En el extremo este de la Playa de Vallehermoso está situada la “Cueva de Las Palomas”. Al lado, colgado en el risco se encuentra un nicho que tiempo atrás acogía la imagen de la Virgen de La Candelaria.
Después de estar en este lugar, en octubre de 1908, “Jacinto Terry” escribió el texto que abajo se inserta. Respecto al contenido narrado, aún creyendo en el poder milagroso de la Virgen, lo que no previó el autor fue el irracional comportamiento humano que influiría y condicionaría los cambios físicos acontecidos en este lugar.
Porque, cuando a principios de la década de los setenta se construyó el “Embalse de La Encantadora”, los áridos se sacaron de esta playa, vaciando con ello los materiales del vaso. A consecuencias de estas actividades extractivas, quedó inviable el acceso al nicho y, a su vez, el mar gano terreno y subió inundando la cueva, al tiempo que destruyó edificaciones y afectó todo el espacio litoral de La Playa de Vallehermoso.
“Jacinto Terry” era el seudónimo utilizado por el prestigioso periodista tinerfeño Joaquín Fernández Pajares, que a su vez realizaba gestiones de representación para la «Sociedad El Porvenir”en el proceso de construcción del «Pescante nuevo».
“La Cueva de las palomas es una concavidad irregular formada por las olas en su batir constante sobre estas enormes rocas que como para guarecer al valle avanzan hacia el mar en bélica actitud, lo bastante grande para que seis individuos puedan almorzar holgadamente y lo bastante pequeña para que esos individuos no puedan huir á prisa ante un desprendimiento del terreno. Afortunadamente esto último no puede suceder. Manos previsoras, guardadoras solícitas de la Humanidad, han tenido buen cuidado de colocar en uno de los huecos una imagen de la Virgen de Candelaria. Con esto se ha remediado el peligro. Podrá ocurrir un accidente, un fenómeno geológico podrá hacer derrumbar la mole suspendida sobre la negra arena de la playa, se vendrá abajo el enorme risco, se vendrá abajo la enana vegetación de su cumbre, la virgen también se vendrá; pero no por eso hemos de dejar de creer en su poder milagroso”.
En el año 1927, la Revista Hespérides publica un monográfico sobre La Gomera. Entre otros contenidos de interés histórico, se encuentra una leyenda gomera bajo el título “Hupalupu”, firmada su autoría en San Sebastián de la Gomera por Rosendo Armas.
Este relato hace referencia a hechos acontecidos en el siglo XV, en tiempos de la rebelión del pueblo gomero, cuando el gánigo de Guahedum se quebró, sus consecuencias y las crueles y dramáticas realidades sociales y personales. Porque, la población aborigen gomera sufría tratos vejatorios, esclavitud y el cruel e infame abuso de poder a cargo de individuos llegados desde Europa.
Ante ese tipo de situaciones, en aquellos tiempos, como posteriormente ha acontecido en esta isla o en cualquier lugar de la Tierra, además de intentar hacer frente al opresor, migrar era un recurso para buscar nuevos horizontes, sobrevivir e intentar iniciar nuevas formas de vida.
El contenido de esta leyenda transmite la perspectiva ideal del mundo aborigen, con sus aspectos realistas, al tiempo que localiza en el escenario las situaciones del contexto histórico y las vivencias, motivaciones, percepciones y ética personal.
A CONTINUACIÓN EL TEXTO DE LA LEYENDA:
I
En la isla que brotara del seno del inmenso mar, espejo de prístina maravilla de un risueño, cerúleo cielo, acaeció lo que voy a referir.
Mostraba la tierra el desperezo voluptuoso del mañanero despertar. Arriba, en las altas cumbres cubiertas de bosques vírgenes, en las agradables frondas, mientras la paloma, rauda y muda, batía sus alas, el mirlo y el capirote, trovadores anunciantes del nuevo día, entonaban sus cánticos inimitables; y era abajo, en las estribaciones de las elevadas montañas, operadoras del milagro fecundo de los trigales, donde el jilguero lanzaba al aire sus mélicas notas y, ajenas a ellas, la cabra v la oveja tranquilas pacían. Una brisa leve acariciaba los árboles y las plantas… Todo decía de dichas supremas. Hasta el mar, trajinante e inquieto, hallábase en quietud aparente. Cuan pródigas en caricias sus olas en las rientes playas del Sur… Pero ¡ah!, el monstruo bello adormilado no estaba, que en los altos acantilados del Norte batía su furia de titán indómito, dejando en las peñas la señal de sus celos, catarata invertida de impoluta espuma.
Cabalgaban allá en el horizonte, sobre el lápiz lázuli intenso, las nubes blancas deshechas en jirones. Antes fueron grises, después violáceas, ahora cintas color tango con bordes gualdos, hasta que súbitas enrojecieron ante la aparición del disco rojo, que parecía realmente emerger del seno mismo de las aguas. Luego fué la explosión de los áureos chorros. Febo, armóse del poder imponderable de sus cegantes rayos, y la isla de las cascadas, de las altivas montañas y los profundos barrancos, quedó envuelta en torrentes de luz…
En el mar, sobre una peña que el propio mar circundaba, hallábanse reunidos los tres indígenas.
Llamábanse Iballa, Hupalupu y Ajeche. Dedicábanse afanosos a inflar de aíre tres grandes foles, y mientras esto hacían sostuvieron el siguiente diálogo.
Quedo hablaron, pero hubo no obstante quien los oyera: sobre sus cabezas se cernía, como pintada mariposa, el estro delirante del poeta, para contar luego a las generaciones venideras, lo que allí dijeron y sucedió.
Hélo aquí:
HUPALUPU.—Inútiles nuestros sueños de liberación, vanos son nuestros deseos de pertenecernos, Ajeche. ¡Qué triste!
AJECHE-—No ha sido por falta de valor. Héroes teníamos como Hantacuperche —¡pobre amigo! —… ¿Pero qué valen nuestros esfuerzos, Hupalupu, ante su poder tan grande?… ¡Por Garajonay! los auxilia el diablo, con que ellos nos amedrentan.
IBALLA. — ¿Y dicen, padre, que el general ha ¡prometido perdonar a quien concurra a los funerales?
HUPALUPU. — Sí, hija, sí. Eso dice el pregón. Tan cándidos nos creen. ¡Pero qué torpes! Ya ha corrido lo acordado, por todos los cantones, tan ligero como el silbo. Los de Mulagua, Agana, Ipálan, Orone, no lo ignoran:-—“Dicen que mataron al Conde” Eso dicen, contestarán todos.
IBALLA-— Y también vino el obispo. Parece ser hombre bueno.
AJECHE.— Sí, eso dicen.
