La Cruz de Chinamada.

Esta cruz de la foto está situada en un promontorio junto al Camino de Chinamada, en un sitio denominado “El Bailadero”.

En tiempos aborígenes, posiblemente este sitio fue un “baladero”, lugar en el que los pueblos aborígenes llevaban sus ganados para compartir sociabilidad, fortalecer ideología y hacer reconocimientos de gratitud y ofrendas a las fuerzas de la naturaleza y sus divinidades.

Sin embargo, posteriormente, con la llegada de conquistadores europeos, quizás la nueva cultura dominante construyó leyendas de “bailaderos de brujas”; porque, la penetración cultural conllevaba sustituir ideología y símbolos, demonizando aquellos lugares de referencia aborigen al objeto de degradar su cultura, para facilitar con ello su conversión en lugares de culto a la nueva ideología religiosa; proceso que, como en el caso del citado lugar en Chinamada, conllevaba colocar el símbolo de una cruz.

Porque, la cruz, el Santo Madero, “es la más importante de las reliquias que veneran los cristianos”, y recibe culto tan especial que se han instituido dos fiestas principales, la de su “Exaltación” que se celebra el 14 de septiembre, y la de la “Invención” que se celebra el 3 de mayo, en recuerdo al día que la Cruz original dónde murió Jesucristo fue encontrada por Santa Elena en Jerusalen (1).

Considero que, conocer para comprender de estas y otras situaciones, conlleva no observar La Historia como un devenir mecánico con un hilo conductor unívoco, sino, reconocer su complejidad social y estructural, diversificaciones, ramas y diversas líneas y factores que con sus interrelaciones pueden determinar, condicionar e influir en la ideología, actitudes y comportamientos humanos.

En esta perspectiva, apunto otras referencias sobre los significados culturales de este día.

Antes de la llegada de las fuerzas armadas castellanas, pueblos aborígenes de Tenerife ya habían tenido contactos comerciales con visitantes europeos, por ejemplo en Anaga, y es de suponer que también conllevaría nueva información y percepciones religiosas para los aborígenes guanches, que posiblemente facilitó las relaciones entre castellanos y “bandos de paces” de pueblos del sur de la isla; en este sentido, observar la influencia del encuentro de la imagen de la Virgen de Candelaria.

A su vez, los invasores castellanos, dirigidos por Alonso Fernández de Lugo, montaron el Campamento Real en “Añazo”, Anaga, en un sitio del actual barrio del Cabo, dónde el día 3 de mayo del año 1494 celebraron su primera misa colocando una cruz que, posteriormente, sería trasladada desde la Ermita de San Telmo a la Iglesia de la Concepción de Santa Cruz, lugar este que toma el nombre por ese acto fundacional.

Asimismo, en La Laguna, la Cruz de Piedra es referencia del lugar dónde se celebró la segunda gran batalla entre conquistadores y guanches, ganada por las tropas castellanas. Según noticias, esta Cruz se colocó originalmente dónde está la Plaza de la Milagrosa, y posteriormente se trasladó al sitio dónde está actualmente.

En otros muchos lugares de esta y otras islas se celebra el Día de La Cruz; especialmente, por cuestiones laborales y el uso de materiales vegetales del monte para el enrame, tengo la experiencia de haber vivido en Las Breñas, La Palma, la especial dedicación cultural y emotividad religiosa que la vecindad  disfruta con esta conmemoración religiosa-festiva. 

  • (1). “Estudio e iconografía de la cruz en la conquista de Tenerife”, de Ana María Pérez Martel, publicado en Almogaren: revista del Centro Teológico de Las Palmas, nº 9, 1992.

Manuel Ossuna en busca de la anguila peluda.

A finales del siglo XIX, Manuel de Ossuna, vecino de La Laguna, pasaba temporadas estivales en su hacienda familiar de Roque Bermejo, Anaga (Tenerife).

Allí realizaba diversas actividades para conocer la zona, su naturaleza, historia, cultura y en búsqueda de referencias etnográficas y arqueológicas sobre la población aborigen; tareas estas, de ilustre investigador, posiblemente facilitadas por su condición y prestigio de gran propietario, como se vislumbra en el relato siguiente, cuando tiene que pasar un brazo de mar y, para no mojarse, lo hace pisando sobre los hombros de sus acompañantes vecinos de la zona.

Cuando don Manuel escuchó el curioso cuento de la misteriosa anguila peluda, su interés fue tan grande que decidió visitar el “Barranco de los infiernos” (1), garganta muy áspera y pedregosa en una zona aislada, a la que ningún viajero se le ocurría nunca ir.

Matizar que, en la toponimia de los mapas actuales (Visor Grafcan), en esa zona aparece la denominación “Charco de la anguila”.

Organizada la expedición, don Manuel y sus acompañantes inician la aventura y, posteriormente, la describe en su obra “Anaga y sus antigüedades” (1897), contenido (2) que, modificando estructura de párrafos y puntos para facilitar lectura, reproduzco a continuación:

«Se arregló una expedición á este punto desconocido é interesante en el verano de 1889. El 25 de Agosto salimos de Casa Blanca (Roque Bermejo) á las once de la mañana, acompañados del inteligente empleado del gobierno D. Jacinto López, torrero del faro de Anaga y de los estimados labradores Juan Melián, Manuel Izquierdo y Juan de Sosa, provisto éste de un pico para remover la tierra que pudiera obstruir nuestro camino y para hacer escalones donde quiera que la pendiente de la subida hiciera necesarias tales precauciones.

