¿Las Rosas o Las Rozas?


En algunos municipios de Canarias, por ejemplo Mazo y El Paso en La Palma, Agulo y Vallehermoso en La Gomera, La Esperanza en Tenerife, existen lugares denominados “Las Rosas”.

Admitiendo que los topónimos se forman a partir de una necesidad, y denominar algo de una manera es una necesidad de comunicación, en este sentido, como bien plantea Eladio Santana Martel en su tesis doctoral, “quizá la primera pregunta que surja sea por qué a un determinado lugar lo hemos llamado así, y no de otra manera; qué nos ha movido a darle tal denominación” (Santana Martel: “La toponimia de Gran Canaria. Estudio Morfosintáctico y Estadístico”, 1998: 32).

A su vez, el citado autor comparte en su tesis la hipótesis de trabajo de Morala (1992), quién señala: “…todo topónimo fue en sus orígenes un nombre común y, por consiguiente, aunque sincrónicamente hoy sólo sea una secuencia de sonidos cuya única función es la identificar una parte del espacio geográfico, desde una perspectiva diacrónica tiene también un significado que, en sus orígenes, estaría perfectamente claro para los hablantes que comenzaron a usarlo”.

En esta perspectiva, en cuanto a buscar respuestas a la cuestión del título de este post, ¿Las Rosas o Las Rozas?, dada la localización de estos lugares, situados en zonas de medianías, en el monte o en su cercanía, dónde también existen diversos parajes y fincas que en su denominación contienen la palabra “rosa” (por ejemplo: “la rosa”, “la rosa de…”, “…de la rosa”, “banda de las rosas”, “rosa de las piedras”, etc.), bien se podría pensar que la denominación del topónimo deriva de la palabra “roza”; esto es, acción y efecto de rozar, o bien zona de monte que después de la conquista fue rozada, limpiada de vegetación y roturada por colonos para poner en cultivo la tierra.

El azúcar y las talas de montes en el S. XVI.

La planta de la caña de azúcar procede de Nueva Guinea; los portugueses la introdujeron en Madeira hacia el año 1430 y, desde esta isla macaronésica, posteriormente llega a Canarias en torno a 1483, traída por orden del conquistador Pedro de Vera para cultivarla en Gran Canaria, isla que gobernaba en aquella época este individuo que se caracterizó por ser cruel con las personas más débiles.

Además del tráfico de esclavos, prácticas aberrantes e inhumanas que aún hoy desgraciadamente persisten, los conquistadores castellanos observaron el cultivo de cañaverales como un negocio de mucha rentabilidad para la exportación del azúcar, ante las demandas de la sociedad europea en su proceso cultural de refinamiento de los gustos y consumo alimenticio.

Recién ocupadas por la fuerza y dominadas las islas, la plantación de cañaverales y la exportación de azúcar, junto a la explotación de los montes, fueron de las primeras actividades económicas que introdujeron y aplicaron en las Islas Canarias los dirigentes e inversores del proceso colonizador.

Gran Canaria, La Gomera, La Palma y Tenerife han sido consideradas como las islas azucareras, lugares que facilitaban el desarrollo de las plantaciones dado que reunían condiciones naturales adecuadas para el cultivo. Esto es, lugares dónde existía buena climatología, fértil tierra, agua en abundancia y maderas y leñas de los montes cercanos. A su vez, también es relevante que esta actividad agrícola y comercial y la explotación de los recursos naturales influyeron en el repartimiento de tierras.

Por lo que concierne a los lugares dónde se realizaron plantaciones de caña y se construyeron “ingenios” (fuerza motriz hidráulica) y “trapiches” (movidos por tracción animal) en el complejo agroindustrial azucarero, existen referencias a que, hacia mediados del S. XVI, en Gran Canaria llegaron a funcionar 24 ingenios, los más antiguos emplazados en el Barranco de Guiniguada, y otros ubicados en Agaete, Agüimes, Ingenio, Moya, Telde, Arucas, Tirajana, Galdar, Firgas y Guía.

A su vez, en La Gomera existieron seis ingenios, localizados en Hermigua, Vallehermoso, Valle Gran Rey y Alojera; en La Palma existían cuatro ingenios, emplazados en San Andrés y Sauces, Argual y Tazacorte; y Tenerife contaba con ingenios en La Orotava, Los Realejos, Icod, Garachico, Taganana, Guimar y Adeje.

Estas actividades y complejos agroindustriales requerían de mucha cantidad de madera y leñas para su funcionamiento. En la construcción de los ingenios y trapiches se utilizaba madera de tea y “especies nobles” como el palo blanco y el barbuzano, y a su vez se necesitaba de mucha cantidad de leñas para alimentar el fuego de las calderas en el proceso de cocción y transformación de la caña en melaza y refinado del azúcar.

