El Conde de La Gomera

Por su interesante referencia, desde mi perspectiva sociológica para mis «notas sobre…», a continuación comparto unos párrafos escritos por George Glas en “Descripción de las Islas Canarias” (1764), sobre lo que este marinero observó en su viaje por las Islas Canarias (Colección Fontes Rerum Canariarum. 2ª edición. 1982. Instituto de Estudios Canarios).
“Cerca de Adeje, el Conde de La Gomera tiene una casa y algunas tierras, en las que mantiene un millar de negros esclavos para plantar caña de azúcar y fabricar este producto. Es difícil saber sus razones para mantener esos negros en un país que abunda en trabajadores pobres blancos, los cuales, con toda su laboriosidad, apenas ganan bastante para comprar alimentos suficientes para vivir. Si llegara a vender todos esos esclavos en las Indias Occidentales Españolas, estoy seguro que el interés anual del producto neto de la venta le daría más que el ingreso líquido actual de todos sus ingenios de azúcar y fincas en Tenerife, Gomera y Hierro; pues si estoy bien informado, se eleva a no más de mil quinientas libras al año. La única razón que puedo suponer a tan extraña mala administración, es un cierto malentendido orgullo que siente al ser dueño de tantos esclavos” (op. cit., pp. 73-74).
(…)
“La Gomera y El Hierro son tan pobres que ningún barco llega a ellas de Europa o América; ni se permite a los habitantes de estas islas ninguna participación en el comercio con la India Occidental Española, pues no se encuentran tan por completo bajo la jurisdicción de la Corona de España como Canaria, Tenerife y La Palma, pues tienen un señor o propietario, a saber, el Conde de la Gomera” (op. cit., pp. 133).
Fuente de imagen: https://www.eldiario.es/canariasahora/sociedad/Espectaculares-imagenes-Islas-Canarias_12_906529339.html

Las cargadoras.


“… y emprendemos de nuevo el camino viendo pasar junto á las patas de nuestras cabalgaduras unas mujeres de tez quemada por el sol, jadeantes de cansancio, como bestias mal heridas que huyesen de la persecución del hambre llevando á la cabeza los restos de su hogar, de cuerpos cimbreantes y ondulados, de pies desfigurados por la rudeza del trabajo, las manos á lo alto sujetando la preciosa carga, la mirada al frente acortando con ella las distancias, el andar precipitado, como si tuviesen prisa en ganar prontamente el dinero ofrecido.
Son las cargadoras; las que trasportan velozmente el fruto desde lejanas distancias al punto de embarque, las que llevan sobre sus anémicos cuerpos la riqueza de la isla sin aprovecharse de ella en lo más mínimo, las que ambicionan ganar una peseta para reunir el coste de la contribución á fin de que el Estado no les lleve el pedacito de tierra que les da el millo para el año.
Trabajadoras para contribuir con sus fuerzas al sostenimiento del fausto nacional; multíparas para dar muchos hijos que defiendan noblemente la patria; buenas cristianas para que Dios no las abandone á la hora de la muerte…
Recuerdo que mi amigo Salvochea decíame un día que cuando nuestros sucesores se enteren de que hubo una época en que los hombres se desvivían por sostener ciertas cosas, nos motejarán de idiotas… ¡Arre, yegua!…
Y la yegua ha vuelto á caminar, dócil y obediente, como dicen los Santos Padres de la Iglesia que debiéramos ser todos los hombres…”
Fuentes:
– Texto extraído del artículo “La vida en los pueblos” publicado el 8 de octubre de 1908 en el diario “El Progreso”, escrito sobre La Gomera por “Jacinto Terry”, seudónimo utilizado por el periodista tinerfeño D. Joaquín Fernández Pajares.
– Foto facilitada por el “Archivo General Insular de La Gomera”. La imagen es del “Pescante Viejo”, o “Pescante de Los García”, que se construyó a finales del S. XIX en La Playa de Vallehermoso y funcionó durante la primera década del S. XX, hasta que fue abatido por la mar.

