Una foto y su contexto, «jarriando uvas».

En la foto que se adjunta a este texto, previamente publicada en diversos ámbitos de esta red digital y social de Facebook, se observa a Manuel Raya, apreciado vecino de Vallehermoso.

En esta foto, se distingue como Manuel Raya, o “Lolo Chico”, de forma cariñosa también conocido por sus vecinos con este sobrenombre, tiene el cigarro en la boca mientras está cargado con un cesto de uvas; posiblemente, con más de sesenta kilos de peso sobre sus hombros.

De esta forma, y por otros aspectos visuales, la foto llama mucho la atención, dado es impactante lo que transmite la imagen por sí misma.

Sin embargo, la imagen también conlleva la observación e interpretación del contexto sobre las realidades, situaciones y factores intervinientes que han influido como precedentes al instante que se hace la foto.

A este respecto, conociendo al estimado pariente de referencia y, a su vez, el ámbito local y actividades de vendimias que se hacían en la época que fue obtenida la foto, año 1981, puedo aventurar que entre ese día y otros anteriores, Lolo podría haber cargado sobre sus hombros varias decenas de cestos de uva; y supongo cargaría otros muchos en los siguientes días de la temporada de vendimias en el Valle.

En esta zona de Vallehermoso, la temporada de vendimias comenzaba a mediados de agosto, en las zonas bajas y viñedos de “tierras calmas”, y terminaba hacia finales de septiembre en los lugares de más altitud y sitios de “cabezadas” de las laderas y fincas. O sea, conllevaba aproximadamente un mes y medio de duro e intenso trabajo.

Después de cortar la uva, tarea esencial realizada por mujeres y hombres más viejos y otros de corta edad, normalmente se formaban “acarretos” integrados por hombres que, con aptitud física adecuada para esas funciones exigentes, transportaban los cestos llenos de uva desde los bancales de cultivos de vides hasta el lagar correspondiente.

El acarreto tradicional tenía sus “protocolos” de funcionamiento. Por ejemplo, alguien que lo encabezara y guiara a buen ritmo de marcha, y al trote en bajadas, ni muy rápido ni muy lento, de forma adecuada para que todo el grupo fuera lo mejor posible.

Porque, era muy importante que nadie se quedara atrás y, además, había que controlar el esfuerzo físico para aguantar las tareas y objetivos previstos para ese día y los siguientes.

Otra “norma” o costumbre en el grupo del acarreto de uvas era que había que cantar, en tono folías.

Comenzaba a cantar el cabeza de grupo y, según orden en la fila, todos debían cantar a continuación y, además, hacerlo bien y entre más alto mejor, para que se oyera en toda aquella zona del valle; porque, además de dar ánimos en los cargadores, cantar, y hacerlo bien, también estaba considerado como un prestigio social.

En esta práctica de cantadores de acarretos en las vendimias, en el Valle Bajo, de forma muy significativa se distinguían Andrés Ramos y Manuel Raya, o sea, nuestro personaje de la foto “Lolo Chico”; dos apreciados vecinos que, cuando ambos coincidían, aún más se motivaban y sus cantos se oían por toda aquella zona del valle, de tal forma que la chiquillería sabíamos quienes cantaban, y se aludía a sus nombres y escuchábamos con mucha admiración. 

Unos versos que a mí me gustaban mucho, y de forma modesta también canté de jovencito en algún acarreto y ocasión que me tocaba:

En el monte entre las flores,

Te busqué y no te encontré,

Y al oír los ruiseñores,

Yo sentí que te escuché.

Cargar o “jarriar uvas” por los caminos a través de las laderas, era un trabajo muy, muy duro. Por eso, más allá de las cualidades observadas en la imagen, se debe valorar en su medida el gran esfuerzo realizado.

También es una realidad que, en aquellos tiempos y contexto de la sociedad tradicional (hasta primeros años de la década de los Ochenta), el sobreesfuerzo físico que conllevaba cultivar vides y cargar uvas, en determinados aspectos era compensado por la calidad del mosto y los vinos obtenidos de esas zonas de bancales en laderas, dónde especialmente se obtenía el producto de la variedad autóctona “forastera”.