HUPALUPU.— ¿Pero que nos importa a nosotros sus bondades? ¡Buenos..! No, ninguno de ellos es bueno, Buenos, y son dueños de lo que no les pertenece. ¡Ah, y no cae sobre ellos el rayo de la venganza. La tierra es nuestra, Ajache; la tierra es nuestra, Iballa. Yo la quiero ver libre como antes.
Sólo para nosotros, únicamente para los de nuestra raza. ¡Qué se vayan!, ¡qué se vayan! No los queremos. Que se lleven sus adelantos, su civilización, de que tanto nos han hablado; sus espadas relucientes, sus mortíferas máquinas de guerra. Que nos dejen el dardo y la piedra, como a nuestros antepasados, y disfrutar libérrimos de la paz de nuestros valles y del tranquilo vivir de antaño. ¿Para qué nosotros queremos su civilización, si somos sus esclavos?… ¡Que se lo lleven todo: sus santos, su religión… y hasta sus espejos: a nosotros nos bastan las montañas y los cielos y el limpio cristal de las fuentes…
Ajeche, Iballa, hijos míos, escuchadme:
Hubo un corto silencio. Luego habló Iballa.
IBALLA.—Padre, tu que lees en las estrellas en lis noches claras, dime, ¿no nos libertará el amor? Ellos lambien aman.
AJECHE.—Iballa. ¿no eres mía?
IBALLA.—¿Tienes celos, Ajeche? Tuya, siempre tuya.
HUPALUPU.— ¿El amor?..- ¡Nunca! Oue se conserve para nuestra raza…. (Pausa) Ajeche, Iballa, hijos míos, escuchadme.
IBALLA.—Si, padre.
AJECHE.— SÍ. Hupalupu, te escucho.
HUPALUPU. — Confiad este secreto al mar como yo lo había confiado. Camalahuige, mi hijo, no se dió la muerte… Yo mismo lo maté…
IBALLA. — ¡Padre!…
HUPALUPA.— Escuchad. Fué una mañana tan clara y tan bella como la de este día. A nado fuimos a la “Baja”, Ya allí, dije a Camalahuige: “Tenemos que librarnos de tanto oprobio y tanta tiranía: es preciso que matemos al conde”- Y él me replicó, pálido *y *asustado: “Padre, padre,.. ¿y si lo saben?… No pude contenerme… Cobarde, vergüenza de nuestra raza… Si lo saben es por tí!…”
Y le eché las manos al cuello… Cuando lo solté, su cuerpo inerte cayó en la roca; fuese rápido roca abajo, y se lo tragó el mar…
¡Horror!.. ¡Le había matado!…
¡Pero no!..- ¡Ayudadme a quitar este enorme peso que me ahoga!… ¡Yo no le maté! ¡Decid que yo no lo* maté!…¡Le mato este ciego amor que le tuve a la tierra,., a esta tierra ya maldita que nos *ha abandonado!…
Ajeche, Iballa: hacemos bien… !Huyamos de la tierra, que tan mal nos paga!…
….
Ya habían terminado de inflar los grandes foles. Cada cual se ató el suyo fuertemente a la cintura.
Tiraos al agua, dijo con autoritaria bondad Hupalupu.
Ajeche fué el primero en cumplir el mandato.
Luego Iballa, diciendo:
— Ahora tú, padre.
— Pronto, hija mia:* *deja que por última vez bese la tierra.
Y esto expresando, tendióse sobre la joca y queriéndola contundir en su pecho, en un apretado abrazo, empezó a llorar como un niño.
— ¿Qué yo vaya? ¡Imposible! No puedo. Yo no, yo no! ¡Quiero que mi tierra recoja mi último aliento!… ¡Adiós, adiós, hijos míos! Sed felices. Que Achinech os proteja y os ampare.
E Iballa y Ajeche, unidos por la hermosa cadena de los brazos, opresores amorosos, fuéronse alejando, alejando de la peña, columpiados por las suaves olas…
Inútiles los ruegos insistentes de los amantes. Nada consiguieron. Ya gritaban con toda la fuerza de sus pulmones:
Padre, padre, ahora, arrójate, ven, ¡ven!. .
Luego…, ya no oyó más el adivino Hupalupu.
El murmullo de las aguas había apagado el eco de la voz* *de los amantes.
Empero, él continuaba sobre la peñaa, agitando sus brazos y con desgarradores gritos de angustía, diciendo:
— ¡Adiós, adiós, hijos míos! ¡Sed felices!… Que Achinech os proteja y os ampare.
…
Allá en la inmensa lejanía azul, flotaban los cuerpos hermosos como una floración. Al aire el bello tronco desnudo, tremolando la espesa y larga cabellera, diríase Iballa auténtica Nereida. El tesoro de sus lágrimas rodaba por sus mejillas y de sus labios brotaban palabras de cariño y de dolor.
¡Allá quedaba sobre la roca su infortunado!…
Ajeche la daba el consuelo de sus besos. También a ambos enamorados besaba el mar, y, cara a la tierra que los vio nacer, juntos se iban alejando, alejando, camino de la mansión del soberano Echeide…
II
HUPALUPU—. (Sobre la peña circundada por el mar) Perdonados estáis, si; pero no podréis jactaros de poseerme estando vivo. Yo mismo sellaré con mi sangre la tragedia de Guahedum- !Adios, hijos mios! ¡Adiós, tierra m a, también perdonada estás!…
(Sacando un puñal. Un rayo de sol quebróse en la hoja del acero.)
—Me sirve vuestra propia civilización para darme muerte.
…Y el cuerpo desplomose sobre la roca… Sobre ella también revoloteó una blanca gaviota, que espantada remontó su vuelo a la altura.
Las olas lamían la preciosa sangre.
Por fin, el cuerpo quedó flotando sobre las aguas, y mecido por las ondulantes olas, se iba alejando, alejando…
Y dice la fantasía loca, delirante, del poeta, que el mar susurró al oído de Hupalupu las palabras del hijo pusilámine: “Padre, padre… ¿y si lo saben?…
Imagen: plantas de “helecho macho” junto al sendero de El Cedro.
El texto abajo insertado fue publicado en el año 1805.
En aquellos tiempos, y otros posteriores, mientras las personas acomodadas se alimentaban de pan para la mayoría de la población de Canarias el sustento básico era el gofio y, en La Palma y Gomera, cuando este escaseaba se hacían galletas (llamadas tortas en la tradición popular gomera) con “harina” de helecho macho molido.
Ahora bien, como se matiza al final de la descripción de referencia, este hecho no demuestra la esterilidad de Canarias; sino, habrá que considerar otros factores, no sólo los naturales, que han influido para que la población no pueda cubrir al menos sus necesidades básicas de alimentación y una forma de vida humanamente digna.