La Playa de Vallehermoso y la extracción de los cañones.


Segunda parte de este trabajo de investigación sobre uno de los sucesos más interesantes del imaginario colectivo de Vallehermoso.
En el otoño del año 1969, tuvo lugar la recuperación de dos cañones de bronce del fondo marino de “La Playa” de Vallehermoso; el periodista Juan Pedro Ascanio relata los hechos en un artículo publicado en un periódico de Tenerife, y hace constar que cada cañón media unos 2´30 metros de largo y unos mil kilos de peso cada uno.
Los submarinistas D. Antonio Ballesteros y D. Jesús Martínez fueron los encargados de realizar las tareas de sumergirse para atar cada cañón a una especie de globo que, inflado con aire comprimido, permitiría elevar el cañón desde el fondo marino hacia la superficie. A su vez, los submarinistas constataron la presencia en la zona de otros cañones, aunque, dada las fechas y próxima llegada del invierno, planearon intentar extraerlos en algún periodo de calma marina del siguiente año.
Algunos vecinos recuerdan aún hoy, como se procedió para realizar las operaciones de la extracción de las citadas piezas de artillería y como se depositaron en la plaza del pueblo; y sobre todo, aún se recuerda con enojo que los militares se los llevaran una noche, como se suele decir, con nocturnidad y alevosía, sin dar explicaciones ni decir dónde los depositarían.
La extracción de los cañones fue de tal calado social en el pueblo que también hizo aflorar la ocurrencia; hizo trabajar la maquinaria de la imaginación inventiva de algún vecino que planteó y popularizó una adivinanza: ¿en qué se parece la plaza de Vallehermoso a un nido de palomas?, ¡en que los dos tienen “cañones”!; cañones en la plaza del pueblo y “cañones” en los pichones de palomas. Como me dice un amigo, al que considero ilustrado y de mucho conocimiento, en La Gomera hay mucha imaginación, porque, al ser valles, la gente siempre está pensando que habrá más allá; aunque, el problema está a la hora de hacer realidad la imaginación.
Por otra parte, los investigadores Alfredo Mederos y Gabriel Escribano conocían la recuperación de los dos cañones de bronce citados anteriormente. Estos autores, en su trabajo “Arqueología subacuática en Canarias (1994-1998)”, cuya obra se puede consultar en Internet (insertando en el buscador el nombre y apellidos de los autores), describen lo que observaron y evaluaron en la prospección arqueológica de La Playa de Vallehermoso, en la primavera de 1995. Después de apuntar los requerimientos formales y fundamentar los motivos de su trabajo, dicen que, en la prospección, documentaron fragmentos de maderas correspondientes al barco hundido, cinco cañones de hierro, todos orientados hacia el norte, una treintena de balas de cañón, una decena de lingotes de hierro/plomo utilizados para lastre y diversos fragmentos metálicos; además, hallaron otro cañón de bronce, propiedad de una colección particular y que había sido igualmente extraído de la playa de Vallehermoso (no aportan datos sobre el lugar ni el individuo que tiene este cañón). Respecto a los dos cañones de bronce extraídos en 1969, estos autores los localizaron en el Museo Naval de Madrid.
Mederos y Escribano relatan un supuesto de reconstrucción del hundimiento; paso a parafrasearla. La embarcación, empujada probablemente por una tormenta y la corriente dominante chocaría con la punta del risco Frailillo (lugar dónde está situado “El Pescante Nuevo”); desde allí, se vería arrastrado hasta la Punta de los García (zona del “Pescante Viejo”, actualmente “Castillo del Mar”), y posteriormente, a la punta inmediata (supongo se refieren a la baja y al “Risco de Genaro”), para, finalmente, acabar estrellándose contra la playa. Los autores señalan algo muy significativo (que contradice determinado supuesto de la leyenda), es la constatación de “la disposición homogénea, y más o menos lineal, de los cañones en dirección Norte, que van trazando la trayectoria de la embarcación hasta que finalmente se rompió completamente en pedazos”.

