El Cercado, La Gomera.

Quizás, su denominación deriva de una zona acotada, por ejemplo, para preservar ese espacio como zona agrícola tradicional de cultivo de cereales; un tema a investigar y contrastar.
Ahora bien, si hay un referente cultural a destacar en El Cercado es la alfarería, y dos mujeres relevantes han sido transmisoras de estas prácticas de la cultura aborigen, Guadalupe y Rufina.
Por otra parte, el contenido del romance «quién ha visto en El Cercado, casas de cemento armado», también refleja la referencia del imaginario social a un pueblo de cultura tradicional que conservó su arquitectura y cultura original; mientras, otros, en los fondos de los valles, se «modernizaban» con los nuevos modelos de inmuebles y modas foráneas que penetraban por las zonas costeras y pescantes.

Leonardo Torriani y la Gomera.

De la conquista de la isla de La Gomera.

Leonardo Torriani (Cremona) fue un ingeniero contratado por la Corte de España para realizar y mejorar fortificaciones militares en Canarias, en las décadas de los ochenta y noventa del S. XVI. Sus informes y observaciones son una importante fuente para el conocimiento de la Historia de Canarias.

Respecto a Gomera, al leer el texto abajo expuesto, es razonable interpretar que Torriani consideraba «viciosa y de malas inclinaciones» las actitudes y comportamientos de los aborígenes gomeros; aunque, en este sentido, también se podría considerar como “normal” sus opiniones, observadas en el contexto ideológico del etnocentrismo cultural europeo de aquellos tiempos.

Ahora bien, desde una perspectiva humanista, observada en cualquier época y contexto social, mucho de bueno tendría aquella sociedad aborigen gomera, dado que, por una parte, perdonaron la vida a los invasores que asesinaron a vecinos y familiares; por otra, como menciona el propio Torriani, el presbítero socializador “se casó con una de sus mujeres, y después vino a hacerse él mismo idólatra”; o sea, el cura que se quedó en la isla para socializar, a su vez fue socializado por la población aborigen de Gomera, aunque,
otras evidencias históricas muestran que también su influencia religiosa tuvo repercusión en el futuro de la isla.

A continuación, texto parcial de la obra de Leonardo Torriani, traducida en su momento por Alejandro Cioranescu:

«Año de 1384, don Fernando Ormel de Castro, hidalgo gallego, habiendo salido de La Coruña con una pequeña armada, para descubrir la isla de Madera, que por aquellos tiempos solía aparecer a los navegantes, llegó aquí a esta isla de La Gomera. Al desembarcar en la tierra, con algunos soldados, le ofreció resistencia un hermano de un señor de la isla, llamado Amaluige, junto con algunos isleños, los cuales fueron repentinamente repelidos y heridos por los españoles. Al ruido de la pelea se reunieron todos los isleños, los cuales hallaron a los cristianos alejados del mar, y en medio de la batalla; y los obligaron a retirarse a un sitio alto, que en la lengua antigua se dice Argodei, que significa ´fortaleza`, por estar formada por un risco muy alto, la cual, igual que la Rocca di San León en la Marca Anconitana, tiene entrada por un solo lado.

Estando allí los cristianos, gravemente asediados y sin esperanza de poder salir de allí con la vida, con ruegos y piadosas señales pedían paz a los isleños; los cuales, por la voluntad de Dios, no sólo les otorgaron la paz que ellos pedían, sino que también se hicieron cristianos. Y de allí en adelante empezaron a abandonar los nombres antiguos, tomando nombres de santos; y estos-nombres; se conservaron entre muchos de ellos, hasta el año de 1420, cuando Juan de Letancurt los redujo a todos a la fe cristiana, sin oposición. Porque dicen aquéllos que recogieron los restos de estas noticias, que don Hernando, Orrnel, a la salida que hizo de esta isla, les dejó un presbítero en lugar de obispo. Este destruyó en gran parte la idolatría; pero, por ser él mismo vicioso y de malas inclinaciones, o, según más bien creo, por miedo de ser muerto por alguno de aquellos gomeros, se casó con una de sus mujeres, y después vino a hacerse él mismo idólatra”

En “Descripción de las Islas Canarias”; L. Torriani. Goya Ediciones, 1959: 205-206.