En el caso de La Gomera, considero que el régimen señorial y sus condes con su cruel abuso de poder y su rapiña desaforada y desmedida, así como el posterior sistema explotador caciquil, han sido factores determinantes para que la isla y gran parte de su población hayan estado sometidas a graves penurias y necesidades, a su vez condiciones que ocasionaron migraciones.
A CONTINUACIÓN, EL TEXTO DE REFERENCIA:
(…). Unicamente las personas acomodadas se sustentan de granos en forma de pan la mayor parte de los habitantes y en especial los del campo hacen su principal alimento del gofio. Para prepararlo tuestan ligeramente en un gran plato ó cacerola casi plana de barro el trigo, cebada, centeno, ó maiz, porque de todos estos granos se hace gofio.
Redúcese á harina en un molino de mano que tiene cada paisano y de que se sirve siempre que quiere comer. Lleva el canario al campo su* gofio *en un saco ó en un zurrón de piel de cabra ó cabritillo como lleva el Peruano su fécula de patatas. En teniendo hambre lo come en el estado de harina, ó hecho bolas después de haberlo humedecido en agua. Los mas golosos del pais lo comen con pescado salado y patatas. Prefiérese en Fuerteventura el *gofio *de cebada á los demás *y *reputándolo por nas fresco, y siendo también mas barato.
Por algunas noticias que tuve de que en las islas de la Palma y Gomera, se veian algunas veces reducidos los pobres habitantes á hacer galletas con una raíz cogida en las montañas, pedí la raíz entera y en polvo, la planta y la misma galleta hecha en el pais. Me fue fácil juzgar que de la pleris aquilina Lin. ó del *helecho macho *era * *que aquellos infelices sacaban, sin duda en los años de escasez, tan deplorable alimento, añadiendo poquísima cebada ó centeno.
Las muestras que he recibido de Canarias y estan á la vista del instituto, ofrecen pruebas auténticas de lo dicho. La galleta tiene, como se ve, la costra morena y la miga negra como la del pan de tizón de trigo, y parece por su aspecto lustroso, un pedazo de escoria de fragua; se hizo vizcocho como la galleta de mar para que no se alterase en la travesía Remojándola en agua por diez horas no tenia ni* *sabor ni olor.
Para reducir á polvo la raíz del helecho se dexa secar, se limpia, se corta en menudos pedazos, y se pasa despues por el mismo molino que sirve para el *gofio. *Compónese este de dos piedras de doce á veinte pulgadas de diámetro; de las quales la una está firme y la otra gira sobre ella, por medio de un manubrio ó cigüeña de madera ó de fierro, que el molendero mueve con la mano.
A vista de semejante pan es imposible dexar de lamentar la suerte de los habitantes que lo comen, ni se puede creer que solo con este recurso puedan los hombres prolongar largo tiempo su existencia.
(…)
Los habitantes de la Gomera y de la Palma se han visto algunas veces como ya lo he probado, en la necesidad de sustentarse en parte con pan de helecho. No demuestra este hecho la esterilidad de las Canarias, pues en los países mas ricos en mieses, se han mantenido muchas veces con raices y malos granos, y sobrados exemplos de ello tenemos en Francia. En parte alguna de la tierra se ha experimentado tanta carestía como en el gran ducado dé Toscana, antes que se favoreciera en él la exportación de granos.
Fuente: texto publicado en “Semanario de agricultura y artes”, nº 468, 19 de diciembre de 1805.
Continuando el relato sobre este tema y contenidos que aquí comparto, al final de la primera parte apuntaba la cuestión sobre quién es la persona atrevida que trepa a “curar la palmera”. En esta segunda y última parte, por ahora, entre otros aspectos abordo las prácticas y métodos para trepar a una palmera.
A este respecto, si ustedes se fijan bien en la foto adjunta, o si la amplían con el zoom, observarán unas huellas en el tronco de las palmeras. Intentaré explicar el porqué de esas señales, y describir otras circunstancias sobre estas prácticas tradicionales. En estas actividades de aprovechamientos de palmeras, los trepadores de los viejos tiempos corrían muchos riesgos cuando subían a cada ejemplar, algunos de estos con más de veinte metros de altura; y lo hacían sólo con la ayuda técnica de un “arco”, objeto instrumental adecuado con un “pirgüan” (peciolo de la hoja de la palmera), un trozo de cuerda y otro de alambre.
Estos valerosos trepadores, hacían y preparaban con mucho cuidado su “arco”, dado que de él dependía su vida. Para hacerlo, limpiaban una hoja de palmera, con la finalidad de utilizar sólo el nervio central, peciolo, o pirgüan; cortaban este a un tamaño adecuado, según consideraban su utilidad para la tarea que iban a realizar, y a lo largo le enrollaban una cuerda en forma de espiral que a su vez sujetaban con un trenzado de alambre.
Llegado el momento de tener que subir a una palmera, junto a su base, con el arco rodeaban el tronco de la palmera y posteriormente ataban las puntas de la cuerda; después, el trepador se introducía en el arco y lo colocaba a la altura de su cintura.
En el siguiente acto, para iniciar la escalada, el intrépido trepador abría sus brazos, con cada mano agarraba el arco por un sector y por el otro; fijaba los pies descalzos en el tronco de la palmera y, de forma rítmica, a golpe de movimientos coordinados de brazos, cintura y músculos abdominales, hacía avanzar el arco y su cuerpo hacia arriba, a la vez que buscaba apoyos para los pies en las “escarpias”, previamente talladas en el tronco (si las había), y con ello ir ganando altura hacia el lugar previsto de la actuación.
Además, subían con una caña de unos tres metros de largo (se la colocaban en la espalda sujeta al cinto, aunque también la podían llevar en una mano), a la que insertaban un cuchillo en la punta, fijado con alambre, para, una vez arriba, cortar las hojas (pencas) o las “escobas de dátiles” (fruto) de la palmera.
Cuando el trepador, después de subir fuste arriba, estaba a la altura conveniente para trabajar con la caña, debajo de la copa, echaba el cuerpo hacia atrás para sostenerse por la cintura con el arco, al que se agarraba con una mano, mientras con la otra sujetaba y utilizaba la caña para realizar la faena de cortar; desplazándose alrededor del tronco para limpiar la palmera de las hojas más bajas, o para cortar las “escobas de dátiles”.
En estas posiciones, sobra decir que, además de los riesgos de estas situaciones, también sufría en los ojos los efectos de las “parganas” y partículas desprendidas de las “arropones” del tronco de la palmera, así como los riesgos de los picos insertados en la base de las hojas o “talajagues”.