Estos autores aportan datos sobre la supuesta identidad del navío hundido, probablemente, del siglo XVIII o inicios del XIX, y que ciertos botones (¿?) recuperados en la playa hacen creer que se trate de “La Mosca”. La cuestión es que, con esta denominación, se puede tratar de cuatro embarcaciones. Por ejemplo, podría tratarse del navío corso francés denominado “Nueva Mosca” que asaltó embarcaciones inglesas en La Palma en 1804; mas dudosamente, el Bergantín de guerra holandés “La Mosca” que hizo escala en Tenerife en 1807; o también, la goleta “La Mosca 2” que en 1808 hizo escala en Las Palmas en su viaje hacia América, y entre las versiones, una apunta que, al regreso de América, pudo haber naufragado en La Gomera. Ahora bien, estos autores consideran que, de acuerdo con la documentación disponible, bien podría tratarse de “La Mouche” (La Mosca) armada en Burdeos y que actuó como corso en Canarias.
Sobre “La Mouche”, el navío corso armado en Burdeos (cuando dos países estaban en guerra, uno podía autorizar a un barco para asaltar barcos del país enemigo), Alejandro Cioranescu, en “Piratas y corsarios en aguas de Canarias (siglo XVIII)”, publicado en Historia General de Las Islas Canarias por la editorial Edirca, hace referencia a que era muy conocido en Canarias con su nombre español La Mosca; navegó en aguas de las islas entre 1799 y 1808, con una carrera muy destacada, apresando seis navíos en dos años.
Considero que, probablemente, estos hechos bien podrían haber cultivado la imaginación sobre el prestigio de tan afamado navío “La Mosca” y facilitaron la construcción del imaginario social sobre la leyenda del barco hundido en La Playa de Vallehermoso.
Texto también publicado en:
https://www.eldiario.es/canariasahora/lagomeraahora/cultura/Playa-Vallehermoso-extraccion-canones_0_341566153.html

La Playa de Vallehermoso y sus cañones de leyenda.


La referencia sobre los cañones de “La Playa” de Vallehermoso, se ha compartido y escuchado de generación en generación y de boca en boca entre los vecinos. En este proceso de socialización, influencias personales y construcción de realidades sociales, lo escuchado y la imaginación son vehículos que transportan a cómo era La Playa “en los tiempos de antes”, actividades y sucesos que allí han acontecido.
La leyenda transmitida por la tradición verbal cuenta del naufragio de un barco llamado “La Mosca” que se hundió en “La Playa”, para unos por causas de un temporal, para otros, por causas de un combate naval; esto ocurrió mucho tiempo atrás a la época en que funcionaban los pescantes y los barcos llegaban para embarcar o desembarcar personas y mercancías.
Sea como fuere, el hundimiento del supuesto barco -una realidad tangible de tal acontecimiento- se pudo observar durante años en el cañón de hierro incrustado en el muro de hormigón del rompeolas existente en La Playa. Posiblemente, la presencia de ese artefacto y la observación de otros cañones en el fondo marino, avivaron la leyenda y las especulaciones e imaginario social, procesos en los que se construyen, transmiten y comparten ideas entre los vecinos de una comunidad.
Desgraciadamente, la fuerza del oleaje destruyó el citado rompeolas, al igual que todas las edificaciones del lugar que desaparecieron arrastradas por el mar. A finales de la década de los ochenta, La Playa estaba muy transformada e irreconocible respecto a tiempos pasados. Muy probablemente, para producirse esta realidad, influyó la subida y el estado del mar y su fuerte impacto en la costa, causada por la brutal e irracional extracción de materiales áridos del “vaso de la playa”, para su utilización, en la década de los setenta, en la construcción del muro de la Presa de La Encantadora.