Media hora después de nuestra salida alcanzamos la playa inmediata al Paso del Jurado, sitio dificil de atravesar; pero no siendo de ningún modo conveniente la hora de nuestra llegada porque nos habíamos equivocado en nuestros cálculos y la marea estaba demasiado alta para permitirnos pasar sin mojarnos, reflexionamos sobre lo que sería mejor hacer, porque si esperábamos á que la marea estuviese bastante baja tendríamos que atravesar las vueltas y recodos tortuosos del barranco á media noche.

De repente a uno de los hombres le ocurrió un proyecto por el que yo podría ahorrarme lo desapacible de un baño involuntario: propuso que se colocaran ellos en fila y que yo atravesara poniendo mis pies sobre sus hombros y agarrando las rocas salientes del peñasco.

Dicho y hecho, y pronto me encontré felizmente desembarcado al otro lado del Jurado sin la molestia de una mojada. Una áspera pendiente se nos presentó ahora fatigándonos bastante, no solamente por la dificultad de la subida sino también porque era preciso hacer escalones en la ladera para encontrar bastante apoyo firme en que poder fijar los pies y emprender la ascensión.

Aquella pendiente rápida terminaba en una altura volada, en cuyo fondo se extendía el viñedo conocido por el Rincón; que aunque ahora se hallaba como en un abismo, tres cuartos de hora antes, cuando atravesábamos la playa aparecía muy alto sobre nuestras cabezas.

La subida se halla cada vez más difícil, y cuando volvimos los ojos al precipicio que estaba á nuestros pies no pude menos que recordar al viajero J. Leclereg, quien, en vista de que sus colegas del Club Alpino Francés gustaban de emociones fuertes les aconsejó que hicieran la prueba de ir por el camino de Taganana al Draguillo, empresa mucho menos loca y arriesgada que la en que nos hallábamos en aquel momento metidos.

Desde aquella vertiginosa altura fuimos en una dirección Sudeste á otra montaña, donde empieza la garganta conocida con el nombre de Barranco de los Infiernos.

Comenzó nuestro descenso por una vereda pendiente y abrupta, y confieso que mi interés se aumentaba por momentos con todo lo que yo veía en esta extraordinaria y hasta ahora desconocida parte de la Isla; las ennegrecidas rocas que se presentaban frente a nosotros absolutamente desprovistas de verdor y a veces cortadas ó pico formando los muros del barranco; la intensa soledad, que, combinada con el rumor del eco alto y claro producido por las concavidades de la garganta, era pasmosa; el choque de las olas de la Caleta del Marrajo contra las rocas (esta Caleta es una especie de laguna Estigia de la que se cuentan muchas leyendas, cuya mera repetición inspira terror al oyente); el reducido horizonte que se estrecha cada vez más según vamos bajando a las profundidades del barranco; los tonos sombríos de luz, que se van gradualmente obscureciendo conforme las rocas se levantan más encima de nuestras cabezas; el pensamiento de que esta garganta oculta, cuyo nombre no estaba marcado en ningún mapa de la Isla, ni había sido visitada jamás por turista ó sabio alguno podría quizás contener tesoros históricos desconocidos en alguna de sus cavernas nunca pisadas; la zozobra que se dibujaba en los semblantes de mis colegas y la observación de alguno de ellos que parecía entrecortada al hablar de la proximidad de la horrenda laguna, pensando, indudablemente, si todavía la monstruosa anguila habitaría en sus aguas, ó si algún obstáculo impediría la entrada en aquellos lugares diabólico —todo, en fin, se combinaba para aumentar el vivo interés que yo ya sentía en la expedición, y me recordaba las descripciones que había leído en los cuentos antiguos germánicos de hadas y en la Metamorfosis de Ovidio, cuando éste nos refiere la vuelta de Perseo de la Atlántida después de haber vencido a los hijos de Forco y á un terrible monstruo marino.

Por último llegamos al fondo del abismo, y apenas habíamos dado unos cuantos pasos más cuando descubrimos una cueva que era lóbrega y húmeda; dentro, en las grietas del techo, estaban construidos nidos de palomas salvajes tan cerca que era posible tocarlos, demostrando con claridad cuan sumamente tranquilo y retirado era el sitio que habían escogido.

Allí descansamos un poco; pero sabiendo que las veredas por las que tendríamos que ir daban vueltas y mas vueltas en senderos tortuosos y aún peligrosos por más de una legua, antes de llegar al Paso del Gamonal, la única salida accesible de la fragosa garganta, y que se necesitarían varias horas para andar esa distancia, pronto dejamos la caverna (á la que, dicho sea de paso, van unidas muchas leyendas) y partimos para el famoso charco.