Situados en el lugar de actuación arriba de la palmera, si la actividad a realizar conllevaba sólo cortar las “escobas de dátiles” (para utilizar estos frutos como alimento de los cochinos), previo a ejecutar el corte en la “palangana” de la escoba de dátiles, el trepador intentaba cogerla con una mano, mientras manejaba la caña con la otra (en estas acciones dependía su sujeción sólo del apoyo del arco en su cintura), para así después de cortada guiar su impulso y tirarlas sobre unas mantas hechas de sacos que se ponían en el suelo, o bien dirigirlas hacia un lugar determinado y limpio de malezas, para con ello facilitar la recogida de los frutos, y de esta forma evitar que, al caer la escoba sin control desde la altura, al llegar al suelo los dátiles se desperdigaran por el terreno, lo cual hacia más complicada su recogida.
Por otra parte, en caso que se tratara de hacer la palmera guarapera, el trepador, después de cortar las escobas de dátiles, si las había, y la hojas más bajas, abría un hueco por entre las que quedaban, subía a la copa y comenzaba el proceso de cortar las hojas de la zona central de la copa o descogollar, hasta llegar a la médula y dejarla al descubierto; después ponía la canal y la “lata” o recipiente para recoger el guarapo.
Asimismo, en algunos casos y determinadas palmeras, quizás por sus características naturales y el riesgo al subir, los trepadores hacían unas “escarpias” en el tronco; o sea, cortaban y desprendían pequeños trozos de corteza de la palmera para apoyar ahí los pies; esas son las señales que se observan en las palmeras de la foto adjunta. A veces, también clavaban unas estacas en el tronco para usarlas con similar objetivo de apoyo.
Por otra parte, también era habitual poner un arco de chapa de cinc en el tronco, para evitar que las ratas subieran a comerse los dátiles o la zona curada para extraer el guarapo.
Resaltar que, durante esas prácticas tradicionales, era extraordinariamente raro que una palmera se muriera por hacerle los aprovechamientos citados. Porque, el “guarapero” que curaba la palmera procuraba hacer bien su trabajo, dado que, normalmente la palmera no era de su titularidad, sino realizaba el aprovechamiento de sus productos en acuerdo con la persona propietaria y a ambas interesaba que la palmera siguiera viva.
En este contexto, la palmera tenía un gran valor y, si una palmera se moría, era un desprestigio para el especializado “guarapero”, dado que podría dificultarle seguir haciendo esa actividad. Porque, en aquellos tiempos, los productos obtenidos, especialmente la miel de palma tenía mucho valor como bien de consumo familiar, o para cambiarla por otros productos o venderla para obtener un complemento económico familiar a otras actividades rurales.
Destacar también que la actividad de trepador de palmeras sólo era practicada por hombres, mientras las mujeres realizaban las tareas de cocinar y hacer la miel, siguiendo las pautas sociales de la distribución de tareas según roles de género de la época y contextos de la sociedad tradicional.
Aunque parezca una obviedad, y alguien pueda considerar que sobra este apunte, sin embargo, dado el surrealismo de algunas actividades que se observan en las formas de vida de la sociedad actual, recordar que este trabajo y tareas de trepar para subir palmeras no se hacía por divertimento o como practica de un deporte de riesgo, como es la moda de determinados ámbitos del ocio y deporte postmoderno, sino que, era una actividad tradicional del mundo rural que formaba parte de las economías de las familias y personas de aquellos contextos; en especial, realizada por personas muy necesitadas que arriesgaban su vida para alimentar a sus familias, como tiempo atrás otras personas humildes y necesitadas se jugaban la vida para recolectar la orchilla subiendo a roques y riscos.
Por lo tanto, las realidades históricas son referencias incuestionables de los riesgos de estas prácticas tradicionales, porque, los hechos demuestran que trepando palmeras sucedieron accidentes y personas lo pagaron con su vida.
Este texto surgió en memoria y reconocimiento a las personas trepadoras de palmeras que han realizado estas prácticas y tareas que tanto riesgo conllevan.
En La Gomera, en tiempos de la sociedad rural tradicional, de las palmeras canarias (Phoenix canariensis) se extraían productos para múltiples usos y aprovechamientos.
Por ejemplo, con sus semillas (dátiles) se alimentaba a los cochinos; con sus hojas o “pencas” se alimentaban cabras, además, se usaban para hacer esteras, cestos (con el peciolo o “pirgüan” lasqueado), seretas (para transportar lapas, pescado u otros comestibles), escobas, cercar huertas para protegerlas del viento, techar pajares o corrales, hacer sombrajos, para encender el fuego del hogar y hacer humo al quemarlas junto a ramas de tabaiba seca para “ajumar” el queso, y hasta para hacer juguetes de sus “talajagues” así como flotadores, atados con ristras de platanera, para aprender a nadar en los estanques y charcos de los barrancos.
Ahora bien, el aprovechamiento más significativo de una palmera canaria ha sido, y sigue siéndolo, convertirla en “palmera guarapera”, para extraerle el “guarapo” (savia) y después de un proceso a fuego lento convertirlo en “miel de palma”.
Prácticas estas de obtención de miel de palma que, en tiempos actuales, se ha convertido en una actividad industrial en Gomera, que genera economía y permite vivir a muchas familias; como, a su vez, en épocas pasadas también facilitaron economías y alimento para muchas personas.
Sin embargo, realizar esta actividad peculiar e histórica de la cultura gomera, necesita del trabajo de personas que arriesgan su vida para trepar a las palmeras. Actualmente, esta operación se realiza con mejores medidas de seguridad que en otros tiempos, dado que, por una parte se procura hacer guaraperas a las palmeras de menor altura y, a su vez, se utilizan escaleras para subir, cuerdas y cinturones de seguridad, así como pasarelas para transitar entre copas de las palmeras cuando se encuentran agrupadas por su contigua situación.
El proceso de trabajo para hacer una palmera guarapera consiste en trepar a ella tronco arriba, al llegar debajo de la copa limpiar las hojas secas y las escobas con los frutos o dátiles si las tuviera, así como los “jarropones” de alrededor del tronco; después, se le quitan las hojas de la parte central de la copa y se corta un círculo en la zona del cogollo hasta encontrar la médula; posteriormente, se le pone una canal para que mane el guarapo por ella, y debajo se ata un cubo o “lata” para recoger el líquido o savia, que manará gota a gota durante la noche hasta recogerlo por la mañana (si se deja al sol se fermenta, se pone “picón” y no sirve).
Así que, si alguna vez usted tiene la suerte y oportunidad de que alguien le invite a “bajar guarapo” para beberlo in situ, para refrescar y reanimar el cuerpo con la dulzura y frescura de este manjar exquisito de la naturaleza, debe tener muy en cuenta, entre otros, dos condicionantes muy importantes para no causar perjuicios; de una parte, que ese hecho no se practique avanzada la noche; de otra, que la lata o envase para recoger el guarapo debe quedar bien colocada como la encontró; porque, de esa forma, durante el tiempo que restará de la noche, el recipiente volverá a recibir el sabroso jugo y con ello el guarapero no perderá todo el esfuerzo de su trabajo.