Respecto a la leyenda del barco La Mosca, la transmisión oral hace referencia a que en la bahía de La Playa de Vallehermoso entraron dos barcos combatiendo y tirándose cañonazos; uno de los barcos tenía cañones de hierro y el otro estaba dotado de cañones de bronce, y ambos barcos se hundieron mutuamente; de ahí, la presencia de ambos tipos de cañones en la zona. Una variante transmite que “La Mosca”, buscando refugio de las influencias de un temporal, al entrar en la bahía, chocó con los riscos y naufragó en La Playa, y que el nombre del barco apareció escrito en una tabla.
Otra versión, publicada en la revista Eseken nº 4 (1998), entre otros aspectos, menciona que el barco La Mosca huye de piratas, que naufraga, que entre los restos del naufragio había una tabla que ponía el nombre del barco, que algunos vecinos de Tamargada son descendientes de los marineros del citado barco; asimismo, reseña que algunos dicen que el barco encalló en La Playa de La Sepultura y que luego los cañones fueron arrastrados por la marea hacia La Playa de Vallehermoso.
Una de las cuestiones que puede plantearse respecto a estos supuestos hechos, es precisamente, que grado de fiabilidad puede ofrecer una leyenda respecto a los acontecimientos históricos. A este respecto, el propio significado del término “leyenda”, en el diccionario de la RAE de la lengua (versión en Internet) entre otros significados, contempla: “4. Relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”. De esta forma, el propio diccionario de la lengua española recoge la posibilidad de que la leyenda conlleve el hecho histórico, por lo tanto, leyenda e historia van de la mano.
Hasta aquí hemos reseñado algunos aspectos subjetivos de la leyenda construida y transmitida por la tradición oral, e implantada en la memoria histórica de los vecinos a través de la socialización. Intencionadamente, he nominado en plural, porque, aunque me haya tocado a mí escribir este texto, considero que el contenido de la historia procede de la construcción social realizada por muchas personas; aunque, dicho lo anterior, bien es cierto que, cada persona, puede a nivel individual realizar las interpretaciones que sea capaz de hacer y que quiera transmitir, siempre en el marco de la responsabilidad del sujeto, el autor.
Para la redacción de otro texto, dejo la descripción de otros datos que pueden aportar conocimiento a los supuestos hechos históricos, lo acontecido en La Playa y la extracción de los cañones.
Texto también publicado en:
https://www.eldiario.es/canariasahora/lagomeraahora/cultura/Playa-Vallehermoso-canones-leyenda_0_336666530.html

¿Las Rosas o Las Rozas?


En algunos municipios de Canarias, por ejemplo Mazo y El Paso en La Palma, Agulo y Vallehermoso en La Gomera, La Esperanza en Tenerife, existen lugares denominados “Las Rosas”.

Admitiendo que los topónimos se forman a partir de una necesidad, y denominar algo de una manera es una necesidad de comunicación, en este sentido, como bien plantea Eladio Santana Martel en su tesis doctoral, “quizá la primera pregunta que surja sea por qué a un determinado lugar lo hemos llamado así, y no de otra manera; qué nos ha movido a darle tal denominación” (Santana Martel: “La toponimia de Gran Canaria. Estudio Morfosintáctico y Estadístico”, 1998: 32).

A su vez, el citado autor comparte en su tesis la hipótesis de trabajo de Morala (1992), quién señala: “…todo topónimo fue en sus orígenes un nombre común y, por consiguiente, aunque sincrónicamente hoy sólo sea una secuencia de sonidos cuya única función es la identificar una parte del espacio geográfico, desde una perspectiva diacrónica tiene también un significado que, en sus orígenes, estaría perfectamente claro para los hablantes que comenzaron a usarlo”.

En esta perspectiva, en cuanto a buscar respuestas a la cuestión del título de este post, ¿Las Rosas o Las Rozas?, dada la localización de estos lugares, situados en zonas de medianías, en el monte o en su cercanía, dónde también existen diversos parajes y fincas que en su denominación contienen la palabra “rosa” (por ejemplo: “la rosa”, “la rosa de…”, “…de la rosa”, “banda de las rosas”, “rosa de las piedras”, etc.), bien se podría pensar que la denominación del topónimo deriva de la palabra “roza”; esto es, acción y efecto de rozar, o bien zona de monte que después de la conquista fue rozada, limpiada de vegetación y roturada por colonos para poner en cultivo la tierra.

