que se adjuntan.
El Bailadero, (Santa Cruz de Tenerife), dónde actualmente se encuentra el cementerio de la Punta de Anaga.
El Bailadero en la cumbre de Taganana (Santa Cruz de Tenerife), dónde se observa ese edificio verde tan impactante (actualmente se está demoliendo), torres y repetidores.
El Bailadero en Chinamada (San Cristóbal de La Laguna), en un morro situado junto al Camino de Chinamada; dónde curiosamente hay una cruz, que según manifiesta una vecina: “siempre la he visto ahí,…antes la enramábamos el “Día de La Cruz”,…dicen que ahí antes bailaban las brujas”.
El Bailadero de La Orilla (Tegueste), en una zona también llamada “Llano de las Brujas”.

Por lo observado, resulta curioso el hecho de que en lugares llamados “El Bailadero”, actualmente exista un cementerio, haya una cruz, la zona también se denomine “Llano de las Brujas”, y según referencias del imaginario social, la tradición oral haya trasmitido que esos lugares se llaman así “…porque ahí bailaban las brujas”, como me ha manifestado una señora mayor nacida en Chinamada, y como he escuchado de otros testimonios de personas en Tenerife, La Gomera y La Palma; islas dónde, además de El Hierro, Gran Canaria y Lanzarote, también existen lugares con similar toponimia.

Acerca de la toponimia y la denominación bailadero, la profesora de filología Carmen Díaz Alayón, en su artículo “Topónimos de lugares sagrados en las Canarias prehispánicas” (2010), citando a varios autores (Abreu Galindo, Fructuoso, Espinosa, Edmund Scory y José María Zuaznávar), considera que la voz hispánica original parece haber sido baladero, denominación que proviene de “una de las costumbres religiosas más pintorescas de los indígenas y de la que dan cuenta varios cronistas”.

A este respecto, Díaz Alayón cita un texto de José María Zuaznávar, escrito en su “Diario de mis ocupaciones durante mi mansión en Telde a fines del año 1805 y principios de 1806”, en el que se puede esclarecer la evolución de la voz baladero por la de bailadero:
“También vi este día una hacienda de don Agustín La Rache, vecino del ´Real de Las Palmas`, situada a la entrada del pueblo en la ori\la del Barranco; hoy la \laman el ´Bailadero`; pero Cristina Báñez, muger de Alonso Matos, cuya era el año 1570, le da el nombre de ´Baladero` en su testamento otorgado aquel año ante Juan de la Vega, sin duda porque, según tradición que hay en el pueblo de ´Telde`, confirmada por Núñez de La Peña, cuando los ´Canarios` imploraban la misericordia de Dios encerrando su ganado lanar en una gran plaza tosca que hay en dicha hacienda junto al barranco, donde se veían perseguidos de la hambre, de la peste o de otra cosa semejante, privándolo de pasto y comida por unos quantos días, le obligaban a ´balar`, lo cual consideraban como un medio de implorar la misericordia divina”.

Asimismo, Díaz Alayón reseña que los textos antiguos no dejan constancia de la voz indígena que denominaba estos lugares; aunque, el investigador D. J. Wölfel en su “Monumenta Linguae Canariae” considera que la forma indígena para “baladero” sería el topónimo del Hierro “Tacuitunta”, que analiza como “ta-kwutu-n-ta”, con significado “lugar de balidos”.

Por otra parte, Luis Diego Cuscoy, en su obra “Los Guanches” (1968), menciona que estos lugares suelen encontrarse en áreas manifiestamente pastoriles, como “El Bailadero”, “paraje bien conocido, emplazado en un alto del macizo de Anaga y desde el cual se divisan las dos vertientes” (1968: 115).
Cuscoy aquí se refiere a “El Bailadero” de la cumbre de Taganana y, a su vez, destaca la importancia de esta zona cuando escribe:
“La existencia de un ´tagoror` en Taganana indica que esta localidad fue cabeza del menceyato. (…). Desde el punto de vista socioantropológico, Anaga es zona donde se practica la momificación con manifiesta frecuencia (Schwidetzky, 1063), lo que revela un nivel económico y social de cierto relieve. Y ya se sabe que esto va aparejado con la posesión de ganado abundante” (Cuscoy, 1968: 129).

A su vez, Cuscoy ( 1968: 115) cita un texto de Espinosa, en el que se recoge el rito practicado por los guanches con su ganado en estos lugares: “…juntaban las ovejas en ciertos lugares que para esto estaban destinados, que llamaban ´el bailadero`de las ovejas, y hincando una vara o lanza en el suelo, apartaban las crías de las ovejas, y hacían estar las madres alrededor de la lanza dando balidos, y con esta ceremonia entendían los naturales que Dios se aplacaba, y oía el balido de las ovejas, y les proveía de temporales”.

Llegado este punto del relato, intentar comprender mejor este rito conlleva acercarse a la ideología de los guanches, a su universo espiritual y religioso; aunque Cuscoy destaque las dificultades para penetrar en ese espacio celosamente guardado por los aborígenes y la falta de interés de los conquistadores y otras personas para indagar y transmitir esos vestigios culturales.

Aún así, y las pocas referencias transmitidas, individuos de aquellos tiempos post-conquista recogieron noticias sobre la existencia de divinidades, roques y lugares sagrados, ritos funerarios (que reflejan el culto a los muertos y con ello el culto a dioses), mitos, ritos pastoriles y fiestas solsciticiales, aunque poco se sabe de los detalles de estos hechos y referencias.

Varios autores (Azurara, Cadamosto, Espinosa, Torriani, Viana y Abreu Galindo), escribieron que los guanches creían en un ser superior, un dios del cielo, una divinidad de la lluvia, “…de las tormentas de los poderes atmosféricos y de las fuerzas de la naturaleza, cuyos efectos padecía pero cuyas causas no podía explicarse” (1968: 114).

En este sentido, la protección y la supervivencia del ganado y obtener de las cosechas el mejor fruto, serían las razones que empujaban al guanche hacia el campo de las creencias y de la religión.

Pasado el tiempo, realizada la conquista a finales del S. XV, el mundo guanche, su sociedad y cultura, es destruida por la nueva cultura dominante implantada por conquistadores y colonos; fuerza especialmente sustentada por la influencia de la todopoderosa religión católica, que impuso su ideología totalitaria, al tiempo que promovió la subversión y tergiversación de los vestigios culturales que quedaban de la sociedad aborigen.

En este sentido, de similar forma que en otros lugares se sobrepusieron catedrales dónde antes existían mezquitas (por ejemplo La Giralda en Sevilla), en Canarias se convirtieron en herejías las antiguas prácticas rituales; así como, lugares de ritos antiguos como los “baladeros”, la nueva cultura dominante los transformó en bailaderos, lugares sospechosos de cultos malignos, dónde las brujas realizaban sus bailes.