En este sentido, si usted quiere disfrutar de esta agradable experiencia, mejor busque un guarapero que le invite y, además de las previsiones anteriores, recuerde que aún con sus excelentes cualidades, si se deja llevar por el gusto y se ceba en tomar demasiado, es normal que después sienta el cuerpo demasiado “relajado”. Estas consecuencias físicas, experimentadas por otras muchas personas, han quedado reflejadas en el imaginario social con el siguiente pié de romance: “no tomes mucho guarapo que te pone como un trapo”.
Por otra parte, “curar la palmera” significa quitarle a la médula, con un “formón”, una fina capa de “toza” para provocar que siga manando guarapo. Esta operación se realiza cada tarde.
Llegados a este punto, otra cuestión relevante es quién es la persona atrevida que trepa a curar la palmera; aunque, de eso trataremos en la segunda parte de este relato.
Así lo declara la sentencia que resuelve un litigio judicial entre diversas partes, asunto del embargo de unas fincas y reclamaciones de derechos de propiedad y sistema de arrendamientos:
«(…) Resultando que el Sr. Marqués de Villavieja ha probado testificalmente que desde la conquista de la Isla de la Gomera han estado en posición los Condes de aquel título, como Señores Territoriales del Valle denominado de Gran Rey, desde las aguas vertientes de la cumbre hasta el mar.
(…) Considerando que el orígen del dominio alegado por los sucesores del Conde de la Gomera es un Señorío Territorial y en su virtud debe tenerse por bastante para el reconocimiento de su legítima posecion la prueba testifical practicada, sin que haya sido necesario presentar los títulos de adquisición (…)”
A continuación, TEXTO COMPLETO de la sentencia publicado en el “Boletín Oficial de la Provincia de Canarias”, de fecha diez de octubre de 1859:
“Don Diego Antonio Costa, Escribano público por S. M. y numerario mas antiguo del Partido.
Cetifico que en las diligencias sobre cumplimiento de la ejecutoria recaído en la causa que en este Juzgado se siguió contra Don Francisco Méndez Teniente Alcalde que fué de Chipude por abuso de autoridad y en la cual se entablaron tercería por el Sr. Marqués de Villavieja y Don León de León sustanciadas las mismas por todos sus trámites recayó la sentencia del tenor siguiente.
En la Ciudad de Santa Cruz de Tenerife á veinte de Setiembre de mil ochocientos cincuenta y nueve, Don Eugenio Perea Juez de primara instancia del Partido, en vista de estos autos promovidos por el apoderado del Sr. Marqués de Villavieja, vecino de Madrid, curador de los menores Don Iñigo, Doña María del Carmen y Doña María de los Dolores Alvarez de Bohorgues, hijos y herederos del Excmo. Sr. Don José Alvarez de Bohorgues Conde que fué de la Gomera y por Don León de León vecino de San Sebastian contra Doña Antonia Maria Cabeza, Dª María del Sacramento Mendez, D. Domingo Serafin de España marido y conjunta persona de Doña Ana María Méndez y Don Santiago Correa que lo es de Doña María Candelaria Méndez, herederos y representantes de Don Francisco Méndez y vecino de Vallehermoso en cuyos autos ha sido también parte el Promotor fiscal del Juzgado por ante mi el infrascripto Escribano dijo: =Resultando que instruida en este Juzgado causa criminal contra Don Francisco Méndez y Cabello vecino que fue de Chipude, se le condenó por ejecutoria de veinte de Mayo de mil ochocientos cincuenta y tres á satisfacer varias responsabilidades pecuniarias: =Resultando que para llevar á efecto la ejecutoria se embargaron apreciaron y sacaron á remate nueve fincas bajo el concepto de que pertenecían al deudor: — Resultando que el Sr. Marqués de Villavieja como curador de Don Iñigo, Doña María del Carmen y Doña María de los Dolores Alvarez de Bohorgues, hijos y herederos del último Conde de la Gomera, entabló tercería para obtener el desembargo de las nueve fincas; fundado en que están situadas en el Valle de Gran Rey dotacion que fué del vinculo á que iba unido el Condado: Resultando que Don León de León dedujo tambien tercería de Dominio relativa á.varias de las mismas fincas por haberlas comprado á Don Francisco Méndez: —Resultando que el Sr. Marqués de Villavieja ha probado testificalmente que desde la conquista de la Isla de la Gomera han estado en posición los Condes de aquel título, como Señores Territoriales del Valle denominado de Gran Rey, desde las aguas vertientes de la cumbre hasta el mar:
Que los bienes perseguidos como de la pertenencia do Don Francisco Méndez están en su Valle; y que todo este se halla arrendado actualmente á Don Francisco Mora, como lo ha estado antes á otras personas quienes subarriendan en trozos; siendo la tenencia de Don Francisco Méndez en los bienes de que se trataba de un subarrendatario: —. Resultando que la terceria de Don Santiago de León se apoya en un albalá de venta que parece le otorgó Don Francisco Méndez en veinte y cuatro de Agosto de mil ochocientos cincuenta y dos, en que se comprenden varias de las fincas perseguidas y en el cual dice el vendedor que es dueño de los bienes y que éstos se hallan sugetos á una renta que se paga al Conde dé la Gomera. =:Resultando que dicho, albalá no ha sido comprobado, ni se ha hecho ninguna otra prueba por Don Leon de Leon: —Resultando que los representantes de Don Francisco Mendez no han espuesto cosa alguna ni se han mostrado parte en los autos; por cuya razón sustancian estos con los Estrados del Juzgado: =Resultando que el Promotor Fiscal conviene en la justicia de la tercería entablada por el Sr. Marqués de ViIlavieja: =Considerando que la prueba testifica! practicada por el Sr. Marqués de Villavieja á nombre de los menores interesados tiene todos los caracteres legales necesarios para que sea tenida por plena y acabada: -Considerando que el orígen del dominio alegado por los sucesores del Conde de la Gomera es un Señorío Territorial y en su virtud debe tenerse por bastante para el reconocimiento de su legítima posecion la prueba testifical practicada, sin que haya sido necesario presentar los títulos de adquisición, según lo dispuesto en el artículo segundo de la ley de veinte y seis de Agosto de mil ochocientos treinta y siete. =Considerando que aun en el supuesto de que los Condes de la Gomera hubiesen tenido también el Señorío jurisdiccional de aquella Isla, lo que no se alegado, bastaría la prueba practicada con arreglo al artículo tercero de dicha ley por cuanto no ha habido contradiccion directa de ningún interesado:** =** Considerando *que la *reclamacion hecha por Don Leon de Leon es improcedente, por la insuficiencia del título presentado y aun la falta de comprobación do ese mismo título: —Se declara que las nueve fincas embargadas como de la pertenencia de Don Francisco Mendez situadas en el Valle de Gran Rey están legítimamente poseídas por Don Iñigo Doña Maria del Carmen y Doña Maria de los Dolores Alvarez de Bohorgues, como tenedores de los bienes que dotaron el vínculo á que iba unido el título de Conde de la Gomera. Álsense los embargos de dichas fincas. Se declara improcedente la tercería deducida por Don Lean de León. Y publiquese esta sentencia en el Boletín oficial de la provincia. Asi lo proveyó el espresado Sr. Juez que firma; doy fé. —Eugenio Perea.— Diego Antonio Costa.