El silbo articulado en la Gomera.

Este es el título de un texto que inserto a continuación sobre el silbo en La Gomera, publicado en un artículo de Juan Béthencourt Alfonso (1848- 1913), doctor en medicina e investigador con trabajos relevantes sobre el mundo aborigen y la sociedad canaria.

Texto en “Revista de Canarias” nº 71, publicado el 8 de noviembre de 1881:

El silbo articulado en la Gomera.

La isla de la Gomera es una de las más hermosas del archipiélago canario.

Calumniada por los que no la han visitado, ó sólo dada á conocer bajo el criterio estrecho de las pocas comodidades que ofrecen sus caminos, es lo cierto que la generalidad de las personas tienen un concepto muy equivocado de su suelo, de su riqueza y hasta de la cultura de sus habitantes, tan generosos y desprendidos con todo viajero que llega á sus playas.

Surcada por numerosos y profundos barrancos, y cubierta de montañas y elevadas cordilleras de traquita, basalto, piedra pómez, fonolita, trefina y otras pocas ígneas, unas veces dispuestas por capas conservando cierto paralelismo, y otras dislocadas, revueltas y en confuso desórden, como para atestiguar la intensidad de los fenómenos de volcanismo que ha experimentado la isla en el trascurso de los tiempos, ofrece, si bien un suelo fragoso y accidentado, tan magníficos paisajes y agradables perspectivas, valles tan pintorescos, que no es fácil encontrar otra región de sus cortas dimensiones donde se sucedan, de un modo tan inesperado y frecuente, los cambios bellísimos de escena que en la Gomera.

No es posible describir los frondosos bosques de viñáticos, con sus robustos troncos de muchos metros de circunferencia, de acebiños, hayas, brezos y laureles que coronan sus cumbres, y de orijamas, sabinas, barbusanos y mocaneras que cubren sus costas, todos de exuberante vegetación y vitalidad tropical; ni el valle de San Sebastian, con sus elegantes palmeras, su histórico torreón y su deliciosa cañada de algunos kilómetros, cuajada de verdes árboles; ni el de Hermigua, con su extenso cultivo de tuneras, su hermosa campiña y las vertientes de sus montañas cubiertas de follaje; ni el de valle Gran-Rey, con su riachuelo y feraces huertas, sus cañaverales, algodoneros y lomas vestidas de ñameras; ni los de Valle-Hermoso, Benchijigua, Herques, y otros muchos de encantador aspecto y rico suelo, ocultos entre las profundas arrugas de la isla; ni el elevado risco de Agulo, cortado á tajo y tapizado de vegetales, con su magnífica cascada en el centro derramando la vida sobre aquel bonito pueblo; ni los imponentes abismos y altísimos picachos de extraordinaria sublimidad; ni sus costas bravas; ni su Roque de los Órganos, caprichosa y bellísima creación de las fuerzas mecánicas; ni sus acantilados de asombrosa altura, que parecen verdaderos cortes idéales de geólogos; no, no es posible describir aquella magnificencia, aquellos contrastes y bruscos cambios de hermosos panoramas, aquel conjunto de atractivos sin cuento para los hombres amantes del estudio de la naturaleza.

Pero la Gomera no interesa solamente por la belleza de sus campos, por la vegetación de sus montañas y sus valles pintorescos: la Gomera ofrece también á los antropólogos y etnógrafos sobrados motivos para inclinarles el ánimo á emprender trabajos serios relativos á los estudios prehistóricos de las islas.

