En el año 1927, la Revista Hespérides publica un monográfico sobre La Gomera. Entre otros contenidos de interés histórico, se encuentra una leyenda gomera bajo el título “Hupalupu”, firmada su autoría en San Sebastián de la Gomera por Rosendo Armas.
Este relato hace referencia a hechos acontecidos en el siglo XV, en tiempos de la rebelión del pueblo gomero, cuando el gánigo de Guahedum se quebró, sus consecuencias y las crueles y dramáticas realidades sociales y personales. Porque, la población aborigen gomera sufría tratos vejatorios, esclavitud y el cruel e infame abuso de poder a cargo de individuos llegados desde Europa.
Ante ese tipo de situaciones, en aquellos tiempos, como posteriormente ha acontecido en esta isla o en cualquier lugar de la Tierra, además de intentar hacer frente al opresor, migrar era un recurso para buscar nuevos horizontes, sobrevivir e intentar iniciar nuevas formas de vida.
El contenido de esta leyenda transmite la perspectiva ideal del mundo aborigen, con sus aspectos realistas, al tiempo que localiza en el escenario las situaciones del contexto histórico y las vivencias, motivaciones, percepciones y ética personal.
A CONTINUACIÓN EL TEXTO DE LA LEYENDA:
I
En la isla que brotara del seno del inmenso mar, espejo de prístina maravilla de un risueño, cerúleo cielo, acaeció lo que voy a referir.
Mostraba la tierra el desperezo voluptuoso del mañanero despertar. Arriba, en las altas cumbres cubiertas de bosques vírgenes, en las agradables frondas, mientras la paloma, rauda y muda, batía sus alas, el mirlo y el capirote, trovadores anunciantes del nuevo día, entonaban sus cánticos inimitables; y era abajo, en las estribaciones de las elevadas montañas, operadoras del milagro fecundo de los trigales, donde el jilguero lanzaba al aire sus mélicas notas y, ajenas a ellas, la cabra v la oveja tranquilas pacían. Una brisa leve acariciaba los árboles y las plantas… Todo decía de dichas supremas. Hasta el mar, trajinante e inquieto, hallábase en quietud aparente. Cuan pródigas en caricias sus olas en las rientes playas del Sur… Pero ¡ah!, el monstruo bello adormilado no estaba, que en los altos acantilados del Norte batía su furia de titán indómito, dejando en las peñas la señal de sus celos, catarata invertida de impoluta espuma.
Cabalgaban allá en el horizonte, sobre el lápiz lázuli intenso, las nubes blancas deshechas en jirones. Antes fueron grises, después violáceas, ahora cintas color tango con bordes gualdos, hasta que súbitas enrojecieron ante la aparición del disco rojo, que parecía realmente emerger del seno mismo de las aguas. Luego fué la explosión de los áureos chorros. Febo, armóse del poder imponderable de sus cegantes rayos, y la isla de las cascadas, de las altivas montañas y los profundos barrancos, quedó envuelta en torrentes de luz…
En el mar, sobre una peña que el propio mar circundaba, hallábanse reunidos los tres indígenas.
Llamábanse Iballa, Hupalupu y Ajeche. Dedicábanse afanosos a inflar de aíre tres grandes foles, y mientras esto hacían sostuvieron el siguiente diálogo.
Quedo hablaron, pero hubo no obstante quien los oyera: sobre sus cabezas se cernía, como pintada mariposa, el estro delirante del poeta, para contar luego a las generaciones venideras, lo que allí dijeron y sucedió.
Hélo aquí:
HUPALUPU.—Inútiles nuestros sueños de liberación, vanos son nuestros deseos de pertenecernos, Ajeche. ¡Qué triste!
AJECHE-—No ha sido por falta de valor. Héroes teníamos como Hantacuperche —¡pobre amigo! —… ¿Pero qué valen nuestros esfuerzos, Hupalupu, ante su poder tan grande?… ¡Por Garajonay! los auxilia el diablo, con que ellos nos amedrentan.
IBALLA. — ¿Y dicen, padre, que el general ha ¡prometido perdonar a quien concurra a los funerales?
HUPALUPU. — Sí, hija, sí. Eso dice el pregón. Tan cándidos nos creen. ¡Pero qué torpes! Ya ha corrido lo acordado, por todos los cantones, tan ligero como el silbo. Los de Mulagua, Agana, Ipálan, Orone, no lo ignoran:-—“Dicen que mataron al Conde” Eso dicen, contestarán todos.
IBALLA-— Y también vino el obispo. Parece ser hombre bueno.
AJECHE.— Sí, eso dicen.
HUPALUPU.— ¿Pero que nos importa a nosotros sus bondades? ¡Buenos..! No, ninguno de ellos es bueno, Buenos, y son dueños de lo que no les pertenece. ¡Ah, y no cae sobre ellos el rayo de la venganza. La tierra es nuestra, Ajache; la tierra es nuestra, Iballa. Yo la quiero ver libre como antes.
Sólo para nosotros, únicamente para los de nuestra raza. ¡Qué se vayan!, ¡qué se vayan! No los queremos. Que se lleven sus adelantos, su civilización, de que tanto nos han hablado; sus espadas relucientes, sus mortíferas máquinas de guerra. Que nos dejen el dardo y la piedra, como a nuestros antepasados, y disfrutar libérrimos de la paz de nuestros valles y del tranquilo vivir de antaño. ¿Para qué nosotros queremos su civilización, si somos sus esclavos?… ¡Que se lo lleven todo: sus santos, su religión… y hasta sus espejos: a nosotros nos bastan las montañas y los cielos y el limpio cristal de las fuentes…
Ajeche, Iballa, hijos míos, escuchadme:
Hubo un corto silencio. Luego habló Iballa.