Por lo tanto, salud y Memoria para Manuel Raya, “Lolo Chico”, y un recuerdo para todas las personas que practicaban estas actividades tradicionales de cultivar vides, vendimiar y “jarriar uvas” por los caminos del Valle.

Acerca de las sepulturas en la Iglesia de Vallehermoso.

En una parte del espacio que actualmente ocupa la Iglesia de San Juan Bautista, hasta el año 1632 se encontraba la ermita original (1).

El 12 de julio de ese año, 1632, al poco de ser nombrada parroquia, segregada de la parroquia de la Asunción de San Sebastián, esta ermita recibe al delegado del Obispo, Visitador Lucas Andrés, quién comprueba la pobreza económica de esta “fabrica” (construcción y recursos de una iglesia) y la falta de medios para su mantenimiento, o para obras de ampliación que pretendían los vecinos.

Ante esta situación, y como forma de obtener dinero, el Visitador ordena revisar las “datas” (documentos) de los vecinos que tuvieran sepulturas dentro del espacio de la ermita, para con ello validar sus derechos, actualizar las obligaciones de pago, y disponer del espacio no ocupado para que otros vecinos lo adquirieran a cambio de la cantidad económica que tuvieran que abonar.

En este sentido, debemos resaltar que, durante el S. XVII, disponer en propiedad una sepultura en la iglesia, así como tener derecho de asiento reservado durante las ceremonias religiosas, indicaban el poder y la posición social de las personas que poseían esta titularidad privada, a la vez que era fuente de ingresos para la institución eclesiástica.

Entre las personas propietarias de las sepulturas, encontramos a Luis Santos, arrendador de terrenos en el Barranco de los Guanches y en la zona del Valle Bajo, lugar dónde perdura su nombre en la cercanía de la “Punta del Tributo”, denominación esta que, a su vez, posiblemente hace referencia a este arrendamiento.

Por lo tanto, en la relación de nombres observamos la identidad de personas que, en aquella época, tenían en Vallehermoso especial disponibilidad de capitales: económico, social y, probablemente, también político.

Volviendo a la referencia de la ermita original, sobre su plano (foto adjunta) habían marcadas treinta y siete sepulturas; de éstas, varias estaban vacantes y las otras habían sido adquiridas por sus respectivos propietarios.

Por una parte, tenemos los nombres de las personas propietarias que presentaron “data” (derecho a ese espacio, según croquis): María Morena (nº 3), Felipe Jácome (nº 7), Benito García (nº 3, 9 y 10), Violante Marquesa (nº 11), Gaspar de los Reyes (nº 13), Diego Hernández (nº 16), Baltasar González Borrego (nº 18), y Luis Santos (nº 23).

De otra, observamos personas propietarias que no presentaron “data”, aunque fueron incorporadas al croquis: Francisco Manrique (nº 5), Gaspar de Aguilar (nº 6), los esposos Ambrosio Cuello y María Méndez (nº 8, Salvador Pérez (nº 14), y Francisco Hernández de Aguilar (nº 17).

A su vez, también se hace mención a los propietarios Francisco López (nº 4) y Juan Martín (nº 19) en la capilla del Rosario, aunque no figuran en el croquis.

Concluyo que, estos datos y referencias (Corbella Guadalupe, 2021), tienen mucha relevancia para seguir avanzando en el conocimiento de la Memoria histórica, social y económica de Vallehermoso.

IMAGEN: Croquis de las sepulturas en la ermita de San Juan Bautista (Corbella Guadalupe, 2021).

(1). Previamente a esta, en un sitio cercano al lugar ahora denominado “Triana”, existió la Ermita de Nuestra Señora de la Consolación, “hasta que el barranco la arruinó” (Manuscrito del S. XVIII, en Gloria y Victoria Díaz Padilla, 2015).