En las entrañas de las cuevas de los barrancos, en las cimas de las montañas, en los prismas de basalto de las costas, en los concheros de las playas, se encuentran vestigios de las costumbres funerarias de los antiguos gomeros, de sus creencias religiosas, de su industria y de su género de vida; así como en los hábitos, lenguaje y caracteres orgánicos, intelectuales y morales de los actuales habitantes, se descubre algo de la vida íntima de aquella sociedad pasada, no poco del idioma y bastante de las condiciones físico-morales de los primitivos gomeros.

Indicar algunas de estas particularidades que se relacionan con la cuestión del origen del pueblo gomero, y que hasta hoy, que sepamos, no han sido mencionadas por los historiadores de la isla, es el objeto de éste y otros artículos; y decimos indicar, porque no haremos otra cosa qué exponer nuestras observaciones, á fin de que personas competentes y de sólida ilustración en la materia las estudien, si las creen de verdadera utilidad para la investigación y solución del problema que á todos nos interesa aclarar.

Una de las cosas más curiosas que los gomeros del dia conservan de sus antepasados los primitivos gomeros,es un acto de significación, el silbido, elevadoá la categoría de un verdadero lenguaje de expresiónarticulado. El viajero que por primera ocasión visitela isla é ignore el fenómeno de que nos ocupamos,no deja de llamarle la atención oir por todas partessilbidos, ora suaves y cadenciosos que imitan áveces el melodioso canto de las aves, ora intensos yrobustos, como el de la locomotora, que ensordece yaturde; ya ligeros, rápidos, imperativos, como queordenan, ó bien sostenidos, suplicantes y temerosos,como quien ruega y da largas explicaciones.

¡Qué lejos estará el viajero de presumir que quizás su propia persona sea la causa de tantos silbidos!

El mismo guía que le acompaña, y que repentinamente se pone á silbar obedeciendo a las excitación y preguntas que les dirigen desde las alturas dé una montaña, desde las profundidades de un valle ó de la espesura de un bosque, está diciendo á millares-de seres humanos, sin darse uno cuenta de lo que sucede, cómo se llama la persona que conduce, de dónde es, á dónde va, qué profesión tiene, por qué recorre los pueblos de la isla; en una palabra, les dice minuciosa y detalladamente la vida pública y privada del viajero, sí la conoce y quiere contarla.

Éste singular medio de expresion, que no son silbidos convencionales y limitados como sucede entre ciertas gentes, para avisarse dé algún peligro, por ejemplo, y que con anticipación seponen de acuerdo para tomarlo como señal ó consigna, es un verdadero lenguaje articulado, muy generalizado en aquel pueblo, que les da la facilidad de trasmitir las noticias con una rapidez asombrosa, casi telegráfica.

Creemos no exista otro pueblo en la tierra donde se verifique semejante fenómeno; y hasta el mismo fisiólogo Dodart, con seguridad, al admitir su glotis/ labial, ignoraba el importante papel que ésta desempeñaba entre millares de gomeros.

No es éste el momento más oportuno para ensayar una explicación fisiológica sobre la formación del silbo articulado; pero sí debemos manifestar que los gomeros lo producen empleando tres principales procedimientos, ó mejor, modalidades de un mismo fenómeno fundamental.

1. ° Contrayendo y dirigiendo los labios hacia adelanté, de manera que deje entre ellos una pequeña abertura más ó menos redondeada.

2. º Dilatando lateralmente los labios y aproximándolos de modo que formen una hendidura transversal y estrecha, á cuyo centro se aplica la lengua dispuesta en forma de pequeño canal ó embudo; y

3. ° Apoyando la extremidad de un dedo sobre la lengua, ó la de dos dedos semejantes dispuestos en V, con el vértice hacia el fondo de la boca; ya colocando entre los arcos dentarios (que es el más usado), por su cara dorsal y en flexión, cualquiera de los cuatro últimos dedos, ó bien el arco formado por la unión de la extremidad libre del pulgar con la de cualquiera de los restantes dedos de la misma mano.

