Memorias del agua.

Recuerdo que, en el Valle Bajo, Vallehermoso, a principios de los años sesenta había que ir con tallas, “cacharros”, cubos, latas o garrafones, a buscar el agua a las fuentes de cañadas o manantiales en el barranco.

Después, el Ayuntamiento puso una tubería general e hizo unas fuentes públicas de hormigón (o colocaron llaves en puntas de tubería), distribuidas en determinados sitios cercanos a los núcleos de casas; y allí se formaban las colas mañaneras para recoger en vasijas algunos litros de agua para el consumo cotidiano, y reservar la sobrante para días siguientes, dado no estaba asegurado que cada día llegara el preciado líquido.

A veces, en la tensa espera de si la tubería soltaba el aire y detrás llegaba el “jilo de agua”, se montaban jaleos y discusiones entre personas vecinas; porque, había quienes llegaban, dejaban el recipiente en cola y se iban a hacer sus menesteres; y, claro, no todo el mundo estaba dispuesto a respetar la “cola de un objeto” allí plantado, o llenárselo a quien no estaba allí presente.

En años posteriores se fue mejorando la infraestructura hidráulica, con la construcción de nuevos depósitos de agua e instalaciones de ramales de tubería, así como su acceso directo a los puntos de consumo en las viviendas; aunque, seguían existiendo restricciones según zonas e influencia de la altitud en la situación de las casas.

Pasado el tiempo, las fuentes de mampostería, como la observada en la foto, situada en el “Plan del Luis Santo”, quedaron y siguen en esos lugares para ayudarnos a recordar antecedentes, y situaciones de uso del agua.

Porque, el agua era y es un bien esencial que debemos usar de forma racional, y cuidar la preservación de su ciclo y existencia dada su importancia para afrontar las necesidades vitales.