Está conforme con la sentencia original de su referencia con la que concuerda y en virtud de lo mandado en la misma estiendo el presente en Santa Cruz de Tenerife á tres de Octubre de mil ochocientos cincuenta y nueve. – Diego Antonio Costa”.
Quizás, su denominación deriva de una zona acotada, por ejemplo, para preservar ese espacio como zona agrícola tradicional de cultivo de cereales; un tema a investigar y contrastar. Ahora bien, si hay un referente cultural a destacar en El Cercado es la alfarería, y dos mujeres relevantes han sido transmisoras de estas prácticas de la cultura aborigen, Guadalupe y Rufina. Por otra parte, el contenido del romance «quién ha visto en El Cercado, casas de cemento armado», también refleja la referencia del imaginario social a un pueblo de cultura tradicional que conservó su arquitectura y cultura original; mientras, otros, en los fondos de los valles, se «modernizaban» con los nuevos modelos de inmuebles y modas foráneas que penetraban por las zonas costeras y pescantes.
Leonardo Torriani (Cremona) fue un ingeniero contratado por la Corte de España para realizar y mejorar fortificaciones militares en Canarias, en las décadas de los ochenta y noventa del S. XVI. Sus informes y observaciones son una importante fuente para el conocimiento de la Historia de Canarias.
Respecto a Gomera, al leer el texto abajo expuesto, es razonable interpretar que Torriani consideraba «viciosa y de malas inclinaciones» las actitudes y comportamientos de los aborígenes gomeros; aunque, en este sentido, también se podría considerar como “normal” sus opiniones, observadas en el contexto ideológico del etnocentrismo cultural europeo de aquellos tiempos.
Ahora bien, desde una perspectiva humanista, observada en cualquier época y contexto social, mucho de bueno tendría aquella sociedad aborigen gomera, dado que, por una parte, perdonaron la vida a los invasores que asesinaron a vecinos y familiares; por otra, como menciona el propio Torriani, el presbítero socializador “se casó con una de sus mujeres, y después vino a hacerse él mismo idólatra”; o sea, el cura que se quedó en la isla para socializar, a su vez fue socializado por la población aborigen de Gomera, aunque, otras evidencias históricas muestran que también su influencia religiosa tuvo repercusión en el futuro de la isla.
A continuación, texto parcial de la obra de Leonardo Torriani, traducida en su momento por Alejandro Cioranescu:
«Año de 1384, don Fernando Ormel de Castro, hidalgo gallego, habiendo salido de La Coruña con una pequeña armada, para descubrir la isla de Madera, que por aquellos tiempos solía aparecer a los navegantes, llegó aquí a esta isla de La Gomera. Al desembarcar en la tierra, con algunos soldados, le ofreció resistencia un hermano de un señor de la isla, llamado Amaluige, junto con algunos isleños, los cuales fueron repentinamente repelidos y heridos por los españoles. Al ruido de la pelea se reunieron todos los isleños, los cuales hallaron a los cristianos alejados del mar, y en medio de la batalla; y los obligaron a retirarse a un sitio alto, que en la lengua antigua se dice Argodei, que significa ´fortaleza`, por estar formada por un risco muy alto, la cual, igual que la Rocca di San León en la Marca Anconitana, tiene entrada por un solo lado.
Estando allí los cristianos, gravemente asediados y sin esperanza de poder salir de allí con la vida, con ruegos y piadosas señales pedían paz a los isleños; los cuales, por la voluntad de Dios, no sólo les otorgaron la paz que ellos pedían, sino que también se hicieron cristianos. Y de allí en adelante empezaron a abandonar los nombres antiguos, tomando nombres de santos; y estos-nombres; se conservaron entre muchos de ellos, hasta el año de 1420, cuando Juan de Letancurt los redujo a todos a la fe cristiana, sin oposición. Porque dicen aquéllos que recogieron los restos de estas noticias, que don Hernando, Orrnel, a la salida que hizo de esta isla, les dejó un presbítero en lugar de obispo. Este destruyó en gran parte la idolatría; pero, por ser él mismo vicioso y de malas inclinaciones, o, según más bien creo, por miedo de ser muerto por alguno de aquellos gomeros, se casó con una de sus mujeres, y después vino a hacerse él mismo idólatra”
En “Descripción de las Islas Canarias”; L. Torriani. Goya Ediciones, 1959: 205-206.
Este es el título de un texto que inserto a continuación sobre el silbo en La Gomera, publicado en un artículo de Juan Béthencourt Alfonso (1848- 1913), doctor en medicina e investigador con trabajos relevantes sobre el mundo aborigen y la sociedad canaria.
Texto en “Revista de Canarias” nº 71, publicado el 8 de noviembre de 1881:
El silbo articulado en la Gomera.
La isla de la Gomera es una de las más hermosas del archipiélago canario.
Calumniada por los que no la han visitado, ó sólo dada á conocer bajo el criterio estrecho de las pocas comodidades que ofrecen sus caminos, es lo cierto que la generalidad de las personas tienen un concepto muy equivocado de su suelo, de su riqueza y hasta de la cultura de sus habitantes, tan generosos y desprendidos con todo viajero que llega á sus playas.
Surcada por numerosos y profundos barrancos, y cubierta de montañas y elevadas cordilleras de traquita, basalto, piedra pómez, fonolita, trefina y otras pocas ígneas, unas veces dispuestas por capas conservando cierto paralelismo, y otras dislocadas, revueltas y en confuso desórden, como para atestiguar la intensidad de los fenómenos de volcanismo que ha experimentado la isla en el trascurso de los tiempos, ofrece, si bien un suelo fragoso y accidentado, tan magníficos paisajes y agradables perspectivas, valles tan pintorescos, que no es fácil encontrar otra región de sus cortas dimensiones donde se sucedan, de un modo tan inesperado y frecuente, los cambios bellísimos de escena que en la Gomera.
