
El “ámbar gris” es una sustancia que procede de los intestinos del cachalote y dada la presencia de estos grandes animales marinos, era frecuente, mucho más que en la actualidad, encontrarla en las playas de Canarias.
Esta materia orgánica fue muy valorada en el pasado, y se utilizaba para elaborar productos de farmacología y cosmética; de tal forma que, quién la encontrara, disponía de un valioso tesoro.
Antonio Viana la cito en sus versos, por ejemplo: “Sus riberas y margines marítimas, enriquezían por diversas partes, hermoseando en la dorada arena, las pellas finas de preciosos ámbares”[1].
A este respecto, Alejandro Cioranescu recuerda que:
“Uno de los productos canarios más preciados en la época que siguió a la conquista, fue el ámbar que se encontraba alguna vez en las playas de las islas, y sobre todo en la de Tenerife. Se trata del ámbar gris, secreción orgánica de los cetáceos”[2].
Ante estas cualidades, el ámbar era un botín muy valorado por los europeos en sus razias esclavistas y expoliadores por las costas del continente africano, como refleja el siguiente texto en Marín de Cubas: “…onde Diego de Herrera los esperaba, y a pocos días fueron a tierra firme de Africa onde hisieron presa de muchos Arabes, ganados, oro plata, ambar, que rovaron ciertos pueblos de Moros y Judios que vivian descuidados,…”[3].
Acerca de estas prácticas de rapiña, también Rumeu de Armas apunta que: “Las presas que en las correrías se hiciesen, ansi moros e moras como otras cualesquier cosas, ansi ganados e alimañas, como oro, plata, ámbar, alcatifes e otras cosas que se ovieren e tomaren, habían de conducirse a Las Palmas, en cuya ciudad se haría la conveniente división y entrega”[4].
Este historiador, también relata que, en su visita del año 1617 para aprovisionarse en Gomera, el pirata inglés Walter Raleigh la utilizó para, en su galantería interesada, obsequiar a doña María van Dalle, van de Werbe, Coquiel y Schets, que así se llamaba la esposa de Diego de Guzmán, condesa (provisional) de la isla, y admiradora del personaje inglés: “…despidiéndose el 30 de septiembre con un nuevo obsequio para la «condesa», consistente en dos onzas de ámbar gris, una onza de extracto de ámbar, un gran frasco de agua de rosas de su propia elaboración…”[5].
El ámbar también fue utilizado como dote en bodas (al menos en la de referencia): “…y fiestas á Diego de Silva, y le fué entregada su esposa doña Maria de Ayala Sarmiento con mucho oro, esclavos moros, y moras esclavas con mucho ambar para su servicio,…»[6].
Por otra parte, la toponimia en algunos lugares de la costa de Canarias hace referencia a este material. Por ejemplo, Puerta Canseco en su “Descripción geográfica de las Islas Canarias” (1897) menciona el “Roque del ámbar” en Lanzarote; y en la cartografía actual se localiza la existencia de la “Playa del ámbar” en la citada isla así como en Gran Canaria. Incluso, actualmente, existe algún hotel que en su nombre también hace mención al ámbar.
Para completar esta breve exposición sobre el ámbar, en el siguiente contenido expuesto por Gaspar Fructuoso se refleja un típico comportamiento “señorial”, ejemplo de la codicia y desvergüenza con que los condes de la Gomera se apropiaban de toda clase de productos de la isla, engañando y expoliando a sus habitantes:
“La costa es toda de una roca rojiza, pelada y desprovista de árboles por el N NO y el E NE; en estas partes se da mucho pan, aunque no tenga agua, si no es una fuente en S. José y un gran arenal a la entrada de la punta, donde un isleño halló una vez un tan grande [ 77 ] montón de ámbar, que pudiera hacer ricos a todos los de la isla, si para esto fuese.
Parece que conoció mal lo que era, aun creyendo que era cosa buena; descubrióse a quien lo dijo al conde D. Alfonso de Ayala, padre del que ahora es, el cual, en cuanto lo supo, fue con gente de su casa a donde había escondido el ámbar el ‘sieño medio portugués, diciéndole que era suyo, y casi por fuerza lo tomó, que dicen que era más de un gran cuarto.
Cuando el conde lo tuvo en mano, trató de contentar al isleño con halagos y alguna cosa que le dio, diciéndole que si aquello fuese cosa buena, le haría hombre, con tal que se callase y que nadie lo supiese. Y el isleño le descubrió que todavía tenía un saco lleno en’ su casa, que llevaría yendo con él a España, y lo obtuvo el conde so color de ir todo en una pipa, que declararía ser de azúcar.
Con todo se fue a España, dejando al isleño, y allá se aprovechó del ámbar, que vendió por millares de cruzados, con los que pagó grandes deudas que tenía en la isla, pues era amisto de la corte y tenía muchos hijos, de ellos algunos bastardos. Cuando supo esto el isleño, fue a dar con él y le requirió que le pagase, pues de lo contrario se lo haría saber al Emperador, y por esto satisfizo el conde al pobre isleño, que se contentó con lo que le dio, si es así, como en La Gomera se cuenta” [7].
[1] Antonio de Viana, “La Conquista de Tenerife”, edición 1968
[2] Viana, idem, en nota de Alejandro Cioranescu.
[3] Tomás Arias Marín de Cubas, “Historia de las siete islas de Canaria” (1694), edición de 1986.
[4] Antonio Rumeu de Armas, “Piraterías y ataques navales contra las Islas Canarias”, Tomo II, 1ª parte.
[5] Rumeu de Armas, idem, Tomo III, 1ª parte.
[6] Abreu Galindo, “Historia de la conquista de las siete islas de Gran Canaria” (1632), edición de 1848.
[7] Gaspar Fructuoso, “Las Islas Canarias”. Instituto de Estudios Canarios, 1964.