Aquí, ¿no somos once pa` once?

 

Equipo de fútbol de Vallehermoso.

Aquí, ¿no somos once pa` once?, dijo Pablo en aquél cuarto dónde los jugadores se vestían con su uniforme deportivo antes de comenzar el partido de fútbol de aquella tarde de domingo de un año de principios de la década de los sesenta.

Cuando Pablo llegó aquella tarde al «vestuario», ya por la mañana había estado realizando una dura tarea de mucho esfuerzo físico como era la de cargar y «jarriar» cestos de uvas por un sinuoso y vertiginoso camino que transcurría por la empinada montaña de «El Valle», en el desempeño de sus obligaciones y labores agrícolas de la sociedad tradicional en la que vivía.

Después de los «acarretos» con las uvas, pasada la hora del almuerzo, Pablo junto a otros jóvenes, ilusionados en cumplir sus sueños para emular a sus ídolos deportivos del momento, se dispuso a ir caminando hasta «La Playa»; lugar dónde estaba situado el campo de fútbol «El Tarajal».

En La Playa, además de un ambiente festivo, Pablo esperaba encontrar un recinto deportivo a rebosar de espectadores; cuatrocientas o quinientas personas, no comparable con las decenas de miles que se reunían en un gran estadio, aunque, si emocionalmente similar en cuanto al divertimento que se disfrutaba con la práctica y el espectáculo del juego.

Junto a otras personas de diversas edades, en alegre paseo y algarabía, Pablo había caminado unos dos kilómetros por la carretera (de tierra) y había ido jugando y haciendo malabarismos con una pelota; incluso, en su afán de emular al rápido jugador del R. Madrid Amancio, calculó mal un cambio de ritmo y se había trastabillado, aterrizando con su cuerpo sobre la tierra pedregosa de la carretera, en un tremendo pencazo que le dejó las rodillas y los brazos como «el rosario de la aurora», de arañazos sangrantes.

Después, en aquél cuarto pequeño utilizado como vestuario, aún condicionado por las situaciones y hechos vividos durante el día, «contra viento y marea», allí estaba Pablo junto a sus compañeros de equipo, y al observar y escuchar el miedo y temor que algunos de los jugadores expresaban ante el supuesto potencial de equipo contrario, dijo aquella frase que tanto impactó y quedó prendida en la memoria de muchos jóvenes deportistas de generaciones futuras: aquí ¿no somos once pa` once?.

Animando de esta forma a sus compañeros y llamando la atención sobre ¿quién dijo miedo?, mientras apelaba a la valentía para afrontar con honor y buen desempeño deportivo aquél partido que se preveía tan difícil de jugar.

 

Senderismo por el Camino de Los Guanches

El Camino de Los Guanches, se encuentra en Vallehermoso, La Gomera. Si se quiere disfrutar de una caminata agradable y deportiva, hay que tomarlo en las cercanías de la placita de S. Pedro, en El Vallebajo, concretamente en «La Palma Quemada».

Después de subir durante una media hora, pasito a pasito para ir calentando las piernas, llegamos a «Lomolviejo». Sabemos que estamos en ese lugar porque existen allí unas rocas en forma de asientos y se ve La Playa de Vallehermoso. Es un lugar donde existe un «descansadero» en el camino.

Lomolviejo, así lo pronuncian los vecinos, todo seguido y junto; vaya usted a saber los motivos para llamarlo así. Quizás, porque la estancia tranquila en ese lugar puede hacer a uno viejo, si se duerme en el gozo y no se retoma la marcha.

El caso es que Lomolviejo es un lugar especial y mágico. Si se llega allí después de subir el camino, se encuentra la brisa marina que refresca  y ayuda a recuperar el aliento. Si se llega bajando, el impulso inmediato es sentarse a contemplar la magnífica visión que observamos.

Posiblemente, cuando se pase un ratito en ese ámbito mágico de la montaña, después de recorrer visualmente cada rincón de “El Valle”, la intención intuitiva será que miremos hacia el “Roque Cano”, enfrente, y con ello se desbocará la dialéctica de la imaginación.