IBALLA.—Padre, tu que lees en las estrellas en lis noches claras, dime, ¿no nos libertará el amor? Ellos lambien aman.
AJECHE.—Iballa. ¿no eres mía?
IBALLA.—¿Tienes celos, Ajeche? Tuya, siempre tuya.
HUPALUPU.— ¿El amor?..- ¡Nunca! Oue se conserve para nuestra raza…. (Pausa) Ajeche, Iballa, hijos míos, escuchadme.
IBALLA.—Si, padre.
AJECHE.— SÍ. Hupalupu, te escucho.
HUPALUPU. — Confiad este secreto al mar como yo lo había confiado. Camalahuige, mi hijo, no se dió la muerte… Yo mismo lo maté…
IBALLA. — ¡Padre!…
HUPALUPA.— Escuchad. Fué una mañana tan clara y tan bella como la de este día. A nado fuimos a la “Baja”, Ya allí, dije a Camalahuige: “Tenemos que librarnos de tanto oprobio y tanta tiranía: es preciso que matemos al conde”- Y él me replicó, pálido *y *asustado: “Padre, padre,.. ¿y si lo saben?… No pude contenerme… Cobarde, vergüenza de nuestra raza… Si lo saben es por tí!…”
Y le eché las manos al cuello… Cuando lo solté, su cuerpo inerte cayó en la roca; fuese rápido roca abajo, y se lo tragó el mar…
¡Horror!.. ¡Le había matado!…
¡Pero no!..- ¡Ayudadme a quitar este enorme peso que me ahoga!… ¡Yo no le maté! ¡Decid que yo no lo* maté!…¡Le mato este ciego amor que le tuve a la tierra,., a esta tierra ya maldita que nos *ha abandonado!…
Ajeche, Iballa: hacemos bien… !Huyamos de la tierra, que tan mal nos paga!…
….
Ya habían terminado de inflar los grandes foles. Cada cual se ató el suyo fuertemente a la cintura.
- Tiraos al agua, dijo con autoritaria bondad Hupalupu.
Ajeche fué el primero en cumplir el mandato.
Luego Iballa, diciendo:
— Ahora tú, padre.
— Pronto, hija mia:* *deja que por última vez bese la tierra.
Y esto expresando, tendióse sobre la joca y queriéndola contundir en su pecho, en un apretado abrazo, empezó a llorar como un niño.
— Padre, madre — decía, cariñosa, Iballa,— ahora, arrójate, ven, ven.
Hupalupu los miraba ahogado en llanto.
— ¿Qué yo vaya? ¡Imposible! No puedo. Yo no, yo no! ¡Quiero que mi tierra recoja mi último aliento!… ¡Adiós, adiós, hijos míos! Sed felices. Que Achinech os proteja y os ampare.
E Iballa y Ajeche, unidos por la hermosa cadena de los brazos, opresores amorosos, fuéronse alejando, alejando de la peña, columpiados por las suaves olas…
Inútiles los ruegos insistentes de los amantes. Nada consiguieron. Ya gritaban con toda la fuerza de sus pulmones:
Padre, padre, ahora, arrójate, ven, ¡ven!. .
Luego…, ya no oyó más el adivino Hupalupu.
El murmullo de las aguas había apagado el eco de la voz* *de los amantes.
Empero, él continuaba sobre la peñaa, agitando sus brazos y con desgarradores gritos de angustía, diciendo:
— ¡Adiós, adiós, hijos míos! ¡Sed felices!… Que Achinech os proteja y os ampare.
…
Allá en la inmensa lejanía azul, flotaban los cuerpos hermosos como una floración. Al aire el bello tronco desnudo, tremolando la espesa y larga cabellera, diríase Iballa auténtica Nereida. El tesoro de sus lágrimas rodaba por sus mejillas y de sus labios brotaban palabras de cariño y de dolor.
¡Allá quedaba sobre la roca su infortunado!…
Ajeche la daba el consuelo de sus besos. También a ambos enamorados besaba el mar, y, cara a la tierra que los vio nacer, juntos se iban alejando, alejando, camino de la mansión del soberano Echeide…
II
HUPALUPU—. (Sobre la peña circundada por el mar) Perdonados estáis, si; pero no podréis jactaros de poseerme estando vivo. Yo mismo sellaré con mi sangre la tragedia de Guahedum- !Adios, hijos mios! ¡Adiós, tierra m a, también perdonada estás!…
(Sacando un puñal. Un rayo de sol quebróse en la hoja del acero.)
—Me sirve vuestra propia civilización para darme muerte.
…Y el cuerpo desplomose sobre la roca… Sobre ella también revoloteó una blanca gaviota, que espantada remontó su vuelo a la altura.
Las olas lamían la preciosa sangre.
Por fin, el cuerpo quedó flotando sobre las aguas, y mecido por las ondulantes olas, se iba alejando, alejando…
Y dice la fantasía loca, delirante, del poeta, que el mar susurró al oído de Hupalupu las palabras del hijo pusilámine: “Padre, padre… ¿y si lo saben?…
Rosendo Armas.
San Sebastián de la Gomera, octubre 1927.