En todos estos procedimientos, que pone á los gomeros en posesión de un registro de silbidos que puede recorrer cerca de dos octavas, si bien en sus conversaciones ordinarias no pasan de media, los labios (y los dedos cuando se emplean) son los agentes del sonido, así como la lengua es el factor principal en la articulación del silbo, en el que hay que distinguir, lo mismo que en la voz, su timbre, tono, intensidad y duración.

Los que no están muy habituados á oir hablar silbando, no solamente no entenderán ni una palabra, por más que los gomeros dialoguen perfectamente, y hasta se conocen y distinguen por el timbre aunque no se vean y silben varios á la vez, sino que es difícil soportar la intensidad del silbido cuando se está al lado de uno que habla dirigiéndose á otro que se encuentra á gran distancia.

No terminaremos estos ligeros apuntes sobre el hecho extraordinario de haber un pueblo que heredó de los primitivos gomeros la facultad de comunicar sus ideas y pensamientos por medio del silbido articulado, sin manifestar, aunque con reserva y timidez, la síntesis de nuestras observaciones relativas á tan singular lenguaje.

No es posible poner en duda, por el estudio de los caracteres físicos en el vivo, que los habitantes de la Gomera proceden, por lo menos, de dos distintas razas (descartados los elementos europeo y africano posteriores á la conquista), caracterizada la una por sus cabellos rubios, ojos azules, color blanco y facciones semejantes á los descendientes del guanche rubio de Tenerife v Hierro, y la otra por sus cabellos y ojos negros, pómulos pronunciados, color muy moreno con ligero tinte aceitunado, boca grande con labios tensos, y de continente osado y atrevido.

Ahora bien: dada la existencia de estos dos elementos, como cualquiera puede apreciarlos, y siendo innegable el hecho raro y singularísimo de que en aquella parte se emplea el silbido articulado desde los tiempos de los primitivos gomeros, ¿es ilógico deducir que una de las dos razas, probablemente la morena, tuviera como único medio de trasmitir sus pensamientos el lenguaje que llamaremos sibilado?

Si inventó el hombre la palabra, la voz articulada, no pudo existir en un punto de la tierra circunstancias particulares, quizas el ejemplo que le ofreciera la naturaleza en las aves, que le moviera á inventar el silbido articulado en lugar de la voz articulada? Acaso el fenómeno no es idéntico? Bajo el punto de vista fisiológico, no es lo mismo?

La raza autóctona de la Gomera, invadida y mezclada más tarde con otra, pudo aprender la voz articulada; pero á su vez también pudo enseñar el silbido articulado, razón por la que ambos pueblos han podido conservar ambos lenguajes (de los que tenemos vestigios), para emplearlos según las necesidades de la vida.

Los fundamentos en que apoyamos esta hipótesis son:

1. º En el hecho extraordinario de existir exclusivamente en la Gomera el silbido articulado desde los tiempos anteriores á la conquista.

2. ° En la tradición. Los historiadores que se ocuparon del origen y lenguaje de los gomeros, convienen en que estos “apenas usaban de la lengua para las precisas articulaciones”. Bontier y Le-Verrier dicen: “Su lenguaje es muy estraño, porque hablan con los labios como si no tuviesen lengua.” Sin duda, de aquí nació la vulgar tradición de que la Gomera fue poblada por hombres á quienes un príncipe les había hecho cortar la lengua por cierto delito. ¿Nacería esta tradición de que los gomeros hablaron con frecuencia silbando, circunstancia en que no se fijaban los extranjeros por ignorar que se pudiera hablar de este modo?

3. ° Porque los gomeros del dia aún emplean, cuando hablan silbando, voces extrañas que no corresponden á las voces de su primitiva lengua ó á otra conocida. Así, por ejemplo, la palabra cabra, en su lengua primitiva es miñaja, y al llamarla silbando emplean un sonido particular; la -áe oveja, es tufa, ojis, y al llamarla silbando emplean un sonido quepuede traducirse por aó, etc.

