En La Gomera, en tiempos de la sociedad rural tradicional, de las palmeras canarias (Phoenix canariensis) se extraían productos para múltiples usos y aprovechamientos.
Por ejemplo, con sus semillas (dátiles) se alimentaba a los cochinos; con sus hojas o “pencas” se alimentaban cabras, además, se usaban para hacer esteras, cestos (con el peciolo o “pirgüan” lasqueado), seretas (para transportar lapas, pescado u otros comestibles), escobas, cercar huertas para protegerlas del viento, techar pajares o corrales, hacer sombrajos, para encender el fuego del hogar y hacer humo al quemarlas junto a ramas de tabaiba seca para “ajumar” el queso, y hasta para hacer juguetes de sus “talajagues” así como flotadores, atados con ristras de platanera, para aprender a nadar en los estanques y charcos de los barrancos.
Ahora bien, el aprovechamiento más significativo de una palmera canaria ha sido, y sigue siéndolo, convertirla en “palmera guarapera”, para extraerle el “guarapo” (savia) y después de un proceso a fuego lento convertirlo en “miel de palma”.
Prácticas estas de obtención de miel de palma que, en tiempos actuales, se ha convertido en una actividad industrial en Gomera, que genera economía y permite vivir a muchas familias; como, a su vez, en épocas pasadas también facilitaron economías y alimento para muchas personas.
Sin embargo, realizar esta actividad peculiar e histórica de la cultura gomera, necesita del trabajo de personas que arriesgan su vida para trepar a las palmeras. Actualmente, esta operación se realiza con mejores medidas de seguridad que en otros tiempos, dado que, por una parte se procura hacer guaraperas a las palmeras de menor altura y, a su vez, se utilizan escaleras para subir, cuerdas y cinturones de seguridad, así como pasarelas para transitar entre copas de las palmeras cuando se encuentran agrupadas por su contigua situación.
El proceso de trabajo para hacer una palmera guarapera consiste en trepar a ella tronco arriba, al llegar debajo de la copa limpiar las hojas secas y las escobas con los frutos o dátiles si las tuviera, así como los “jarropones” de alrededor del tronco; después, se le quitan las hojas de la parte central de la copa y se corta un círculo en la zona del cogollo hasta encontrar la médula; posteriormente, se le pone una canal para que mane el guarapo por ella, y debajo se ata un cubo o “lata” para recoger el líquido o savia, que manará gota a gota durante la noche hasta recogerlo por la mañana (si se deja al sol se fermenta, se pone “picón” y no sirve).
Así que, si alguna vez usted tiene la suerte y oportunidad de que alguien le invite a “bajar guarapo” para beberlo in situ, para refrescar y reanimar el cuerpo con la dulzura y frescura de este manjar exquisito de la naturaleza, debe tener muy en cuenta, entre otros, dos condicionantes muy importantes para no causar perjuicios; de una parte, que ese hecho no se practique avanzada la noche; de otra, que la lata o envase para recoger el guarapo debe quedar bien colocada como la encontró; porque, de esa forma, durante el tiempo que restará de la noche, el recipiente volverá a recibir el sabroso jugo y con ello el guarapero no perderá todo el esfuerzo de su trabajo.
En este sentido, si usted quiere disfrutar de esta agradable experiencia, mejor busque un guarapero que le invite y, además de las previsiones anteriores, recuerde que aún con sus excelentes cualidades, si se deja llevar por el gusto y se ceba en tomar demasiado, es normal que después sienta el cuerpo demasiado “relajado”. Estas consecuencias físicas, experimentadas por otras muchas personas, han quedado reflejadas en el imaginario social con el siguiente pié de romance: “no tomes mucho guarapo que te pone como un trapo”.
Por otra parte, “curar la palmera” significa quitarle a la médula, con un “formón”, una fina capa de “toza” para provocar que siga manando guarapo. Esta operación se realiza cada tarde.
Llegados a este punto, otra cuestión relevante es quién es la persona atrevida que trepa a curar la palmera; aunque, de eso trataremos en la segunda parte de este relato.

