
Bailadero de Punta Anaga
En Anaga, existen al menos cuatro lugares llamados “El Bailadero”, y corresponden a cada una de las imágenes que se adjuntan.
El Bailadero, (Santa Cruz de Tenerife), dónde actualmente se encuentra el cementerio de la Punta de Anaga.
El Bailadero en la cumbre de Taganana (Santa Cruz de Tenerife), dónde se observa ese edificio verde tan impactante (actualmente se está demoliendo), torres y repetidores.
El Bailadero en Chinamada (San Cristóbal de La Laguna), en un morro situado junto al Camino de Chinamada; dónde curiosamente hay una cruz, que según manifiesta una vecina: “siempre la he visto ahí,…antes la enramábamos el “Día de La Cruz”,…dicen que ahí antes bailaban las brujas”.
El Bailadero de La Orilla (Tegueste), en una zona también llamada “Llano de las Brujas”.
Por lo observado, resulta curioso el hecho de que en lugares llamados “El Bailadero”, actualmente exista un cementerio, haya una cruz, la zona también se denomine “Llano de las Brujas”, y según referencias del imaginario social, la tradición oral haya trasmitido que esos lugares se llaman así “…porque ahí bailaban las brujas”, como me ha manifestado una señora mayor nacida en Chinamada, y como he escuchado de otros testimonios de personas en Tenerife, La Gomera y La Palma; islas dónde, además de El Hierro, Gran Canaria y Lanzarote, también existen lugares con similar toponimia.
Acerca de la toponimia y la denominación bailadero, la profesora de filología Carmen Díaz Alayón, en su artículo “Topónimos de lugares sagrados en las Canarias prehispánicas” (2010), citando a varios autores (Abreu Galindo, Fructuoso, Espinosa, Edmund Scory y José María Zuaznávar), considera que la voz hispánica original parece haber sido baladero, denominación que proviene de “una de las costumbres religiosas más pintorescas de los indígenas y de la que dan cuenta varios cronistas”.
A este respecto, Díaz Alayón cita un texto de José María Zuaznávar, escrito en su “Diario de mis ocupaciones durante mi mansión en Telde a fines del año 1805 y principios de 1806”, en el que se puede esclarecer la evolución de la voz baladero por la de bailadero:
“También vi este día una hacienda de don Agustín La Rache, vecino del ´Real de Las Palmas`, situada a la entrada del pueblo en la ori\la del Barranco; hoy la \laman el ´Bailadero`; pero Cristina Báñez, muger de Alonso Matos, cuya era el año 1570, le da el nombre de ´Baladero` en su testamento otorgado aquel año ante Juan de la Vega, sin duda porque, según tradición que hay en el pueblo de ´Telde`, confirmada por Núñez de La Peña, cuando los ´Canarios` imploraban la misericordia de Dios encerrando su ganado lanar en una gran plaza tosca que hay en dicha hacienda junto al barranco, donde se veían perseguidos de la hambre, de la peste o de otra cosa semejante, privándolo de pasto y comida por unos quantos días, le obligaban a ´balar`, lo cual consideraban como un medio de implorar la misericordia divina”.
Asimismo, Díaz Alayón reseña que los textos antiguos no dejan constancia de la voz indígena que denominaba estos lugares; aunque, el investigador D. J. Wölfel en su “Monumenta Linguae Canariae” considera que la forma indígena para “baladero” sería el topónimo del Hierro “Tacuitunta”, que analiza como “ta-kwutu-n-ta”, con significado “lugar de balidos”.
Por otra parte, Luis Diego Cuscoy, en su obra “Los Guanches” (1968), menciona que estos lugares suelen encontrarse en áreas manifiestamente pastoriles, como “El Bailadero”, “paraje bien conocido, emplazado en un alto del macizo de Anaga y desde el cual se divisan las dos vertientes” (1968: 115).
Cuscoy aquí se refiere a “El Bailadero” de la cumbre de Taganana y, a su vez, destaca la importancia de esta zona cuando escribe:
“La existencia de un ´tagoror` en Taganana indica que esta localidad fue cabeza del menceyato. (…). Desde el punto de vista socioantropológico, Anaga es zona donde se practica la momificación con manifiesta frecuencia (Schwidetzky, 1063), lo que revela un nivel económico y social de cierto relieve. Y ya se sabe que esto va aparejado con la posesión de ganado abundante” (Cuscoy, 1968: 129).
A su vez, Cuscoy ( 1968: 115) cita un texto de Espinosa, en el que se recoge el rito practicado por los guanches con su ganado en estos lugares: “…juntaban las ovejas en ciertos lugares que para esto estaban destinados, que llamaban ´el bailadero`de las ovejas, y hincando una vara o lanza en el suelo, apartaban las crías de las ovejas, y hacían estar las madres alrededor de la lanza dando balidos, y con esta ceremonia entendían los naturales que Dios se aplacaba, y oía el balido de las ovejas, y les proveía de temporales”.
Llegado este punto del relato, intentar comprender mejor este rito conlleva acercarse a la ideología de los guanches, a su universo espiritual y religioso; aunque Cuscoy destaque las dificultades para penetrar en ese espacio celosamente guardado por los aborígenes y la falta de interés de los conquistadores y otras personas para indagar y transmitir esos vestigios culturales.
Aún así, y las pocas referencias transmitidas, individuos de aquellos tiempos post-conquista recogieron noticias sobre la existencia de divinidades, roques y lugares sagrados, ritos funerarios (que reflejan el culto a los muertos y con ello el culto a dioses), mitos, ritos pastoriles y fiestas solsciticiales, aunque poco se sabe de los detalles de estos hechos y referencias.
Varios autores (Azurara, Cadamosto, Espinosa, Torriani, Viana y Abreu Galindo), escribieron que los guanches creían en un ser superior, un dios del cielo, una divinidad de la lluvia, “…de las tormentas de los poderes atmosféricos y de las fuerzas de la naturaleza, cuyos efectos padecía pero cuyas causas no podía explicarse” (1968: 114).
En este sentido, la protección y la supervivencia del ganado y obtener de las cosechas el mejor fruto, serían las razones que empujaban al guanche hacia el campo de las creencias y de la religión.
Pasado el tiempo, realizada la conquista a finales del S. XV, el mundo guanche, su sociedad y cultura, es destruida por la nueva cultura dominante implantada por conquistadores y colonos; fuerza especialmente sustentada por la influencia de la todopoderosa religión católica, que impuso su ideología totalitaria, al tiempo que promovió la subversión y tergiversación de los vestigios culturales que quedaban de la sociedad aborigen.
En este sentido, de similar forma que en otros lugares se sobrepusieron catedrales dónde antes existían mezquitas (por ejemplo La Giralda en Sevilla), en Canarias se convirtieron en herejías las antiguas prácticas rituales; así como, lugares de ritos antiguos como los “baladeros”, la nueva cultura dominante los transformó en bailaderos, lugares sospechosos de cultos malignos, dónde las brujas realizaban sus bailes.