Para terminar diremos, que si bien no tenemos aún bases concluyentes para demostrar que el autóctono de la Gomera pudo inventar el lenguaje sibilado antes que la voz articulada, cosa qué no creemos racionalmente imposible, y que hasta hay motivos para sospechar, está fuera de toda duda que los primitivos gomeros podían trasmitir sus pensamientos por medio de silbidos, hecho, para nosotros, verdaderamente digno de ocupar la atención de las personas ilustradas.

JUAN BÉTHENCOURT ALFONSO.

Puerto de San Sebastián. Condes y Piratas.

Durante el S. XVI el puerto de San Sebastián es considerado por algunos autores como el mejor de las Islas Canarias, siendo hasta mediados del S. XVII muy transitado por barcos en la ruta de América.
En el declive de este puerto natural, Mederos y Escribano, en su trabajo “Fondeaderos y Puertos de La Gomera y El Hierro” (Anuario de Estudios Atlánticos num. 44, 1998), apuntan que intervienen diversos factores. De una parte, el derrumbe de la industria azucarera (segunda mitad del S. XVI); de otra, el auge de los puertos en las islas de realengo (Gran Canaria, Tenerife y La Palma); a su vez, la ausencia de inversiones por parte de los señores de La Gomera para realizar fortificaciones y con ello mejorar la defensa de la isla ante los piratas (12 ataques entre 1553 y 1618).
Respecto al desinterés por la seguridad de la isla, por ejemplo, es clamoroso el comportamiento del conde Diego de Ayala y Rojas para evitar gastos y para lucrarse del contrabando con los piratas; connivencia esta puesta especialmente de manifiesto en el ataque de Jean de Capdeville en 1571.
En su obra “Piraterías y Ataques Navales contra las Islas Canarias” (Tomo I- 3), Rumeu de Armas relata algunos “relajos” del citado conde Diego de Ayala; como queda constancia en el contenido del parte que la Inquisición puso en conocimiento de la Suprema de Madrid:
«En la Gomera—decían—todos los vezinos de ella admiten armadas de franceses, yngleses, piratas y luteranos que a aquella ysla vienen y tratan y contratan con ellos publicamente y los provehen de todo lo que an menester y les hazen presentes y los reciben de ellos, y assi recibieron la armada que robo a la ysla de la Madera y a Xaques de Soria, y a Juan Buentiempo y a Juan Acles y a otros franceses [e] ingleses que son luteranos…» (pp. 551-52).
De todas maneras, añade Rumeu de Armas, “la suerte del conde de La Gomera siempre debió ser mejor que la de sus súbditos, pues en 1574 fray Alonso de las Roelas protestaba de la benevolencia del Santo Oficio declarando: ¡Plegué a Dios que al conde de la Gomera algún dia le prendan…como a sus vasallos!”.
Pero esto no fue todo, porque, el citado conde Diego de Ayala, con objetivos más utilitarios que patrióticos, el 24 de agosto del año 1571 “introdujo al enemigo en casa”, cuando le franqueó confiado la entrada al corsario calvinista Jean Caduilh o Capdeville, dándole este sangre y fuego por mercancía, quemando La Villa por los cuatro costados, haciendo cautivos y asesinando sin piedad.
Por lo tanto, la historia de Gomera, este y otros hechos, demuestran que, a través de los tiempos, el poder de los “Señores” y Condes ha sido el origen y factor determinante de la precaria e injusta situación socioeconómica de La Gomera; porque, siempre se han caracterizado por su comportamiento cruel, indigno y egoísta, de sólo velar por sus intereses individuales y los de su entorno inmediato, rapiñando lo que se producía en la isla y, como ocurrió en el caso de los negocios con la piratería, promoviendo y dejando al pueblo gomero vulnerable a los intereses foráneos.