Tal era la cantidad de leñas que se requería, y los suculentos intereses económicos que estaban en juego para la clase dominante de aquellos tiempos, que en los aprovechamientos forestales se priorizaba la “conservación” del monte para el uso de la madera y leñas en los ingenios. En este sentido, un buen ejemplo se constata en “acuerdo” tomado en Concejo del Cabildo de Tenerife de fecha 4 de julio del año 1500, por el que el gobernador Alonso de Lugo ordena:
“Manda el señor Governador, con acuerdo de los señores del Cabildo, que mandan que todos los que fazen pez en Taoro, que se entiende de las syerra aguas vertientes hazia Taoro por el camino de las syerras que va a dar a Teyd(a) e por la misma lomada que va a Ycode fasta la mar, que ninguno sea osado de hacer pez, vecino ni morador estante ni abitantes desta isla, porque en perjuyzio de la tierra, porque aquello es para engaños de azúcar…” (Serra Rafols, 1996: 33).

Bien, llegados a este punto, se puede afirmar que el cultivo de la caña de azúcar y el uso de maderas y leñas en el proceso de obtención del azúcar, fueron actividades y factores muy influyentes para arrasar y acabar con las zonas de monte verde en Gran Canaria; y asimismo, para deteriorar y mermar la superficie de masa forestal en las islas de Gomera, Palma y Tenerife.

Por otra parte, con la llegada de los europeos a América la caña de azúcar fue allí introducida, dónde se expandió su cultivo y, posiblemente, su auge influyó en la decadencia del negocio y cultivo en Canarias; mientras, en épocas de crisis económicas y hambrunas en el archipiélago, las zafras de la caña fueron un ámbito atractivo para muchas personas de Canarias, que emigraron hacia aquellas tierras en busca de mejorar su vida y la de sus familiares.

A este respecto, se produjo una paradoja, o al menos dos situaciones hipotéticamente relacionadas, como otras tantas que pueden acontecer en la vida cotidiana; de una parte, con el decaimiento de los cultivos de la caña de azúcar y de los ingenios y trapiches en Canarias, se supone que debería haber mejorado la recuperación y expansión de los montes en las islas; pero, por otra, con el retorno de los “indianos” y sus ahorros ganados en las zafras de los cañaverales americanos, se roturaron nuevos terrenos afectando a zonas montuosas y a las masas forestales.

Fuentes:
– “Acuerdos del Cabildo de Tenerife, 1497-1507”; Serra Rafols; Instituto de Estudios Canarios, 1949, 1996.
– “Islas y Voces del Azúcar”; Viña Brito et al.; Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife, 2014.
– “Los montes de Tenerife a través de su historia”; Quirantes González et al.; Servicio de Publicaciones Universidad de La laguna, 2011.

Anaga y Los Bailaderos.

Bailadero de Punta Anaga


En Anaga, existen al menos cuatro lugares llamados “El Bailadero”, y corresponden a cada una de las imágenes que se adjuntan.
El Bailadero, (Santa Cruz de Tenerife), dónde actualmente se encuentra el cementerio de la Punta de Anaga.
El Bailadero en la cumbre de Taganana (Santa Cruz de Tenerife), dónde se observa ese edificio verde tan impactante (actualmente se está demoliendo), torres y repetidores.
El Bailadero en Chinamada (San Cristóbal de La Laguna), en un morro situado junto al Camino de Chinamada; dónde curiosamente hay una cruz, que según manifiesta una vecina: “siempre la he visto ahí,…antes la enramábamos el “Día de La Cruz”,…dicen que ahí antes bailaban las brujas”.
El Bailadero de La Orilla (Tegueste), en una zona también llamada “Llano de las Brujas”.

Por lo observado, resulta curioso el hecho de que en lugares llamados “El Bailadero”, actualmente exista un cementerio, haya una cruz, la zona también se denomine “Llano de las Brujas”, y según referencias del imaginario social, la tradición oral haya trasmitido que esos lugares se llaman así “…porque ahí bailaban las brujas”, como me ha manifestado una señora mayor nacida en Chinamada, y como he escuchado de otros testimonios de personas en Tenerife, La Gomera y La Palma; islas dónde, además de El Hierro, Gran Canaria y Lanzarote, también existen lugares con similar toponimia.

Acerca de la toponimia y la denominación bailadero, la profesora de filología Carmen Díaz Alayón, en su artículo “Topónimos de lugares sagrados en las Canarias prehispánicas” (2010), citando a varios autores (Abreu Galindo, Fructuoso, Espinosa, Edmund Scory y José María Zuaznávar), considera que la voz hispánica original parece haber sido baladero, denominación que proviene de “una de las costumbres religiosas más pintorescas de los indígenas y de la que dan cuenta varios cronistas”.