No es posible describir los frondosos bosques de viñáticos, con sus robustos troncos de muchos metros de circunferencia, de acebiños, hayas, brezos y laureles que coronan sus cumbres, y de orijamas, sabinas, barbusanos y mocaneras que cubren sus costas, todos de exuberante vegetación y vitalidad tropical; ni el valle de San Sebastian, con sus elegantes palmeras, su histórico torreón y su deliciosa cañada de algunos kilómetros, cuajada de verdes árboles; ni el de Hermigua, con su extenso cultivo de tuneras, su hermosa campiña y las vertientes de sus montañas cubiertas de follaje; ni el de valle Gran-Rey, con su riachuelo y feraces huertas, sus cañaverales, algodoneros y lomas vestidas de ñameras; ni los de Valle-Hermoso, Benchijigua, Herques, y otros muchos de encantador aspecto y rico suelo, ocultos entre las profundas arrugas de la isla; ni el elevado risco de Agulo, cortado á tajo y tapizado de vegetales, con su magnífica cascada en el centro derramando la vida sobre aquel bonito pueblo; ni los imponentes abismos y altísimos picachos de extraordinaria sublimidad; ni sus costas bravas; ni su Roque de los Órganos, caprichosa y bellísima creación de las fuerzas mecánicas; ni sus acantilados de asombrosa altura, que parecen verdaderos cortes idéales de geólogos; no, no es posible describir aquella magnificencia, aquellos contrastes y bruscos cambios de hermosos panoramas, aquel conjunto de atractivos sin cuento para los hombres amantes del estudio de la naturaleza.
Pero la Gomera no interesa solamente por la belleza de sus campos, por la vegetación de sus montañas y sus valles pintorescos: la Gomera ofrece también á los antropólogos y etnógrafos sobrados motivos para inclinarles el ánimo á emprender trabajos serios relativos á los estudios prehistóricos de las islas.
En las entrañas de las cuevas de los barrancos, en las cimas de las montañas, en los prismas de basalto de las costas, en los concheros de las playas, se encuentran vestigios de las costumbres funerarias de los antiguos gomeros, de sus creencias religiosas, de su industria y de su género de vida; así como en los hábitos, lenguaje y caracteres orgánicos, intelectuales y morales de los actuales habitantes, se descubre algo de la vida íntima de aquella sociedad pasada, no poco del idioma y bastante de las condiciones físico-morales de los primitivos gomeros.
Indicar algunas de estas particularidades que se relacionan con la cuestión del origen del pueblo gomero, y que hasta hoy, que sepamos, no han sido mencionadas por los historiadores de la isla, es el objeto de éste y otros artículos; y decimos indicar, porque no haremos otra cosa qué exponer nuestras observaciones, á fin de que personas competentes y de sólida ilustración en la materia las estudien, si las creen de verdadera utilidad para la investigación y solución del problema que á todos nos interesa aclarar.
Una de las cosas más curiosas que los gomeros del dia conservan de sus antepasados los primitivos gomeros,es un acto de significación, el silbido, elevadoá la categoría de un verdadero lenguaje de expresiónarticulado. El viajero que por primera ocasión visitela isla é ignore el fenómeno de que nos ocupamos,no deja de llamarle la atención oir por todas partessilbidos, ora suaves y cadenciosos que imitan áveces el melodioso canto de las aves, ora intensos yrobustos, como el de la locomotora, que ensordece yaturde; ya ligeros, rápidos, imperativos, como queordenan, ó bien sostenidos, suplicantes y temerosos,como quien ruega y da largas explicaciones.
¡Qué lejos estará el viajero de presumir que quizás su propia persona sea la causa de tantos silbidos!
El mismo guía que le acompaña, y que repentinamente se pone á silbar obedeciendo a las excitación y preguntas que les dirigen desde las alturas dé una montaña, desde las profundidades de un valle ó de la espesura de un bosque, está diciendo á millares-de seres humanos, sin darse uno cuenta de lo que sucede, cómo se llama la persona que conduce, de dónde es, á dónde va, qué profesión tiene, por qué recorre los pueblos de la isla; en una palabra, les dice minuciosa y detalladamente la vida pública y privada del viajero, sí la conoce y quiere contarla.
Éste singular medio de expresion, que no son silbidos convencionales y limitados como sucede entre ciertas gentes, para avisarse dé algún peligro, por ejemplo, y que con anticipación seponen de acuerdo para tomarlo como señal ó consigna, es un verdadero lenguaje articulado, muy generalizado en aquel pueblo, que les da la facilidad de trasmitir las noticias con una rapidez asombrosa, casi telegráfica.
Creemos no exista otro pueblo en la tierra donde se verifique semejante fenómeno; y hasta el mismo fisiólogo Dodart, con seguridad, al admitir su glotis/ labial, ignoraba el importante papel que ésta desempeñaba entre millares de gomeros.
No es éste el momento más oportuno para ensayar una explicación fisiológica sobre la formación del silbo articulado; pero sí debemos manifestar que los gomeros lo producen empleando tres principales procedimientos, ó mejor, modalidades de un mismo fenómeno fundamental.
1. ° Contrayendo y dirigiendo los labios hacia adelanté, de manera que deje entre ellos una pequeña abertura más ó menos redondeada.
2. º Dilatando lateralmente los labios y aproximándolos de modo que formen una hendidura transversal y estrecha, á cuyo centro se aplica la lengua dispuesta en forma de pequeño canal ó embudo; y
3. ° Apoyando la extremidad de un dedo sobre la lengua, ó la de dos dedos semejantes dispuestos en V, con el vértice hacia el fondo de la boca; ya colocando entre los arcos dentarios (que es el más usado), por su cara dorsal y en flexión, cualquiera de los cuatro últimos dedos, ó bien el arco formado por la unión de la extremidad libre del pulgar con la de cualquiera de los restantes dedos de la misma mano.
En todos estos procedimientos, que pone á los gomeros en posesión de un registro de silbidos que puede recorrer cerca de dos octavas, si bien en sus conversaciones ordinarias no pasan de media, los labios (y los dedos cuando se emplean) son los agentes del sonido, así como la lengua es el factor principal en la articulación del silbo, en el que hay que distinguir, lo mismo que en la voz, su timbre, tono, intensidad y duración.
Los que no están muy habituados á oir hablar silbando, no solamente no entenderán ni una palabra, por más que los gomeros dialoguen perfectamente, y hasta se conocen y distinguen por el timbre aunque no se vean y silben varios á la vez, sino que es difícil soportar la intensidad del silbido cuando se está al lado de uno que habla dirigiéndose á otro que se encuentra á gran distancia.
