Hace 113 años, el diario “El Progreso” (Santa Cruz de Tenerife) publicó un artículo sobre Hermigua con texto firmado por “Jacinto Terry”, seudónimo utilizado por el periodista Joaquín Fernández Pajares.
Este periodista viajó a la Gomera para visitar el pescante “El Porvenir” (popularmente llamado el pescante nuevo) dado que realizaba labores de representación en cuestiones burocráticas, mientras, a su vez plasmaba en artículos sus descripciones, percepciones e ideas sobre las situaciones observadas en su estancia y recorridos por la isla.
Como se observa en el texto abajo expuesto, de un viaje realizado a Hermigua, el autor indica su perspectiva de relacionar la conquista, colonización y feudalismo ejecutado en Gomera con la ideología y praxis del caciquismo local de aquellos tiempos de la primera década del siglo XX; como a su vez denunciaron posteriormente otras personas activistas sociales y políticos y, más recientemente, también han seguido esta línea de pensamiento otros autores que han tomado el enfoque “semi-feudal” para analizar las situaciones y relaciones entre el sistema tradicional feudal del señorío y las relaciones de producción del modelo capitalista en Gomera.
A continuación, veamos el texto escrito por el citado periodista:
EN LA GOMERA. HERMIGUA.
Los pies, que antes han estado bailoteando á los traidores impulsos de líquidas montañas, asemejándolas el miedo á estas altísimas cumbres, se han posado torpemente en las áridas rocas del desembarcadero. Y tras una escalada peligrosa y difícil y tras una ojeada á las obras del pescante de Hermigua, próximas á terminar, descanso beatíficamente ante una taza de riquísimo café cosechado en la isla de Cuba. A poco me levanto, imitando á mis compañeros, con la sana intención de llegar al fin de este viaje y dormir tranquilamente una siesta y en pos del humo de unos descomunales cigarros damos principio á la recorrida de este valle, que presentando sorpresa tras sorpresa, más parece el paraíso prometido á los creyentes que un girón de las posesiones españolas.
Caballero en un trotador borriquillo, demostrando ser gran conocedor de estas veredas, sigo un camino á lo largo del valle mientras los ojos se gozan en la contemplación de este fecundo hueco de la tierra y el pensamiento va de las más poéticas regiones á las patas del jumento, temeroso que un mal paso de este me haga caer ridiculamente sobre las hojas de las plataneras.
¿A donde vamos? Al valle de arriba; ahorita llegamos; cuestión de nada. Oigo la charla impaciente de los excursionistas y procuro olvidarla; hago lo posible por creerme solo ante tanta grandeza y majestad; tengo celos de que otros ojos se recreen en tanta belleza; envidio á estos hombres que habitan esta hendidura de la isla, la extensísima vega que corre á nuestra izquierda, guardada amorosamente por enormes montañas que en conjunto parece una monumental concha cobijando entre su seno una esmeralda.
Por la derecha voy dejando algunas casas rústicas, admirables por su limpieza, y junto á la iglesia, sólo por breves momentos, permito descansar al borriquillo y emprendo de nuevo la caminada dejándola á un lado indiferentemente… Esto no me extraña porque para mi las iglesias sólo sirven para eso: para dejarlas á un lado y que no estorben nuestro paso…
Solo, completamente solo; los que me acompañan no existen para mí, la vista del cementerio me hace olvidar por completo que hay más seres á mi lado. Y en esta hermosa soledad, encontrada únicamente por los que saben repeler las sensaciones exteriores, sintiendo como único ruido el susurreo del viento entre las hojas, como si se besasen en el preludio de caricias mas íntimas para seguir procreando eternamente, las ideas buscan consolador abrigo en el tronco añoso de los recuerdos, como las mariposas agitadas al soplo de ráfagas invernizas. Y pasan por mi mente los hombres de hierro, los conquistadores indomables que con la esperanza del botin no dudaban ensangrentar la tierra con la sangre de los indígenas para engarzar en la corona de Castilla una nueva perla que la hiciese más esplendorosa; pasan los virreyes, con su séquito de cortesanos, orgullosos y soberbios dentro de sus áureas vestiduras, ambiciosos prevalidos en la inmunidad de su alto cargo, como dorados buitres desprovistos de todo síntoma humanitario; pasan los corregidores, severos en sus vestimentas negras, codiciosos y despóticos, imponiendo silencio á los pueblos para que hablar no puedan de sus vesanías; y al final de esta visión retrospectiva, el moderno cacique, resucitador del feudalismo, queriendo hacer suyos los frutos de la tierra y sumar á su caudal la voluntad de los hombres…
Un mal paso del borrico me obliga á cambiar de ideas y sigo extasiándome ante esta extensa línea de verdura, limitada á un lado y otro por elevadísimas sierras, pareciéndome á veces que la tierra se ha rasgado mostrando dolorida el verdor de sus entrañas é imaginando otras que una mujer se ha dormido en el mar y entre sus brazos ha buscado refugio una serpiente.
Por fin hemos llegado al lugar donde una cama aguarda nuestro cansado cuerpo. Antes del deseado reposo siéntome á la puerta de una venta contigua á nuestra habitación y admiro una vez el bellísimo paisaje, agradecido á aquel capitán de un buque español que hace treinta meses me dejó en estas islas….
A mis pies el interminable valle, con las inmensas hojas de las plataneras cubriendo por completo el suelo de que brotan; al frente pequeños agrupamientos de casas envueltas entre árboles frutales; y á la derecha, proyectando una sombra violácea, sobre la parte de vega que en su nacimiento corre, similando un abismo alfombrada con hábitos episcopales, se levantan gallardamente dos monolitos inaccesibles, los Roques, como una mitra gigantesca que hubiese hundido con su peso cien generaciones de obispos….
El descanso se impone: á descansar. A ver si es posible conciliar el sueño aferrado á esta sorprendente visión. A ver si es posible soñar que todo el mundo es un valle como el de Hermigua; que la explotación del hombre por el hombre es una ilusión concebida en el cerebro de un desequilibrado; que las guerras sostenidas por quita á ese y pon á este son utopías de una imaginación enferma; que todos los hombres son hermanos y sin envidias ni odios contemplan la prodiguez de la Naturaleza…. A ver si es posible soñar que Maura no ha gobernado nunca, que Azorín no he escrito nada, que San Pedro no edificó la iglesia. Y si no es posible soñar, á descansar por ahora y mañana á laborar porque todas estas cosas sean recuerdos pasados á la historia.
Jacinto Terry.
“El Progreso”, 5 de septiembre de 1908.