A este respecto, Díaz Alayón cita un texto de José María Zuaznávar, escrito en su “Diario de mis ocupaciones durante mi mansión en Telde a fines del año 1805 y principios de 1806”, en el que se puede esclarecer la evolución de la voz baladero por la de bailadero:
“También vi este día una hacienda de don Agustín La Rache, vecino del ´Real de Las Palmas`, situada a la entrada del pueblo en la ori\la del Barranco; hoy la \laman el ´Bailadero`; pero Cristina Báñez, muger de Alonso Matos, cuya era el año 1570, le da el nombre de ´Baladero` en su testamento otorgado aquel año ante Juan de la Vega, sin duda porque, según tradición que hay en el pueblo de ´Telde`, confirmada por Núñez de La Peña, cuando los ´Canarios` imploraban la misericordia de Dios encerrando su ganado lanar en una gran plaza tosca que hay en dicha hacienda junto al barranco, donde se veían perseguidos de la hambre, de la peste o de otra cosa semejante, privándolo de pasto y comida por unos quantos días, le obligaban a ´balar`, lo cual consideraban como un medio de implorar la misericordia divina”.

Asimismo, Díaz Alayón reseña que los textos antiguos no dejan constancia de la voz indígena que denominaba estos lugares; aunque, el investigador D. J. Wölfel en su “Monumenta Linguae Canariae” considera que la forma indígena para “baladero” sería el topónimo del Hierro “Tacuitunta”, que analiza como “ta-kwutu-n-ta”, con significado “lugar de balidos”.

Por otra parte, Luis Diego Cuscoy, en su obra “Los Guanches” (1968), menciona que estos lugares suelen encontrarse en áreas manifiestamente pastoriles, como “El Bailadero”, “paraje bien conocido, emplazado en un alto del macizo de Anaga y desde el cual se divisan las dos vertientes” (1968: 115).
Cuscoy aquí se refiere a “El Bailadero” de la cumbre de Taganana y, a su vez, destaca la importancia de esta zona cuando escribe:
“La existencia de un ´tagoror` en Taganana indica que esta localidad fue cabeza del menceyato. (…). Desde el punto de vista socioantropológico, Anaga es zona donde se practica la momificación con manifiesta frecuencia (Schwidetzky, 1063), lo que revela un nivel económico y social de cierto relieve. Y ya se sabe que esto va aparejado con la posesión de ganado abundante” (Cuscoy, 1968: 129).

A su vez, Cuscoy ( 1968: 115) cita un texto de Espinosa, en el que se recoge el rito practicado por los guanches con su ganado en estos lugares: “…juntaban las ovejas en ciertos lugares que para esto estaban destinados, que llamaban ´el bailadero`de las ovejas, y hincando una vara o lanza en el suelo, apartaban las crías de las ovejas, y hacían estar las madres alrededor de la lanza dando balidos, y con esta ceremonia entendían los naturales que Dios se aplacaba, y oía el balido de las ovejas, y les proveía de temporales”.

Llegado este punto del relato, intentar comprender mejor este rito conlleva acercarse a la ideología de los guanches, a su universo espiritual y religioso; aunque Cuscoy destaque las dificultades para penetrar en ese espacio celosamente guardado por los aborígenes y la falta de interés de los conquistadores y otras personas para indagar y transmitir esos vestigios culturales.

Aún así, y las pocas referencias transmitidas, individuos de aquellos tiempos post-conquista recogieron noticias sobre la existencia de divinidades, roques y lugares sagrados, ritos funerarios (que reflejan el culto a los muertos y con ello el culto a dioses), mitos, ritos pastoriles y fiestas solsciticiales, aunque poco se sabe de los detalles de estos hechos y referencias.

Varios autores (Azurara, Cadamosto, Espinosa, Torriani, Viana y Abreu Galindo), escribieron que los guanches creían en un ser superior, un dios del cielo, una divinidad de la lluvia, “…de las tormentas de los poderes atmosféricos y de las fuerzas de la naturaleza, cuyos efectos padecía pero cuyas causas no podía explicarse” (1968: 114).

En este sentido, la protección y la supervivencia del ganado y obtener de las cosechas el mejor fruto, serían las razones que empujaban al guanche hacia el campo de las creencias y de la religión.

Pasado el tiempo, realizada la conquista a finales del S. XV, el mundo guanche, su sociedad y cultura, es destruida por la nueva cultura dominante implantada por conquistadores y colonos; fuerza especialmente sustentada por la influencia de la todopoderosa religión católica, que impuso su ideología totalitaria, al tiempo que promovió la subversión y tergiversación de los vestigios culturales que quedaban de la sociedad aborigen.

En este sentido, de similar forma que en otros lugares se sobrepusieron catedrales dónde antes existían mezquitas (por ejemplo La Giralda en Sevilla), en Canarias se convirtieron en herejías las antiguas prácticas rituales; así como, lugares de ritos antiguos como los “baladeros”, la nueva cultura dominante los transformó en bailaderos, lugares sospechosos de cultos malignos, dónde las brujas realizaban sus bailes.