No tardamos mucho en llegar á él. Está situado en el mismo medio del barranco, y consiste en un estanque grande y profundo de agua muy trasparente; su superficie está limitada por un borde casi circular, y las paredes que lo rodean están formadas de una toba dura y amarilla, que, sin duda, es lo que le da al agua su color rojizo de ámbar.

Encontramos la profundidad del charco bastante grande—unas cuantas yardas, en efecto—; su forma es la de un cono invertido con ranuras paralelas, que gracias a la diafanidad del agua se distinguían claramente, marcando capas en la toba de un rojo más ó menos subido.

Después de haber examinado otras peculiaridades de este charco extraño, emprendimos la ascención (sic.) por la otra vertiente ó sea la de la derecha del barranco.

Fué una empresa algo difícil subir desdeel hondo cauce, porque hacía un calor excesivo y el borde pedregoso era muy pendiente. La faja de cielo que había aparecido no tener más anchura que 40° vista de abajo se ensanchaba según ascendíamos; las sombras desaparecían de los riscos, la penumbra se disipaba de las bocas de las cavernas y de las hendiduras de las rocas, hasta que por fin llegamos a un punto donde la luz estaba difundida rodeándonos.

El placer que sentíamos en este momento era únicamente comparable al que se esperimenta (sic.) cuando se presencian los albores crecientes del amanecer.

Habiendo llegado á la cima nos paramos un poco de tiempo para contemplar el vasto horizonte que se extendía ante nuestra vista, y para disfrutar de algún descanso después de nuestros esfuerzos.

Luego seguimos nuestro viaje tomando la izquierda hasta que nos encontramos en una caverna espaciosa, que fué antiguamente la morada de cierto achimencey de Anaga, desde la que dominábamos grandioso espectáculo: era uno de esos espléndidos días caniculares en que el cielo de las islas Canarias está absolutamente sin nubes; el sol que apenas se separaba del zenit dejaba caer sus rayos de oro en las aguas azules y límpidas del Océano, dando á la inmensa planicie un deslumbrador reflejo de plata y á algunos sitios junto á tierra un matiz de esmeralda ó de zafiro, por el verde de los muzgos marinos en los peñascos ó los reflejos del cielo en las aguas.

Extendiase la vista en aquella llanura sin límites y allá en lontananza distinguíamos el humo de los vapores que se ocultaban tras un promontorio de Gran Canaria, según iban entrando en el puerto de la Luz; mientras más cerca veíamos los que saliendo y entrando se cruzaban en la bahía de Santa Cruz, frente á Antequera.

Una cadena irregular de montañas parecía yacer á nuestros pies, y se prolongaba dentro del mar, formando el cabo que el Sr. Vidal ha marcado en el mapa de Tenerife con el nombre de Punta del Drago, y luego más allá veíamos el ligero movimiento de las olas sin ser rizadas por ninguna brisa. La marea estaba muy baja, de modo que pudimos ver una mayor extensión de playa, y también distinguíamos una serie de muros ó diques debajo de la superficie del agua, que enlazándose unos con otros en ángulos diversos dejaban ver claramente la armazón de antiguas tierras sumergidas en misterioso tiempo.

Después de una hora de descanso volvimos á partir en una dilección Noroeste, siguiendo la vereda que habíamos cruzado antes.

Desde este momento nuestro camino nos conducía por un sendero que flanqueaba los costados del estrecho valle del Palmital, y nuestra marcha se hacia con mucha mayor rapidez, porque de aquí en adelante solamente nos paramos para reconocer algunas cuevas ó tomar nota de los nombres de los riscos, etc., conocidos por mis compañeros, teniendo cuidado de marcar los cerros más altos y las cuevas más interesantes en el croquis que yo estaba haciendo de todos aquellos contornos.

Á las cuatro de la tarde nos encontramos en el Morro de los Cerrilleros, eminencia la más culminante de la sierra, de donde, en cuanto nos lo permitían los riscos, seguimos una dirección diagonal hacia el Paso del Gamonal.

Tardamos una hora y cuarto en realizar esta parte de nuestra jornada, y cuando llegamos, finalmente, al susodicho paso que nos colocaba fuera del Palmital nos encontramos en un sitio que tiene toda la apariencia de una enorme pared, compuesta de inmensos bloques de piedra amontonados y, por decirlo así, lanzados sobre un precipicio.

Por ella emprendimos ahora la subida, apoyándonos más bien en nuestras manos que en nuestros pies y habiendo por fin, vencido las dificultades y peligros de la ascensión seguimos nuestra marcha á la llanura del Barro, desde donde lomamos la cuenca del Barranco de Chamorga, deteniéndonos en las laderas del Granadillar, paraje donde habíamos dispuesto comer, y á donde llegamos á las seis y media de la larde, completamente cansados despues de nuestros esfuerzos, pero muy agradablemente impresionados de todo lo que habíamos visto en esta memorable excursión».

(1). Actualmente se denomina “Barranco del Palmital”, y dada la norma de protección, para transitar por la “Reserva Natural Integral de Ijuana” se necesita autorización específica del Cabildo de Tenerife.

(2). Original traducido y publicado por el periódico “Diario de Tenerife” (1898).