Continuando el relato sobre este tema y contenidos que aquí comparto, al final de la primera parte apuntaba la cuestión sobre quién es la persona atrevida que trepa a “curar la palmera”. En esta segunda y última parte, por ahora, entre otros aspectos abordo las prácticas y métodos para trepar a una palmera.
A este respecto, si ustedes se fijan bien en la foto adjunta, o si la amplían con el zoom, observarán unas huellas en el tronco de las palmeras. Intentaré explicar el porqué de esas señales, y describir otras circunstancias sobre estas prácticas tradicionales.
En estas actividades de aprovechamientos de palmeras, los trepadores de los viejos tiempos corrían muchos riesgos cuando subían a cada ejemplar, algunos de estos con más de veinte metros de altura; y lo hacían sólo con la ayuda técnica de un “arco”, objeto instrumental adecuado con un “pirgüan” (peciolo de la hoja de la palmera), un trozo de cuerda y otro de alambre.
Estos valerosos trepadores, hacían y preparaban con mucho cuidado su “arco”, dado que de él dependía su vida. Para hacerlo, limpiaban una hoja de palmera, con la finalidad de utilizar sólo el nervio central, peciolo, o pirgüan; cortaban este a un tamaño adecuado, según consideraban su utilidad para la tarea que iban a realizar, y a lo largo le enrollaban una cuerda en forma de espiral que a su vez sujetaban con un trenzado de alambre.
Llegado el momento de tener que subir a una palmera, junto a su base, con el arco rodeaban el tronco de la palmera y posteriormente ataban las puntas de la cuerda; después, el trepador se introducía en el arco y lo colocaba a la altura de su cintura.
En el siguiente acto, para iniciar la escalada, el intrépido trepador abría sus brazos, con cada mano agarraba el arco por un sector y por el otro; fijaba los pies descalzos en el tronco de la palmera y, de forma rítmica, a golpe de movimientos coordinados de brazos, cintura y músculos abdominales, hacía avanzar el arco y su cuerpo hacia arriba, a la vez que buscaba apoyos para los pies en las “escarpias”, previamente talladas en el tronco (si las había), y con ello ir ganando altura hacia el lugar previsto de la actuación.
Además, subían con una caña de unos tres metros de largo (se la colocaban en la espalda sujeta al cinto, aunque también la podían llevar en una mano), a la que insertaban un cuchillo en la punta, fijado con alambre, para, una vez arriba, cortar las hojas (pencas) o las “escobas de dátiles” (fruto) de la palmera.
Cuando el trepador, después de subir fuste arriba, estaba a la altura conveniente para trabajar con la caña, debajo de la copa, echaba el cuerpo hacia atrás para sostenerse por la cintura con el arco, al que se agarraba con una mano, mientras con la otra sujetaba y utilizaba la caña para realizar la faena de cortar; desplazándose alrededor del tronco para limpiar la palmera de las hojas más bajas, o para cortar las “escobas de dátiles”.
En estas posiciones, sobra decir que, además de los riesgos de estas situaciones, también sufría en los ojos los efectos de las “parganas” y partículas desprendidas de las “arropones” del tronco de la palmera, así como los riesgos de los picos insertados en la base de las hojas o “talajagues”.
Situados en el lugar de actuación arriba de la palmera, si la actividad a realizar conllevaba sólo cortar las “escobas de dátiles” (para utilizar estos frutos como alimento de los cochinos), previo a ejecutar el corte en la “palangana” de la escoba de dátiles, el trepador intentaba cogerla con una mano, mientras manejaba la caña con la otra (en estas acciones dependía su sujeción sólo del apoyo del arco en su cintura), para así después de cortada guiar su impulso y tirarlas sobre unas mantas hechas de sacos que se ponían en el suelo, o bien dirigirlas hacia un lugar determinado y limpio de malezas, para con ello facilitar la recogida de los frutos, y de esta forma evitar que, al caer la escoba sin control desde la altura, al llegar al suelo los dátiles se desperdigaran por el terreno, lo cual hacia más complicada su recogida.
Por otra parte, en caso que se tratara de hacer la palmera guarapera, el trepador, después de cortar las escobas de dátiles, si las había, y la hojas más bajas, abría un hueco por entre las que quedaban, subía a la copa y comenzaba el proceso de cortar las hojas de la zona central de la copa o descogollar, hasta llegar a la médula y dejarla al descubierto; después ponía la canal y la “lata” o recipiente para recoger el guarapo.
Asimismo, en algunos casos y determinadas palmeras, quizás por sus características naturales y el riesgo al subir, los trepadores hacían unas “escarpias” en el tronco; o sea, cortaban y desprendían pequeños trozos de corteza de la palmera para apoyar ahí los pies; esas son las señales que se observan en las palmeras de la foto adjunta. A veces, también clavaban unas estacas en el tronco para usarlas con similar objetivo de apoyo.
Por otra parte, también era habitual poner un arco de chapa de cinc en el tronco, para evitar que las ratas subieran a comerse los dátiles o la zona curada para extraer el guarapo.
Resaltar que, durante esas prácticas tradicionales, era extraordinariamente raro que una palmera se muriera por hacerle los aprovechamientos citados. Porque, el “guarapero” que curaba la palmera procuraba hacer bien su trabajo, dado que, normalmente la palmera no era de su titularidad, sino realizaba el aprovechamiento de sus productos en acuerdo con la persona propietaria y a ambas interesaba que la palmera siguiera viva.
En este contexto, la palmera tenía un gran valor y, si una palmera se moría, era un desprestigio para el especializado “guarapero”, dado que podría dificultarle seguir haciendo esa actividad. Porque, en aquellos tiempos, los productos obtenidos, especialmente la miel de palma tenía mucho valor como bien de consumo familiar, o para cambiarla por otros productos o venderla para obtener un complemento económico familiar a otras actividades rurales.
Destacar también que la actividad de trepador de palmeras sólo era practicada por hombres, mientras las mujeres realizaban las tareas de cocinar y hacer la miel, siguiendo las pautas sociales de la distribución de tareas según roles de género de la época y contextos de la sociedad tradicional.
Aunque parezca una obviedad, y alguien pueda considerar que sobra este apunte, sin embargo, dado el surrealismo de algunas actividades que se observan en las formas de vida de la sociedad actual, recordar que este trabajo y tareas de trepar para subir palmeras no se hacía por divertimento o como practica de un deporte de riesgo, como es la moda de determinados ámbitos del ocio y deporte postmoderno, sino que, era una actividad tradicional del mundo rural que formaba parte de las economías de las familias y personas de aquellos contextos; en especial, realizada por personas muy necesitadas que arriesgaban su vida para alimentar a sus familias, como tiempo atrás otras personas humildes y necesitadas se jugaban la vida para recolectar la orchilla subiendo a roques y riscos.
Por lo tanto, las realidades históricas son referencias incuestionables de los riesgos de estas prácticas tradicionales, porque, los hechos demuestran que trepando palmeras sucedieron accidentes y personas lo pagaron con su vida.
Este texto surgió en memoria y reconocimiento a las personas trepadoras de palmeras que han realizado estas prácticas y tareas que tanto riesgo conllevan.