No terminaremos estos ligeros apuntes sobre el hecho extraordinario de haber un pueblo que heredó de los primitivos gomeros la facultad de comunicar sus ideas y pensamientos por medio del silbido articulado, sin manifestar, aunque con reserva y timidez, la síntesis de nuestras observaciones relativas á tan singular lenguaje.
No es posible poner en duda, por el estudio de los caracteres físicos en el vivo, que los habitantes de la Gomera proceden, por lo menos, de dos distintas razas (descartados los elementos europeo y africano posteriores á la conquista), caracterizada la una por sus cabellos rubios, ojos azules, color blanco y facciones semejantes á los descendientes del guanche rubio de Tenerife v Hierro, y la otra por sus cabellos y ojos negros, pómulos pronunciados, color muy moreno con ligero tinte aceitunado, boca grande con labios tensos, y de continente osado y atrevido.
Ahora bien: dada la existencia de estos dos elementos, como cualquiera puede apreciarlos, y siendo innegable el hecho raro y singularísimo de que en aquella parte se emplea el silbido articulado desde los tiempos de los primitivos gomeros, ¿es ilógico deducir que una de las dos razas, probablemente la morena, tuviera como único medio de trasmitir sus pensamientos el lenguaje que llamaremos sibilado?
Si inventó el hombre la palabra, la voz articulada, no pudo existir en un punto de la tierra circunstancias particulares, quizas el ejemplo que le ofreciera la naturaleza en las aves, que le moviera á inventar el silbido articulado en lugar de la voz articulada? Acaso el fenómeno no es idéntico? Bajo el punto de vista fisiológico, no es lo mismo?
La raza autóctona de la Gomera, invadida y mezclada más tarde con otra, pudo aprender la voz articulada; pero á su vez también pudo enseñar el silbido articulado, razón por la que ambos pueblos han podido conservar ambos lenguajes (de los que tenemos vestigios), para emplearlos según las necesidades de la vida.
Los fundamentos en que apoyamos esta hipótesis son:
1. º En el hecho extraordinario de existir exclusivamente en la Gomera el silbido articulado desde los tiempos anteriores á la conquista.
2. ° En la tradición. Los historiadores que se ocuparon del origen y lenguaje de los gomeros, convienen en que estos “apenas usaban de la lengua para las precisas articulaciones”. Bontier y Le-Verrier dicen: “Su lenguaje es muy estraño, porque hablan con los labios como si no tuviesen lengua.” Sin duda, de aquí nació la vulgar tradición de que la Gomera fue poblada por hombres á quienes un príncipe les había hecho cortar la lengua por cierto delito. ¿Nacería esta tradición de que los gomeros hablaron con frecuencia silbando, circunstancia en que no se fijaban los extranjeros por ignorar que se pudiera hablar de este modo?
3. ° Porque los gomeros del dia aún emplean, cuando hablan silbando, voces extrañas que no corresponden á las voces de su primitiva lengua ó á otra conocida. Así, por ejemplo, la palabra cabra, en su lengua primitiva es miñaja, y al llamarla silbando emplean un sonido particular; la -áe oveja, es tufa, ojis, y al llamarla silbando emplean un sonido quepuede traducirse por aó, etc.
Para terminar diremos, que si bien no tenemos aún bases concluyentes para demostrar que el autóctono de la Gomera pudo inventar el lenguaje sibilado antes que la voz articulada, cosa qué no creemos racionalmente imposible, y que hasta hay motivos para sospechar, está fuera de toda duda que los primitivos gomeros podían trasmitir sus pensamientos por medio de silbidos, hecho, para nosotros, verdaderamente digno de ocupar la atención de las personas ilustradas.
Durante el S. XVI el puerto de San Sebastián es considerado por algunos autores como el mejor de las Islas Canarias, siendo hasta mediados del S. XVII muy transitado por barcos en la ruta de América. En el declive de este puerto natural, Mederos y Escribano, en su trabajo “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro” (Anuario de Estudios Atlánticos num. 44, 1998), apuntan que intervienen diversos factores. De una parte, el derrumbe de la industria azucarera (segunda mitad del S. XVI); de otra, el auge de los puertos en las islas de realengo (Gran Canaria, Tenerife y La Palma); a su vez, la ausencia de inversiones por parte de los señores de La Gomera para realizar fortificaciones y con ello mejorar la defensa de la isla ante los piratas (12 ataques entre 1553 y 1618). Respecto al desinterés por la seguridad de la isla, por ejemplo, es clamoroso el comportamiento del conde Diego de Ayala y Rojas para evitar gastos y para lucrarse del contrabando con los piratas; connivencia esta puesta especialmente de manifiesto en el ataque de Jean de Capdeville en 1571. En su obra “Piraterías y Ataques Navales contra las Islas Canarias” (Tomo I- 3), Rumeu de Armas relata algunos “relajos” del citado conde Diego de Ayala; como queda constancia en el contenido del parte que la Inquisición puso en conocimiento de la Suprema de Madrid: «En la Gomera—decían—todos los vezinos de ella admiten armadas de franceses, yngleses, piratas y luteranos que a aquella ysla vienen y tratan y contratan con ellos publicamente y los provehen de todo lo que an menester y les hazen presentes y los reciben de ellos, y assi recibieron la armada que robo a la ysla de la Madera y a Xaques de Soria, y a Juan Buentiempo y a Juan Acles y a otros franceses [e] ingleses que son luteranos…» (pp. 551-52). De todas maneras, añade Rumeu de Armas, “la suerte del conde de La Gomera siempre debió ser mejor que la de sus súbditos, pues en 1574 fray Alonso de las Roelas protestaba de la benevolencia del Santo Oficio declarando: ¡Plegué a Dios que al conde de la Gomera algún dia le prendan…como a sus vasallos!”. Pero esto no fue todo, porque, el citado conde Diego de Ayala, con objetivos más utilitarios que patrióticos, el 24 de agosto del año 1571 “introdujo al enemigo en casa”, cuando le franqueó confiado la entrada al corsario calvinista Jean Caduilh o Capdeville, dándole este sangre y fuego por mercancía, quemando La Villa por los cuatro costados, haciendo cautivos y asesinando sin piedad. Por lo tanto, la historia de Gomera, este y otros hechos, demuestran que, a través de los tiempos, el poder de los “Señores” y Condes ha sido el origen y factor determinante de la precaria e injusta situación socioeconómica de La Gomera; porque, siempre se han caracterizado por su comportamiento cruel, indigno y egoísta, de sólo velar por sus intereses individuales y los de su entorno inmediato, rapiñando lo que se producía en la isla y, como ocurrió en el caso de los negocios con la piratería, promoviendo y dejando al pueblo gomero vulnerable a los intereses foráneos.