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Desde Lomolviejo tenemos una visión especial del “Roque Cano”.

A priori, la observación puede hacer surgir la especulación de que el nombre Roque Cano puede tener su fundamento en el color blanquecino de los líquenes que crecen en su cara norte, alimentada por la frescura de los vientos alisios. Por las tardes, observado desde determinados lugares, el reflejo del sol poniente hace brillar al roque y le produce esa característica blanquecina de las canas. A su vez, es probable otra interpretación especulativa relacionada con las “canas” del roque, ocasionadas por las nubes blancas del alisio que durante muchos días lo coronan.

Ahora bien, estudiosos de la historia de Canarias (Álvarez, en Serra Rafols, 1944) ofrecen su versión académica sobre la relación entre el vocablo «agán» y «roque», que a su vez conllevaría la denominación «Agana» nombre dado por los aborígenes a Vallehermoso.

Si se observa desde el fondo del valle, dependiendo del lugar que lo miremos, “El Roque” tiene  imágenes diferentes. Jacinto Terry, en un artículo publicado en 1908 en el diario «El Progreso», lo describía de esta forma:

«Ya de tarde disponemos el regreso hacia el pueblo. Monto en una yegua, dócil y obediente como dicen los Santos Padres de la Iglesia que debiéramos ser todos los hombres, y desde la playa hasta el pueblo, unos cuatro kilómetros, no quito la mirada del Roque de Vallehermoso, fantástico guardián de estos barrancos, admirable porque no presenta siempre la misma forma, digno de observación porque su estructura varía á cada instante, sublime porque su poliforme configuración nos hace sentir distintas emociones, grandioso porque á cada cien pasos nos enseña faces diversas… Si al Roque se le pudiese dar vida y vestirlo con levita y sombrero de copa no tendría precio para desempeñar una cartera ministerial».

Jacinto Terry, al parecer, era el seudónimo con el que firmaba Joaquín Fernández Pajares, periodista que trabajo en varios periódicos de Tenerife a principios del siglo XX; por ejemplo, fue jefe de redacción de “La Prensa”, editada por Leoncio Rodríguez.

Para el Sr. Jacinto Terry, “El Roque” daba el prototipo de un ministro con cartera, entiendo que con las consecuencias de poder y dominación que acarreaba tal cargo por aquellos tiempos, y también actualmente. Ahora bien, desde Lomolviejo, la dialéctica visual con El Roque es de frente y el trato es de un respetuoso «tu a tu».

Si desde el fondo del valle se observa y siente que El Roque «es un buda» que irradia protección, benevolencia y sabiduría natural, cuando se está en «Lomolviejo» se siente confianza y se comparte con el rocoso y firme «buda», sueños, inquietudes, sensaciones, y sobre todo mucha paz, espiritualidad y tranquilidad que reconforta el alma. En ese lugar se puede uno pasar horas, sólo o bien acompañado.

Ahora bien, si se desea seguir hacia “Los Guanches”, hay que mover el culo y dejar de amolar los asientos para tomar la suave pendiente del camino hacia “Los Chiquerillos”, recodo en el camino, por el que entraremos en el territorio de Los Guanches, lugar de paz y tranquilidad, dónde no hace muchos años se producía uno de los mostos mejores de Canarias (variedad autóctona «forastera»), hoy abandonadas las vides dado el gran sacrificio que significaban las labores y mantenimiento de este cultivo en tan recóndito y alejado lugar de las zonas urbanas.

Transitando por el sendero de este valle de Los Guanches, llegado al «Risco de Los Guanches», se puede subir por el «Lomo de S. Juan», y arriba, o bien tomar a la izquierda por el sendero que lleva hacia «Santa Clara», desde dónde se puede regresar a Vallehermoso (por Teselinte), o seguir hacia «Arguamul», «Tazo» y «Epina»; o bien tomar a la derecha para seguir hacia Chijeré y bajar desde «La Punta de Alcalá» hacia «La Playa» de Vallehermoso.